Manual de (in)convivencia.

II: La línea de cal.

Si Mateo pudiera haber desinfectado el aire que respiraba Lucas, lo habría hecho. Pero ahí estaba, de pie en medio de la habitación 4B, observando cómo su nuevo "compañero" lanzaba una sudadera usada hacia un rincón con la precisión de quien no ha fallado un tiro a puerta en su vida.

​—Regla número uno —sentenció Mateo, sacando un bloc de notas y un bolígrafo de tinta negra que escribía con una suavidad quirúrgica—. No se permiten prendas con fluidos corporales fuera de la cesta de la lavandería. Jamás.

​Lucas, que ya se había despojado de las zapatillas y caminaba descalzo por el poco suelo que quedaba libre, lo miró por encima del hombro.

​—¿"Fluidos corporales"? Tío, hablas como si esto fuera la escena de un crimen y no un cuarto de atletas. Se llama sudor. Es lo que pasa cuando realmente haces un esfuerzo físico.

​—Patinar tres horas diarias requiere un esfuerzo que tus neuronas no podrían procesar, Lucas —respondió Mateo sin levantar la vista de su nota—. Regla número dos: el silencio absoluto comienza a las diez de la noche. Mis ciclos de sueño son sagrados para la recuperación muscular.

​Lucas soltó una risita ahogada y se dejó caer en la litera inferior, que gimió bajo su peso.

​—A las diez apenas estoy empezando a vivir. Pero está bien, Rayito de Sol. Hagamos un trato. Yo respeto tus reglas de hospital si tú respetas la mía.

​Mateo arqueó una ceja, bolígrafo en alto.

​—¿Cuál es tu regla?

​—No toques mi equipo de hockey. Nunca. Ni para moverlo, ni para limpiarlo, ni para "desinfectarlo". Tiene su propio ecosistema y así me gusta.

​Mateo miró el stick de madera y las protecciones que parecían sacadas de una guerra medieval. Le daban escalofríos.

​—Trato hecho. Jamás tocaría eso ni con un traje de protección.

​El silencio volvió a caer, pero no era un silencio tranquilo. Era esa clase de quietud que precede a una tormenta en la pista. Mateo se acercó a la litera y se quedó mirando el colchón estrecho. La parte de arriba estaba peligrosamente cerca del techo, y la de abajo... Bueno, la de abajo ya estaba ocupada por un metro noventa de músculos y actitud desafiante.

​—¿Y bien? —preguntó Mateo—. ¿Quién duerme dónde?

​—Yo pedí la de abajo hace una hora —dijo Lucas, acomodando sus manos detrás de la nuca—. Además, si te caes de la de arriba, al menos tienes práctica aterrizando con estilo, ¿no?

​Mateo apretó los dientes. Subir a la litera superior implicaba una falta de control que odiaba, pero dormir abajo, tan cerca de Lucas que podría escuchar sus ronquidos, era peor.

​—Bien. Quédate con el sótano. Pero si te escucho hablar en sueños sobre tácticas de defensa, te lanzaré un patín.

​—Acepto el riesgo.

​Media hora después, las luces estaban apagadas. Mateo estaba acostado en la litera superior, rígido como una tabla, mirando el techo a escasos centímetros de su nariz. El olor de Lucas —una mezcla de jabón, desodorante cítrico y algo puramente masculino— parecía flotar hacia arriba, invadiendo su espacio personal.

​De pronto, la estructura de la cama tembló. Lucas se estaba dando la vuelta abajo.

​—Oye, Mateo —susurró la voz de Lucas, vibrando a través del colchón.

​—¿Qué? —respondió él, cortante.

​—Mañana a las seis hay entrenamiento libre en la pista principal. El equipo de hockey tiene la mitad izquierda y los de artística la derecha.

​Mateo cerró los ojos, visualizando la pista de hielo dividida por una línea imaginaria.

​—Lo sé. No cruces la línea, Lucas.

​—Lo mismo digo, Solista. No querrás que te atropelle un tren de cien kilos mientras intentas dar vueltas como una peonza.

​—Buenas noches, Lucas.

​—Buenas noches, Mateo. Sueña con tus patines y el hielo.



#5147 en Novela romántica

En el texto hay: boyslove, deportes, rommates

Editado: 11.03.2026

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