Ahora soy el guardián de un idioma muerto.
Hablo con otros y me sobran las referencias,
tengo anécdotas que se quedan a mitad de lengua
porque el contexto eras tú.
He aprendido a reírme solo
cuando alguien dice esa palabra prohibida,
o a fingir que no entiendo
cuando el mundo imita una escena nuestra.
Tu nombre ya no es una persona,
es un recordatorio de que ahora
soy el único que sabe
por qué solíamos reír hasta llorar.
Y esa es la primera grieta del olvido:
darte cuenta de que la historia
se está quedando sin testigos.