El césped se oscurece y eso hace que tiemble.
No hay magia amarilla, no hay olor a pan recién horneado. Solo está la humedad que se cuela por los huesos y la vista desde mi ventana: un jardín muerto donde la hierba parece haber sido quemada por el frío, volviéndose negra y quebradiza.
Me abrazo a mí misma. La casa está en silencio, pero no es un silencio de paz. Es el silencio de un ataúd.
Llevo días esperando. Esperando a que Ker entre por la puerta con su violín. Esperando a que Nany irrumpa con sus colores chillones. Pero la puerta sigue cerrada y el polvo se acumula.
La Esfera, desde algún lugar en la oscuridad, no se ríe. No hace falta. El aislamiento es su mejor tortura.
Me arrastro hasta la entrada. Hay un montón de correspondencia tirada en el suelo, papeles que el cartero deslizó con miedo por debajo de la puerta hace quién sabe cuánto tiempo. Nunca tuve el valor de leerlos, pensando que serían facturas o amenazas de desalojo.
Pero hoy, la soledad pesa más que el miedo.
Mis dedos rozan un sobre de papel grueso, elegante, manchado de tierra por haber estado en el piso. Reconozco la letra. Es temblorosa, apresurada.
La abro.
De: Ker
Snow...
Cada día te extraño más. No sé si recibirás esto, tuve que sobornar a uno de los empleados para que lo llevara a tu puerta. No he podido salir de esta cárcel que mi propia madre me ha puesto.
Ella lo sabe todo. Sabe que intenté ayudarte, sabe que te quiero. Me ha encerrado en mi habitación, ha puesto cerraduras nuevas. Me quitó el violín, Snow. Dice que mi música te alimentaba y no va a permitirlo más. Escucho sus pasos en el pasillo, vigilando. Klia dice que te dejará pudrirte sola, que sin nosotros no eres nada.
Grito tu nombre contra la almohada. Intento romper la ventana, pero han puesto rejas. Me siento inútil. Me siento como un cobarde. Perdóname por no estar ahí, perdóname por dejarte a merced de esa casa. Te juro que si logro escapar, iré por ti. Pero cada día que pasa, las paredes se sienten más estrechas.
Te extraño. Te extraño tanto que duele respirar.
Dejé caer la carta. El papel golpeó el suelo con un sonido seco.
No me había abandonado. Estaba preso. Su madre, Klia, había ganado. Había cortado el suministro de esperanza de raíz.
Mis ojos, ya nublados por las lágrimas, buscaron entre el resto de los papeles. Había un sobre de color rosa pastel, ahora sucio y pisoteado. Estaba arrugado, como si alguien lo hubiera escrito llorando.
Lo rasgué con desesperación.
De: Nany
Snow... Soy Nany, tu amiga.
Tal vez nunca puedas leer esta carta, pero necesito escribirla para no volverme loca. Mi padre y mi madre se enteraron. Se enteraron de que iba a tu casa, de que era amiga de la "chica bruja".
Me han prohibido tenerte cerca y eso me duele hasta el alma. Me quitaron el teléfono, me cambiaron de escuela. No puedo hacer nada, nada... Aunque trate de salir, los guardaespaldas estarán detrás de mí. Están en la puerta de mi casa ahora mismo, dos hombres enormes que me miran como si fuera una delincuente solo por querer verte.
Mis padres dicen que eres peligrosa, que tu familia está maldita y que arruinarás nuestra reputación. No les importa que seas buena, Snow. Solo les importa el apellido y el dinero. Me siento prisionera en mi propia vida de lujos.
Evitarán a toda costa que te visite. Lo siento. Lo siento tanto. No creas que te olvidé. No creas que no te quiero. Solo... solo soy una niña atrapada por adultos crueles.
El papel rosa se me resbaló de las manos.
Me quedé sentada en el recibidor, rodeada de las palabras de las únicas dos personas que me habían amado.
La realidad me golpeó más fuerte que cualquier hechizo. No había sido una batalla mágica épica lo que nos separó. No hubo rayos ni humo.
Fue algo mucho más simple y terrible: El poder de los padres.
Klia encerró a Ker. Los padres ricos de Nany la encerraron a ella.
Y yo... yo estaba encerrada por mi propia herencia.
Miré hacia la oscuridad del salón. La soledad era absoluta ahora. Ya no tenía la esperanza de que Ker apareciera para salvarme, ni de que Nany viniera a hacerme reír. Estaban tan atrapados como yo.
—Estamos solos —susurré al aire viciado—. Todos nosotros.
El césped afuera se oscureció un poco más, como si la noche hubiera decidido adelantarse para tragarse la casa entera. Me abracé las rodillas, sintiendo cómo el frío del suelo se filtraba en mi piel, entendiendo por fin que en esta historia, los monstruos no vivían debajo de la cama.
Los monstruos vivían en las casas de mis amigos y tenían las llaves de sus puertas.
La Casa Negra crujió, satisfecha. Ahora sí, estaba completamente a su merced.
Hacía frío. Un frío que no venía del invierno de afuera, sino de las paredes mismas de la casa, que parecían exhalar el aliento de los muertos.
Me quedé mirando las cartas en mi regazo. Las palabras de Ker y Nany se desdibujaban en la penumbra. “Cárcel”, “Guardaespaldas”, “Prohibido”. Ellos estaban atrapados en jaulas de oro y expectativas, protegidos y asfixiados por las mismas personas que deberían amarlos.
Y yo... yo estaba atrapada en una jaula de madera podrida y magia negra.
Me levanté. Mis rodillas crujieron, pero ya no me importó el dolor. Caminé hacia la chimenea de la sala, esa boca negra que llevaba años sin probar fuego.
No tenía leña. No tenía carbón.
Miré los papeles en mi mano. Las cartas de amor y amistad, las pruebas de que no estaba sola en el sentimiento, aunque sí en el cuerpo.
—Lo siento —susurré, y mi voz no tembló.
Arrugué la carta rosa de Nany. Arrugué la carta elegante de Ker. Las coloqué en el centro de la chimenea junto con los sobres de facturas viejas y la basura que se acumulaba en las esquinas.