Salimos de la casa dejando la puerta entreabierta. Ya no me importaba si alguien entraba o si el frío se apoderaba de los muebles viejos; esa casa ya no era mi refugio, era una tumba abierta de la que acababa de salir.
El aire del exterior golpeó mi rostro, pero por primera vez en semanas, no se sintió como una agresión. Se sintió como una bienvenida.
Ker caminaba a mi lado, sosteniendo mi mano con una firmeza desesperada, como si temiera que, al soltarme, yo me desvaneciera en niebla. No dijimos nada durante las primeras cuadras. No hacía falta. Nuestros pasos resonaban en el asfalto, marcando un ritmo que conocíamos de memoria: el ritmo de nuestras huidas.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó él finalmente, su voz ronca por el llanto previo.
Miré hacia arriba. El cielo estaba de un gris plomizo, pero allá, a lo lejos, el faro seguía erguido.
—Al principio —respondí—. Vamos al faro.
Caminamos despacio. Mi cuerpo todavía estaba débil por la falta de comida y por el peso de la verdad recién descubierta, pero la mano de Ker me daba la energía que me faltaba. Pasamos por la panadería donde compramos las baguettes aquella noche. El olor a pan caliente seguía ahí, pero ya no me provocaba envidia de la gente feliz. Ahora solo me daba hambre. Hambre de vivir.
—¿Tienes dinero? —pregunté, rompiendo el silencio con una media sonrisa.
Ker parpadeó, sorprendido por mi cambio de humor, y luego soltó una risa breve, nerviosa.
—Siempre tengo dinero para ti, Snow.
Compramos lo de siempre. Café negro y pan. Pero esta vez, no corrimos. Subimos la colina paso a paso, sintiendo cómo el viento nos empujaba, como si el mundo mismo quisiera detenernos o quizás impulsarnos.
Al llegar a la cima, nos sentamos en el césped seco. La vista de la ciudad era la misma, pero yo la veía con ojos nuevos. Ya no veía monstruos en las sombras, ni vecinos conspirando para matarme. Solo veía casas, luces y gente viviendo sus vidas ajenas a mi tragedia.
Ker dejó el café a un lado y se giró hacia mí. Sus ojos color miel estaban rojos e hinchados, pero brillaban con esa adoración que siempre me había confundido y que ahora entendía que era su forma de pedir perdón.
—¿Por qué siento que te estás despidiendo? —preguntó, con el miedo vibrando en su voz.
Tomé un trozo de pan y lo miré fijamente.
—Porque me estoy despidiendo, Ker. Me estoy despidiendo de la Snow que conociste. De la chica de la esfera. De la "Pequeña Iris".
—Pero no de mí... —suplicó.
Me acerqué a él. Levanté mi mano y tracé el contorno de su mandíbula, sintiendo el calor de su piel bajo mis dedos fríos. Recordé todas las veces que él estuvo ahí: corriendo bajo la lluvia, defendiéndome de su madre, durmiendo en el suelo de mi habitación, tocando el violín en la madrugada para que mis pesadillas no me devoraran.
Él había sido mi carcelero inocente, sí, pero también había sido mi única verdad en un mundo de mentiras.
—Ker —susurré, obligándolo a mirarme a los ojos—. No sé qué pasará mañana cuando el efecto del trato desaparezca por completo. Quizás me odien de nuevo, quizás me vaya, o quizás simplemente me convierta en nadie. Pero necesito decirte esto ahora, mientras todavía estamos en este limbo.
Me incliné hacia él, rozando mi nariz con la suya, respirando su aliento que olía a café y a promesas rotas.
—Desde aquí mi vida comenzó contigo, esta es nuestra última cita la siento de esa manera y lo único que me genera es placer.
Ker soltó un suspiro tembloroso, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años.
—¿Placer? —repitió, incrédulo, buscando una señal de sarcasmo en mi rostro.
—Sí. Placer de saber que fue real. Placer de saber que, aunque todo estaba manipulado por la magia, lo que sentimos aquí arriba, en este faro... eso fue nuestro. —Le besé la comisura de los labios, suavemente—. Esta es nuestra última cita como víctimas, Ker. Si volvemos a salir... tendrá que ser como personas libres.
Él cerró los ojos y una lágrima se escapó, recorriendo el camino que mis dedos habían trazado.
—Te quiero, Snow. Te quiero más que a mi propia vida, más que a mi música.
—Lo sé —respondí, sintiendo una paz abrumadora—. Y por eso, hoy no vamos a hablar de madres, ni de esferas, ni de muerte. Hoy solo somos tú, yo y el viento.
Me recosté en su hombro, mirando cómo el sol intentaba romper las nubes. Ker me rodeó con su brazo, atrayéndome hacia él como si quisiera fundirnos en uno solo.
Por primera vez, no sentí miedo al futuro. La esfera estaba rota en mi habitación. Mi madre, espero, empezaba a encontrar su camino hacia la luz. Y yo estaba aquí, en brazos del chico que tocó melodías prohibidas para salvarme, disfrutando del placer agridulce de un final que, en el fondo, sabía que era el único comienzo posible.
—Feliz no-cumpleaños, Ker —susurré, cerrando los ojos.
—Feliz vida nueva, Snow —respondió él, besando mi cabello.
Y allí, bajo la vigilancia muda del faro, dejamos que el invierno nos congelara por última vez, sabiendo que la primavera, la verdadera primavera sin trucos, estaba a punto de llegar.
El viento sopló más fuerte, agitando mi cabello y empujándolo contra mi cara, pero esta vez no había dedos invisibles apartándolo. Solo era viento. Físico, molesto y real.
Me separé un poco de Ker, aunque mis manos seguían aferradas a su abrigo. La euforia de la confesión comenzó a asentarse, dejando paso a algo más básico: el frío y la debilidad. Mis piernas temblaron, no por emoción, sino porque mis músculos recordaron que llevaban semanas consumiéndose en esa cama.
Ker lo notó al instante. Su instinto de cuidador —ese que le habían obligado a perfeccionar— se activó.
—Siéntate —dijo, guiándome de nuevo hacia la hierba seca, poniéndose él detrás de mí para que pudiera recostar mi espalda contra su pecho.