Mateo siempre había creído que su vida era una serie de hojas de Excel perfectamente cuadriculadas. Por eso, cuando giró la llave de la unidad 4B en la Villa Olímpica, lo único que esperaba era el olor a cera para madera y el silencio sagrado de su refugio antes de los Nacionales.
En cambio, lo que recibió fue un golpe de aire caliente con olor a cuero sudado y el ritmo de un rock pesado que retumbaba en las paredes.
—¿Pero qué demonios...? —susurró, apretando el estuche de sus patines (el cual, por supuesto, tenía las cuchillas protegidas con protectores de seda porque los había limpiado con aceite especial en el pasillo).
A mitad de la estancia —si es que a ese pasillo ancho con literas se le podía llamar estancia—, un chico con los hombros absurdamente anchos y una camiseta de entrenamiento sin mangas estaba intentando encintar un stick de hockey frente a un televisor que parecía sostenido por el poder de la fe.
—¡Epa! —el desconocido levantó la vista, sonriendo como si estuviera viendo a un fan y no a un extraño invadiendo su propiedad—. Llegas tarde para el entrenamiento de tarde, pero todavía queda un poco de bebida isotónica. Soy Lucas.
Mateo se quedó congelado. Revisó el número dorado en la puerta. 4B. Revisó su acreditación digital en el móvil. 4B.
—Soy Mateo. El único deportista asignado a este cuarto. ¿Quién eres tú y por qué tus coderas están sobre la encimera de la cocina?
Lucas soltó una carcajada que a Mateo le supo a pura falta de respeto.
—Oye, tranquilo, "Solista". El director técnico me dio las llaves hace dos horas. Me dijo que el estudio era compartido por un no sé que de becas, pero no mencionó que mi roommate vendría con cara de estar oliendo algo podrido.
Mateo sintió un tic nervioso en el párpado derecho. Compartido. Su beca decía "Habitación individual de alto rendimiento". O eso creía él hasta que, al abrir el PDF y hacer un zoom frenético, encontró una cláusula en letra tamaño hormiga que mencionaba la "modalidad de co-vivienda para atletas de distintas disciplinas".
—Esto tiene que ser un error —dijo Mateo, dejando su maleta en el único rincón que no tenía cosas de Lucas regadas—. Mañana mismo iré a la oficina del Comité. Por ahora... ¿Dónde está la otra habitación?
Lucas señaló con el stick de hockey hacia el fondo.
—Ese es el detalle, genio. No hay otra habitación. Solo hay una estructura de literas que se hace “cama matrimonial”, y técnicamente, es para dos.
Mateo miró el mueble con el mismo horror con el que alguien miraría un abismo. Su mente, programada para el orden, empezó a calcular rápidamente los centímetros cuadrados. Tocaría el brazo de Lucas al dormir. Respirarían el mismo aire viciado. Era una completa catástrofe.
—Ni lo sueñes —sentenció Mateo, recuperando la compostura—. Dormiré en la colchoneta de estiramientos si hace falta antes de compartir sábanas con un bruto que no sabe dónde se guarda el equipo sucio.
Lucas se encogió de hombros, volviendo a su tarea con la cinta.
—Tú mismo, Bailarina. Pero el suelo está frío y yo ronco un poco después de los partidos. Avisado estás.
Justo cuando Mateo iba a soltar una réplica mordaz sobre la elegancia deportiva y la higiene básica, ambos teléfonos vibraron al unísono sobre la barra de granito. El sonido metálico rebotó en las paredes vacías.
Mateo desbloqueó el suyo con el reconocimiento facial. Lucas, con un patrón de desbloqueo que parecía un dibujo abstracto.
Asunto: SELECCIÓN FINAL - PREMIO "EXCELENCIA DEPORTIVA" 202x.
El silencio que siguió fue denso. Mateo leyó el correo dos veces. Su mirada viajó del teléfono a Lucas, que ahora tenía una expresión extrañamente seria, con la luz azul de la pantalla reflejada en sus ojos.
—"Se les informa que, debido a la unificación de categorías, solo se otorgará una beca de élite completa al finalizar la temporada..." —leyó Mateo en voz alta, sintiendo que el estómago se le hundía—. "Los candidatos finalistas por rendimiento y proyección son: Mateo Varela (Patinaje Artístico) y Lucas Torres (Hockey sobre hielo)".
Lucas soltó un silbido bajo, dejando el stick sobre una bolsa de deporte.
—Vaya. Así que no solo tengo que compartir mi cama con un tipo que limpia sus patines con seda, sino que también tengo que pelear con él por mi futura carrera profesional.
Mateo cerró los ojos un segundo. La imagen de su temporada perfecta y cuadriculada se acababa de incendiar. No era solo un roommate molesto; era el obstáculo entre él y los Juegos Olímpicos.
—Esto no es una convivencia, Lucas —dijo Mateo, abriendo su maleta con un movimiento seco—. Es una zona de guerra. Y te advierto: no soy de los que se rinden fácilmente.
Lucas recuperó su sonrisa de medio lado, esa que a Mateo ya empezaba a sacarle de quicio, y estiró las piernas, rozando accidentalmente el zapato impecable de Mateo con su zapatilla.
—Que gane el mejor, Roomie. Pero por ahora... Muévete, que estás tapando la señal del Wi-Fi.