Me levanté diez minutos tarde. Las clases habían comenzado nuevamente, lo que significaba que hoy era el día en que vería a toda la gente que odio. No tenía motivos suficientes para ir y tomar apuntes de cosas que no comprendía por mi falta de atención. Mis dudas jamás se irían, aunque las expresara; el profesor solo se reiría de mí para luego aventar al suelo ese pedazo de madera que siempre sostiene, señalando mi error como un pecado capital.
Tampoco esperaba nada de la profesora Kristel. Ella solo me miraba fijamente cuando preguntaba, alzaba las cejas y volteaba los ojos con una risita final. Nunca supe qué significaba. Los demás profesores ni me tomaban en cuenta. Supongo que no debería esperar mucho; todos los docentes eran de este vecindario. Parecía que se habían puesto de acuerdo para escoger la misma carrera mediocre y terminar aquí.
Tomé una ducha rápida con agua fría —la única disponible—, guardé mis cosas y corrí para alcanzar el último autobús hacia el norte. Pagué mi pasaje y sentí, de inmediato, el peso de las miradas. Otra vez cursaría con ellos. Hubiera deseado que no fuera así, pero mis calificaciones pésimas me impedían estar con los "mejores".
Los miré de reojo, tratando de pasar desapercibida, aunque sabía que ellos notaban cada detalle. Si usaran esa capacidad de observación en clase, serían genios; no por sus notas, sino por ver la vida con tanta minuciosidad cruel.
Me percaté de que había gente nueva. Rostros desconocidos. Me senté al fondo del autobús y traté de acomodarme cuando, de repente, el vehículo frenó en seco. Caí al suelo. Las burlas estallaron al instante, acompañadas de susurros venenosos.
Al levantarme, vi entrar a alguien. Una chica. Era bonita, con ojos idénticos a los de Ker; podrían ser hermanos o primos, o tal vez solo compatriotas. No sabía quién era, pero sus ojos brillaban con una luz propia.
Sabiendo que no había asientos, le hice una seña para ofrecerle el lugar a mi lado. Sin embargo, uno de mis compañeros se adelantó, cediéndole su asiento con tal de que ella no se sentara junto a la "apestada". Él prefirió ir de pie.
Al llegar al instituto, bajé la última y corrí hacia mi único refugio: el jardín de tulipanes. Rosas, violetas, de todos los tonos. El aroma era exquisito, aunque prohibido; tocar una flor significaba la expulsión inmediata.
Para llegar a mi salón debía cruzar la cancha de deportes, exageradamente grande en comparación con las aulas, que apenas medían unos pocos metros y se sentían como cajas de zapatos. El calor del verano hacía que el olor a sudor adolescente fuera insoportable. Al cruzar la cancha, vi algo familiar.
Era la chica del autobús. Y iba de la mano de... ¿Ker?
¿Acaso tenía novia? No había pensado en esa posibilidad. Ayer, él había preparado esa sorpresa de cumpleaños para mí, algo que debería haberme alegrado. Pero en lugar de felicidad, sentí angustia por el gasto innecesario. Y ahora... ahora él sonreía con ella.
No sentí celos. ¿Por qué debería? Él no era nada mío. Lo que sentí fue envidia. Envidia de que él pudiera ser feliz y yo no. Quizás tenía problemas en casa, pero lograba sonreírle a la vida. O tal vez fingía muy bien.
Nuestras miradas se cruzaron. Me levanté de inmediato, fingiendo no haberlo visto, pero su voz me alcanzó.
—¡Snow!
Lo ignoré y aceleré el paso hasta mi salón. Allí, la profesora Kristel ya me esperaba. Me miró de reojo y me hizo una señal con el dedo.
—Linda, toma asiento enfrente. Tus ojos se notan cansados; espero que no te duermas en mi clase. Ya reprobaste este año y no estás con los compañeros de tu edad. Me molesta tener que ver tu cara desastrosa un año más.
Su tono era esa mezcla de dulce y amargo que tanto detestaba. Sabía por qué lo hacía: yo sería su nuevo títere, como lo fue Asit o François el año anterior.
No la miré a los ojos. Me dirigí al asiento del medio. Veía bien la proyección desde ahí y no tenía intención de participar. Pero ella no estaba satisfecha.
—Toma asiento aquí, linda —insistió, señalando una silla que había colocado justo frente a su escritorio, pero al revés, mirando hacia la clase.
Si me sentaba ahí, todos verían mi cara y no mi espalda. Ella hizo una mueca con sus labios rojo mate, que resaltaban grotescamente contra sus dientes amarillentos. Podía oler su aliento desde aquí; restos del desayuno y mala higiene. Me dieron náuseas. Todo en ella era detestable.
Las clases pasaron borrosas. Fingí escribir para evitar problemas. Finalmente, entró el profesor de la peluca, lo que marcaba la salida de Kristel.
—¿Será que alguien se va hoy? —chilló una voz en el fondo.
—Chicos, retomaré el tema en otra ocasión. Salgan un momento, hay junta de profesores —anunció el profesor, visiblemente nervioso.
Al salir, noté cómo se le movía la peluca. Hubiera sido gracioso si él no se hubiera burlado de mi cabello tantas veces. Salió avergonzado y, con su partida, comenzó la guerra.
El aula se convirtió en una selva. Unos saltaban sobre las butacas, otros gritaban. Las "caras nuevas" intentaban leer, ignorando el caos, aunque noté que uno de ellos, un chico que parecía un observador, me miraba fijamente antes de soltar una risotada muda y voltearse.
—Snow, Snow... Pensé que ya no te vería por aquí —dijo una voz familiar.
—Parece que a la rata le comieron la lengua —dijo el "chico irrelevante", ese que solo abría la boca para decir estupideces. Deletreó cada letra—: D-É-J-A-M-E.
—Déjenla, que luego llora —añadió otro.
Intenté levantarme, pero una chica me empujó de vuelta a la silla por el hombro.
—Suéltame —exclamé, intentando sonar feroz, pero solo conseguí que se rieran.
La chica a mi derecha me agarró el cuello, provocándome escalofríos de repulsión. El chico irrelevante me tocó la pierna.
—Está muy flaca, pero podría mejorar si yo la cuido un rato, ¿no creen? —dijo, mirándome con lascivia.