Éramos un código secreto,
un refugio de domingos y café frío,
donde las palabras no daban miedo
porque siempre tenían donde aterrizar.
Fuiste mi "estoy llegando",
mi "no se lo digas a nadie",
el testigo silencioso de mis guerras
y la paz que no sabía reclamar.
Qué fácil fue saltar la valla,
confundir la risa con el hambre,
y creer que, si el amor nos fallaba,
siempre nos quedaría el patio de atrás.
No sabía que, al cruzar esa línea,
quemábamos el único puente de regreso.
Que para amarte, primero tuve que perder
al único que sabía cómo salvarme.