El humo negro se disipó por todos lados, llenando la habitación de una asfixia fatal. No sentía mis extremidades, no me sentía a mí misma, solo una presión aplastante de estar acorralada. Me estaba perdiendo entre las paredes de esa casa maldita, consumida por la batalla entre la esfera y la mujer.
Mi mano se movió por puro instinto de supervivencia; yo no quería hacerlo, mi cuerpo actuó solo. Me arrastré por el suelo buscando aire, y al bajar la vista hacia donde mis dedos arañaban la madera, logré notar algo. Una anomalía en el patrón oscuro del piso de wengué, una parte que ya había visto mucho antes pero que mi mente había decidido ignorar.
Eran dos piezas. Distintas.
Dos tablones de roble claro, de no más de veinte centímetros, que brillaban con una limpieza antinatural en medio del caos. Ese lugar me vino a la mente como un recuerdo borroso, un eco de mi infancia. Mis dedos, sudados por la presión y el terror, tocaron la madera.
Clic.
No fue magia, fue mecánica. Al ejercer presión, las piezas se movieron lentamente, hundiéndose y deslizándose hacia los lados, abriendo lo que parecía una boca oscura en el suelo. La entrada era pequeña, apenas suficiente para un cuerpo, pero al arrastrarme más hacia el borde, una corriente de aire gélido golpeó mi rostro.
¡Boom!
Mi mente entró primero, pero la gravedad reclamó mi cuerpo. Caí.
Dejé atrás el humo y el calor. Ahora estaba abajo.
Aterricé sobre un montón de telas viejas que amortiguaron el golpe. El silencio aquí era absoluto, pesado. Una luz tenue se encendió sola —velas que parecían reaccionar a mi presencia— revelando un espacio que olía a humedad, a tiempo detenido y, extrañamente, a limón dulce.
Era un santuario.
Había pilas de frascos de cristal por todas partes. Algunos rotos en el suelo, otros intactos en estanterías, llenos de un líquido verde viscoso que parecía tener vida propia. Filas de documentos y pergaminos cubrían una mesa de trabajo manchada de tinta... y algo más oscuro.
Tomé una de las cartas al azar, mis manos temblaban. Comencé a leer:
“4:56. El sonido vendrá a ayudar, es su destino. Esa fue mi propuesta: para protegerte tuve que separar mi vida de la tuya. Tuve que romper por completo el lazo que nos unía. Si no lo llegaba a hacer… te perdería de nuevo.”
En mi mente resonó un pequeño sonido que había escuchado hace mucho, en los días en que la lluvia pertenecía al cielo y no a mis ojos. Escuchaba una pequeña melodía que arrinconaba mi corazón, haciéndome sentir sutilmente libre. Era la voz de mamá.
Otra carta, de un color beige desgastado, pareció entonarse dentro de mi subconsciente al tocarla:
“El trato comenzó desde el primer momento en que entramos en este lugar; nosotras formamos parte de él. Todos lo sabían, pero nadie nos advirtió.”
“Los seres humanos son crueles. Si no tienes… si no tienes lo que ellos quieren… te destruyen.”
Dejé caer esa hoja y mis dedos rozaron una textura diferente. Una pequeña carta color rosa rozó mi dorso. El papel se sentía pesado, cargado de energía. Cuando abrí el sobre, se estiró un largo pergamino. Extenso. Pero bajo ese texto interminable, algo más llamó mi atención.
Una fotografía.
Un cuerpo de unos jóvenes recién casados. No se les veían los rostros, estaban borrosos o quemados, sin embargo, en el cuello de la chica brillaba un destello inconfundible: un collar con una esfera violeta. Giré la fotografía con el corazón latiéndome en la garganta. En la parte trasera, una inicial escrita con trazos fuertes:
“K-T”
Una chispa de recuerdo vagó por mi mente distorsionada. Recordé a Ker. Ker-T. ¿Ker Thaian? No sabía por qué, pero el miedo se instaló en mi estómago.
Volví a tomar la carta rosa. Justo en ese momento, una gota de líquido violeta cayó desde el techo de madera sobre mí. El pequeño sótano se sentía cada vez más opresivo; el olor a moho se mezclaba con la magia rancia. Me sentí invadida.
La nota tenía un remitente claro… Sam.
“Cuando la noche cae, la luna y la lluvia coordinan. Tendré que vivir el infierno, una y otra vez. Hasta que mi alma descanse en paz, pero eso ya no es posible porque ‘Eso’ ha tomado mi ser como rehén hasta que encuentre a quien pueda dominar por completo. A ese ser. Eso se alimenta por el rencor de la gente; si tú no tienes rencor y odio al mundo, va a ser difícil que se complete el pacto del poder prohibido… Yo… yo siempre odié a mi ahora marido. Lo quería matar, pero esa mujer me veía desde lo lejos, me decía que lo tenía que hacer el día de mi boda, pero el maldito de mi marido logró encarcelarme. ‘Eso’ me traicionó. Ayúdame a salir de aquí, por favor. ¡Ayúdame! Quiero ser libre, es lo único que pido, fue culpa de mi marido, es por eso que yo estoy…”
Hice una pausa. El aire me faltaba. Suspiré, tratando de calmar las náuseas. Observé la pequeña “habitación”: aparte de los frascos, había libros viejos y polvorientos. Entre ellos reconocí aquel libro que había robado del convento. Traté de soltar la carta rosa, quería alejarme de esa historia, pero fue en vano. Mis manos quedaron pegadas al papel y en mi mente resonó un grito desgarrador: “¡Ayúdame!”
Traté de acercarme a la estantería, pero la carta seguía aferrada a mí como una segunda piel.
—Miente, Snow. Ella miente —escuché una voz lejana, pero familiar. La esfera.
—Yo alguna vez pedí que esto acabara, que mi vida fuera mejor —dijo otra voz, la de la carta, materializándose en el aire frío del sótano—. Pensé que nunca iba a tener que dar mi alma a cambio, pero veo que era lo único que querías.
—No —respondió la esfera desde mi bolsillo, vibrando—. Eso es lo único que quiere él.
La voz de la carta sonó de nuevo, similar a la mujer de arriba, a Samantha, pero más rota, más humana.
—Yo soy quien está encerrada ahí —tartamudeó la voz, y una pequeña luz espectral comenzó a aparecer frente a mí—. Yo soy Yo. No tengo un nombre en realidad. Soy un ser que busca libertad… quiero libertad.