(Sobre el desgaste y la distancia)
Trescientos kilómetros de asfalto
y una pantalla que se volvió nuestra única ventana.
La distancia no mató el amor,
lo mató la costumbre de vernos a través de un cristal.
Todo se volvió un guion repetido:
los mismos mensajes, las mismas quejas,
el mismo vacío de no poder tocarnos.
Nos convertimos en una rutina sin brillo,
en una tarea pendiente que nos daba pereza tachar.