El hielo a las seis de la mañana tiene un sonido particular: un crujido seco, casi musical, que para Mateo era lo más parecido a la paz. O al menos lo era hasta que un disco de caucho negro impactó contra la valla protectora a pocos centímetros de sus patines, sonando como un disparo.
Mateo frenó en seco, levantando una nube de escarcha fina.
—¡Torres! —gritó, girándose hacia la mitad izquierda de la pista.
Al otro lado de la línea roja, Lucas se deslizaba con una gracia pesada, apoyado en su stick. Llevaba el casco puesto, pero Mateo podía adivinar la sonrisa de suficiencia detrás de la rejilla.
—Perdona, Solista. Se me escapó el tiro. Es que tu música de piano me está dejando dormido y pierdo la puntería.
Mateo apagó el reproductor que llevaba en el cinturón. La pista quedó en un silencio tenso, solo roto por la respiración agitada de ambos.
—Se llama Nocturno Op. 9, de Chopin. Pero supongo que para alguien que se comunica a base de gruñidos y empujones, es demasiado complejo. Respeta mi lado de la pista, Lucas. Tenemos un acuerdo.
—El acuerdo decía que no tocara tus patines, no que no pudiera usar el aire de tu lado —replicó Lucas, patinando hacia la línea divisoria.
Se detuvieron justo en la frontera. Lucas le sacaba casi una cabeza de altura con los patines de hockey, que eran más robustos y toscos que los estilizados patines de Mateo. La diferencia entre ellos era ridícula: uno parecía una hoja de afeitar y el otro un martillo pilón.
—¿Sabes qué pasa? —Lucas bajó la voz, acercándose lo suficiente para que Mateo viera el sudor bajando por su sien—. Que me han dicho que eres el favorito para la beca porque "vendes una imagen limpia". Pero aquí en el hielo, la limpieza no sirve de nada si no tienes agallas.
Mateo sintió un calor repentino que para nada tenía que ver con el ejercicio. Dio un paso adelante, invadiendo por un par de centímetros la zona de hockey.
—¿Agallas? Intenta saltar en el aire, girar tres veces y caer sobre una cuchilla de cuatro milímetros sin romperte el tobillo, y luego vienes a hablarme de agallas, capitán.
Estaban tan cerca que el vaho de sus respiraciones se mezclaba en el aire frío. Fue entonces cuando una voz seca retumbó desde los altavoces de la grada, cortando la tensión con la precisión de un bisturí.
—Varela, Torres. A mi oficina. Ahora.
Mateo se tensó. Claudia, la Directora de Alto Rendimiento, los observaba desde el palco acristalado con los brazos cruzados. No parecía contenta.
—Te dije que nos iban a meter en problemas —masculló Mateo, alejándose de Lucas con un giro elegante pero rápido.
—Valió la pena solo por ver cómo se te ponían las orejas de rojas, Mateo —le soltó Lucas, patinando hacia la salida de la pista con ese desparpajo que a Mateo le daban ganas de tropezar.
El problema era que, mientras caminaban hacia los vestuarios, Mateo se dio cuenta de algo irritante: su corazón no estaba latiendo rápido solo por el esfuerzo físico que había usado en su calentamiento... Por primera vez, el hielo no era lo único que lo hacía temblar.