Los días habían sido amarillos.
Ese era el color que habíamos elegido, ¿no? Amarillo girasol para la cocina, blanco hueso para la sala. Nany reía con una mancha de pintura en la nariz, y Ker traía baguettes calientes todas las mañanas. El dolor había desaparecido. La casa olía a limpio, a madera nueva y a esperanza.
Yo estaba sentada en el suelo de la cocina, admirando cómo la luz del sol entraba por la ventana sin cortinas. Todo era perfecto. Todo era…
—Demasiado tranquilo, ¿no?
La voz no vino de Nany. No vino de Ker. Vino de adentro de mi propia cabeza, pero resonó en las paredes recién pintadas.
—¿Qué? —pregunté, dejando caer la brocha.
Nany se congeló. Su sonrisa se quedó estática, como una fotografía mal impresa. Ker, que estaba lijando una mesa, detuvo su mano en el aire. El sonido del papel de lija cesó abruptamente.
—Te dije que eras una presa fácil, Snow —susurró la voz. La Esfera. No estaba rota. Nunca estuvo rota—. Te di tres días de felicidad de plástico. ¿Te gustaron? ¿Te gustó jugar a la casita feliz?
—¡Cállate! —grité, poniéndome de pie—. ¡Rompimos el trato! ¡Vi los pedazos en el suelo!
—Tú ves lo que yo quiero que veas.
El mundo parpadeó. Como una cinta de video vieja que se atasca.
El amarillo de las paredes se derritió, convirtiéndose en un líquido viscoso y negro que goteaba hasta el suelo. Nany no estaba ahí; donde había estado mi amiga, solo había una silla vieja cubierta de polvo. La luz del sol se apagó de golpe, reemplazada por la eterna penumbra gris de la Casa Negra.
No había pintura. No había limpieza. Yo estaba tirada en el suelo sucio, abrazada a mis propias rodillas, babeando, en medio de la basura que nunca habíamos sacado.
Y en la mesa…
Mi estómago se revolvió con un olor dulzón y nauseabundo.
En la mesa de madera podrida, alineados perfectamente como soldados en un desfile macabro, había pasteles.
Uno. Dos. Diez.
Pasteles de cereza.
Brillaban con un rojo intenso, casi violento, bajo la poca luz. El sirope se desbordaba por los bordes de la masa, goteando hacia el suelo como sangre fresca. Ploc, ploc, ploc. El mismo sonido, el mismo olor de "Ese Día". El día que mamá murió.
—¡NO! —grité, retrocediendo hasta chocar con la pared fría—. ¡Esto no es real!
—Es tu Déjà vu, querida —rio la Esfera—. Cerezas para la niña muerta. Cerezas para la madre quemada. Cómetelos, Snow. Celebra tu miseria.
Perspectiva de Ker
Estaba al otro lado del cristal. O al menos, así se sentía.
Llevaba tres días viendo a Snow catatónica en el suelo de la cocina. No se movía, solo susurraba cosas sobre pintura amarilla y pan caliente, pero sus ojos estaban en blanco, perdidos en una pesadilla que yo no podía tocar.
—Déjala, Ker —susurró una voz detrás de mí.
Me giré. Mi madre, Klia, estaba parada en el umbral de la puerta abierta. No había entrado, no podía entrar a la casa, pero su sombra se proyectaba larga y afilada sobre nosotros.
—Está perdida —dijo mi madre con una sonrisa fría—. La Esfera ya la tiene. Mira cómo sufre. Es hermoso, ¿no? El dolor purifica la magia.
—¡Cállate! —le grité, mis manos temblaban sobre el violín.
Intenté tocar. Puse el arco sobre las cuerdas, desesperado por encontrar esa melodía, la que fuera, la que pudiera despertarla. Pero cuando moví el brazo, no salió música. Las cuerdas de mi violín se rompieron con un chasquido seco, cortándome la mejilla.
La sangre goteó sobre la madera del instrumento.
—No puedes salvarla con música barata —se burló Klia—. Ella firmó el contrato con su sangre, no con notas musicales. Mírala, hijo. Mira lo que tu "amor" no puede arreglar.
Volví a mirar a Snow. Ella estaba gritando ahora, manoteando el aire, luchando contra fantasmas invisibles. Se arrastraba hacia la mesa vacía como si viera monstruos encima de ella.
—¡Snow! —grité, corriendo hacia ella, intentando sacudirla—. ¡Snow, despierta! ¡No hay nada ahí! ¡Soy yo, soy Ker!
Pero ella me miró y no me vio. Sus ojos reflejaban un terror absoluto.
—Las cerezas… —sollozó ella, con la voz rota—. Están sangrando… Mamá…
Me sentí inútil. Me sentí pequeño. Mi madre se reía en la puerta y la chica que amaba estaba siendo devorada viva por su propia mente.
Perspectiva de Snow
La risa de la Esfera taladraba mi cráneo.
—Mírate —decía—. Llorando por pasteles. Llorando por una madre que te vendió. Yo soy la única que te queda. Acepta el trato de nuevo, Snow. Dame tu cuerpo y te devolveré al sueño amarillo. Te dejaré vivir en la mentira para siempre. Es mejor que esto, ¿verdad?
Miré los pasteles. El rojo intenso me mareaba. El recuerdo de mi madre tirada en el asfalto, con el pastel aplastado a su lado, se superpuso con la imagen de la mesa.
Era un ciclo. Siempre sería un ciclo. A menos que…
Dejé de llorar.
La risa de la Esfera titubeó.
Me limpié la cara con el dorso de la mano sucia. Mis lágrimas se mezclaron con el polvo de la realidad. Me puse de pie, tambaleándome, pero de pie.
—¿Crees que me asustas con fruta y azúcar? —susurré.
Caminé hacia la mesa. Hacia la ilusión. Metí la mano en el pastel más cercano. Sentí el calor pegajoso, la textura repugnante de las cerezas cocidas que se sentían como órganos pequeños.
Apreté el puño, destruyendo el pastel. El jugo rojo chorreó por mi brazo.
—Tú creaste este escenario —dije, levantando la vista hacia el techo oscuro donde sentía su presencia—. Tú trajiste los pasteles. Tú trajiste los recuerdos. Pero cometiste un error.
—¿Ah, sí? —la voz de la Esfera sonó curiosa, pero cautelosa.
—Crees que tú tienes el control porque tienes la magia —dije, y mi voz comenzó a subir de tono, alimentada por una furia que nunca había sentido antes. No era miedo. Era ira pura—. Pero tú necesitas mi dolor. Tú necesitas mi permiso. Sin mí, tú eres solo una bola de cristal en un sótano húmedo.