Habían pasado meses… no, solo unas semanas. Pero eran semanas que pesaban como siglos sobre mis costillas. Ya no tenía la valentía de levantarme. No había comido, pero mi estómago ya no rugía; se había resignado al vacío.
La ventana estaba pálida, igual que yo. El invierno de afuera se había colado dentro, insertándose en mis huesos, tan denso que respirar dolía. Sentía cómo cada una de mis células se apagaba lentamente, como velas en una iglesia abandonada.
«Esto es la Hora Negra», pensé. Me lo dije a mí misma, porque ya no había nadie más para escucharme.
Las goteras de mi casa estaban intactas, marcando el ritmo de mi decadencia: ploc, ploc, ploc. Nadie había venido. Mis supuestos amigos se habían esfumado. La pequeña esfera yacía en el suelo, rota en fracciones opacas, como cristales de azúcar sucio. El sueño de las películas, la música, la energía... todo había escapado por la ventana, dejándome sola con la traición.
Ker lo sabía todo. Esa certeza era el clavo final en mi ataúd.
Decidí levantarme, o al menos intentarlo. «Tiene que mejorar mi día», me mentí. Justo cuando mi cuerpo crujía al intentar un movimiento brusco, escuché el sonido.
Tac, tac.
No eran toques en la puerta. Sonaba como madera contra madera. Como un arco de violín golpeando el marco.
—¿Hay alguien aquí? —Una voz. Su voz. Reconocible en el infierno o en el cielo—. Snow.
Mi corazón palpitó, un golpe traicionero de alegría, pero mis pies se negaron a moverse. Una parte estúpida de mí aún tenía esperanza: «Dime que es mentira. Dime que no sabías nada.»
—¡Snow! —Un grito fuerte, desesperado, rompió el silencio de la casa muerta.
«Aquí», quise responder. Pero mi boca estaba sellada, seca como el pergamino. La magia había terminado, y con ella, mi voz.
Me miré en el espejo de cuerpo entero frente a la cama. Lo que vi me horrorizó: piernas esqueléticas, costillas que parecían querer rasgar la piel y unas ojeras tan profundas que parecían moretones. Ya no era Snow. Era un fantasma esperando turno.
Escuché el crujir de las escaleras. Subía.
La puerta se abrió lentamente. Imaginé ver horror en sus ojos. En cambio, vi… devastación. Ker estaba allí, con el rostro rojo por el frío y los ojos anegados en lágrimas.
—Snow, yo... yo… yo...
—La Hora Negra es esto, ¿no? —balbuceé, mi voz sonando como hojas secas pisadas—. Ver cómo me pudro.
—No… —Bajó la mirada—. La Hora Negra, o el Horario Negro... era mi turno. Era yo yendo al faro a tocar mi violín a las 4:56. Pensaba que era para ayudarte. —Sollozó—. No pensé que mi madre me estuviera usando. Ella solo quería venganza, quería destruirte lentamente. Lo siento tanto.
—No —escupí con debilidad—. Esto no es real. Es un programa. ¡Una película! Tú eras el actor principal.
—Snow, cada día vas a empeorar si no… si no rompes el trato con esa cosa. —Señaló los restos de la esfera—. Te está consumiendo.
—¿Lo sabías? —murmuré, casi un susurro. La pregunta que más me dolía.
—No como tú crees, Snow. Yo caí en la manipulación de Klia. —Se acercó un paso, temblando—. Ella me dijo que si tocaba esa melodía a las 4:56, la gente del vecindario se curaría. Que calmaba la ira. Sé que suena tonto, pero yo… solo quería ayudar. Yo tocaba para sanarte, pero ahora sé la verdad: mi música era el candado. Yo tocaba para mantenerte dormida mientras ellos te robaban la vida.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación.
—¿Voy a morir? —pregunté, rompiendo la tensión—. No quiero morir…
—¡No lo harás! —Gritó, corriendo hacia mí. Cayó de rodillas junto a la cama y me abrazó por la cintura, hundiendo su cara en mi estómago vacío—. Perdóname, Snow. Perdón, por favor.
Sentí su calor, tan real, tan diferente al frío de la esfera.
—¿Así tiene que acabar la vida de una indigente? —susurré acariciando su cabello brillante, tan suave comparado con mi piel áspera—. ¿Tan tristemente?
—Rompe el trato, por favor. Le suplicaré a mi madre. Ella sabe que no eres la hija perdida de mi padre. Ella te odia porque tú tienes lo que ella siempre quiso: la magia. Ella quería ser la bruja, no tu madre.
—Quiero ser libre —dije, mirando la ventana.
—Si rompes el trato… vivirás. Pero tendrás que dejar ir todo esto.
—La esfera me dijo que morirían esos vecinos. Que moriría quien me hizo daño. Me lo prometieron.
—No, Snow. Ellos también son manipulados. La esfera se alimentaba de su odio. Tu dolor era su comida. Si rompes el trato, nadie muere… solo se rompe la fantasía.
—Así que sí —dije con la voz quebrada—. Lo sabías. Siempre fue una mentira.
—No lo sabía. Lo descubrí cuando mi madre intentó matarme al verme entrar en su habitación prohibida. No me queda otra opción que salvarte.
Mis ojos se posaron en la carta rosa que aún tenía arrugada en la mano. La letra de mi madre.
—Decía algo más la carta —susurré.
Empecé a recitar las palabras, sintiendo cómo cada una cortaba el último hilo que me ataba a la esfera:
“Para mi querida hija: te deseo lo mejor. Porque si yo nunca podré descansar en paz en mi otra vida, pagando por tu tiempo prestado, espero que la tuya esté llena de alegría real. No vivas de mi muerte, Snow. Vive de tu propia vida...”
El eco de la carta de mi madre se desvaneció en el aire viciado de la habitación. Ker seguía arrodillado, con la frente apoyada en el borde de mi colchón, como si estuviera rezando en un altar profanado.
—Todo estaba conectado, Snow —susurró él sin levantar la cabeza—. Cada pieza suelta que te lastimaba… tenía un nombre.
—Dímelos —pedí, con la voz rota—. Si voy a romper este trato, necesito saber qué estoy rompiendo. Ponle orden a mi desastre, Ker. Por favor.
Él levantó la vista. Sus ojos, antes llenos de brillo juvenil, ahora parecían viejos, cargados de secretos que ningún chico de su edad debería portar.