Manipulación:snow

Capitulo 6-Persona que siente lastima

​—¿Nuevamente tú aquí?

​—¿Acaso te molesta tanto que la gente esté cerca de este lugar? —Su rostro se contrajo en una mueca de tristeza genuina—. Eso es triste.

​Me quedé en blanco. Mis respuestas se evaporaron. Socializar no era simplemente algo que no me gustara; era un idioma que no sabía hablar. Probablemente ese era el núcleo de mi problema al interactuar: mi "mal temperamento". Pero, ¿por qué demonios era tan importante hablar con los demás?

​—¿Qué haces aquí? —pregunté finalmente, forzando un tono más neutral, casi suave.

​—Mi padre te tiene lástima —soltó. Respiró hondo varios segundos, buscando las palabras exactas para no sonar arrogante—. Es por eso que te manda comida todos los meses. Pensé que eras su hija. Mi madre supuso lo mismo.

​Sentí un golpe de calor en el pecho.

​—¿A qué te refieres? Si tu padre siente tanta lástima por mí, ¿por qué no se va a la mierda?

​—No te exaltes. A mi padre le gusta ayudar a otros —dijo, levantando el brazo para señalar mi casa, esa estructura ruinosa que yo llamaba hogar—. Ese será mi vecindario a partir de ahora. Mi madre dijo que aquí mi padre no nos buscaría.

​—¡A quién le importa tu miserable vida! —grité, esbozando una sonrisa cruel al final.

​Él dio un pequeño salto y guardó silencio.

​El chico a mi lado tenía el cabello color miel y unos ojos que replicaban ese tono, aunque un poco más oscuros, profundos. No lo habría notado si no fuera por el espeso silencio que se formó entre nosotros. Cuando bajó la mirada, sus largas pestañas proyectaron sombras sobre sus ojeras, como palmeras en un atardecer melancólico.

​No lo conocía. Ensamblar una conversación con él era molesto, innecesario. ¿Acaso lo había hecho sentir mal? No debería importarme, pero una parte traicionera de mi cerebro quería seguir hablando.

​Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos. Brillaban de una forma que no podía explicar, una mezcla de curiosidad y resistencia.

​—Me retiro. Espero que tengas un buen día —dijo, y se dio la media vuelta.

​Su espalda era ancha, impropia para alguien que parecía tener entre diecisiete y diecinueve años. Lo vi alejarse y luego entré a mi casa tras dejar unas bolsas de basura fuera.

​Mañana tendría que ir al instituto. Eso significaba una sola cosa: socializar con las personas más detestables del mundo, compañeros que gritaban como mandriles cada vez que la profesora Kristel salía del aula. Las vacaciones se habían sentido horribles por muchas razones, pero la soledad no era una de ellas.

​Si lo que decía aquel chico era verdad, entonces no era un vecino quien me daba la comida. Yo había asumido mal. Era obvio; todos en este lugar me odiaban, lo sabía perfectamente. No entiendo por qué tengo esa sensación de querer salir corriendo en vez de sentarme a la mesa y esperar a que los minutos pasen, dejando que mis pensamientos sobre el odio ajeno me consuman.

​Mis brazos sobre la mesa estaban fríos como el hielo. A pesar de ser verano, el interior de la casa conservaba un frío invernal, húmedo y oscuro por la falta de electricidad.

​De repente, golpes secos en la puerta. Alguien insistía. Me levanté de la mesa, pero antes de llegar, escuché voces masculinas al otro lado. Voces de adultos.

​—¿Hay alguien en este lugar? —preguntó uno, alzando la voz.

​—¿Quién vivirá aquí? La casa está en pésimas condiciones. Yo digo que es mejor demolerla lo antes posible. Solo necesitamos saber quién es el dueño para que nos dé el permiso, o si no tiene dueño, hacerlo de una vez. Todo ya está arreglado, ¿no es así? —dijo otra voz, volviendo a golpear la madera.

​Esperaba que fuera el chico de antes, tal vez regresando porque se había sentido mal por mis palabras. No quería abrir la puerta a extraños. Nadie podía obligarme. No es que amara esta casa, pero era mi refugio.

​Los golpes resonaron haciendo eco en las paredes vacías. Entonces, una tercera voz, femenina y chillona, intervino.

​—¿Acaso está sorda? Cómo me molesta que ella no sepa respetar a la gente que viene de visita. Supongo que ustedes son de otro país —dijo la mujer con tono burlón, soltando una risita al final.

​—No sabemos si alguien vive aquí, es lo que queremos saber para proceder con la demolición —respondió el hombre.

​—¡Ja! ¿En serio? No vive nadie aquí, no se preocupen por eso. Háganlo, yo les doy permiso —dijo ella con alegría maliciosa.

​La reconocí al instante. Era la misma señora que me había ayudado a vendarme el día del incendio, la madre del niño tierno. La hipocresía de la gente es detestable.

​Estaba a punto de entrar en pánico cuando una cuarta voz, grave y autoritaria, cortó el aire.

​—¿Qué creen que hacen en mi casa?

​—¿Quién es usted? —preguntó la vecina.

​—El dueño de esta propiedad. Así que, por favor, lárguense de aquí.

​Escuché cómo las voces se desvanecían, murmurando, hasta que el silencio regresó. Pero entonces, la cerradura giró. Me escondí rápidamente en una de las habitaciones contiguas a la entrada, con el corazón martilleando. La puerta se abrió.

​—No sé si la dueña o dueño de este lugar esté aquí, pero vengo a entregar esta comida —dijo el hombre, hablando al vacío—. Quería venir personalmente. Pido una disculpa por entrar así, sin más. Me entregaron la llave y me pidieron el favor de entregar suministros aquí durante cincuenta años. Todo está pagado, no se preocupe. Le dejo una nota. No crea que estoy loco.

​El hombre dejó algo sobre la mesa y se retiró sin hacer más ruido. Cerró la puerta y la casa volvió a ser mía.

​Mi mente era un torbellino. ¿Quién era esa persona? ¿Cómo tenía la llave? ¿Cincuenta años? Tantas preguntas rebotaban en mi cabeza enorme y vacía de respuestas. Me senté en cuclillas en la habitación oscura, abrazando mis piernas, rodeada de polvo y arañas.

​El sonido de la puerta siendo golpeada, otra vez, interrumpió mi caos mental. Esta vez eran toques suaves.



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En el texto hay: amor celos, reecarnacion, poder prohibido

Editado: 16.12.2025

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