(Sobre cruzar la línea de la infancia)
Nadie nos dijo que la amistad era un cristal de roca
y el amor, un martillo de seda.
Crecimos compartiendo rodillas raspadas y secretos,
creyendo que éramos invencibles porque nos conocíamos los miedos.
Pero el manual es claro:
nunca debimos profanar el patio de juegos.
Al cruzar la línea, convertimos el refugio en campo de batalla.
Ahora, aunque nos miremos sin odio,
el daño está hecho en los cimientos.
No se puede volver a ser niños
después de habernos roto como adultos.