(Sobre las expectativas no cumplidas)
Yo buscaba un puerto y tú seguías siendo marea.
Esperé que los años de amistad te hubieran dado
la madurez para entender mis silencios,
pero me encontré con berrinches que no sabía gestionar.
Las peleas se volvieron nuestro idioma principal:
tú gritando por lo que no comprendías,
yo callanda por lo que me pesaba explicar.
Éramos dos traductores hablando lenguas distintas,
maldiciendo el hecho de habernos conocido tanto
y entendernos tan poco.