(Sobre el rechazo y el amigo como escudo)
Te pedía salir, buscar un aire nuevo,
y tu me encerrabas en mi caparazón de apatía.
Me dijiste "no" tantas veces que el eco terminó por cansarme.
Pero lo peor no fue el encierro,
sino que cuando por fin nos veíamos,
después de semanas de contar los días,
buscabas a tu amigo para no estar a solas conmigo.
Preferías su risa fácil que mi mirada demandante.
Usaste a un tercero para no enfrentar el hecho
de que ya no sabías qué decirme
cuando no había una pantalla de por medio.