Manual de (in)convivencia.

V: Sonríe para la cámara.

El gimnasio del centro estaba extrañamente vacío a las cinco, a excepción del fotógrafo, un tipo hiperactivo llamado Santi que movía focos de un lado a otro como si le fuera la vida en ello.

Mateo llegó primero. Se había puesto su chaqueta de entrenamiento oficial, con el logo de la universidad bordado en plata. Se había peinado tres veces y, aunque odiaba admitirlo, se aplicó un poco de bálsamo labial. No era por Lucas, era por la beca: la imagen lo era todo.

Cinco minutos tarde, Lucas entró arrastrando los pies, todavía con el cabello húmedo de la ducha y vistiendo la pesada camiseta roja de los Wildcats, el equipo de hockey de la universidad.

—Vaya, qué elegancia, Solista —se burló Lucas, dándole un empujón amistoso en el hombro que casi hace que Mateo pierda el equilibrio—. ¿Te has puesto perfume para una sesión de gimnasio?

—Se llama higiene, Lucas. Deberías probarlo algún día —replicó Mateo, apartándose con un gesto seco—. Y no me toques, vas a arrugar el uniforme.

—¡Chicos, chicos! Menos charla y más química —gritó Santi desde detrás de su trípode—. Pónganse en el centro, debajo de ese foco. Necesito unidad. Necesito que parezca que no se quieren arrancar la cabeza.

Mateo pensó con ironía que unidad era justo lo que menos tenían. Se colocaron uno al lado del otro, rígidos como estatuas de sal. La diferencia de tamaño era ridícula: Mateo apenas llegaba al hombro de Lucas, y la anchura del jugador de hockey hacía que el patinador pareciera aún más menudo.

—No, no, así no sirve —bufó Santi—. Parecen dos desconocidos esperando el autobús. Lucas, pasa tu brazo por encima de los hombros de Mateo. Mateo, agarra a Lucas por la cintura. ¡Acérquense!

Mateo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Lucas dudó un segundo, pero luego extendió su brazo pesado y lo dejó caer sobre los hombros de Mateo, atrayéndolo hacia su costado con una fuerza que no dejaba lugar a réplicas.

El contacto fue como una descarga eléctrica. Lucas emanaba un calor constante, un contraste brutal con la frialdad habitual de Mateo. A través de la tela de la camiseta, Mateo podía sentir la dureza del músculo de Lucas.

—Relájate, Rayito de Sol —susurró Lucas cerca de su oreja—. No muerdo. Al menos no si hay cámaras delante.

—Cállate y mira al frente —siseó Mateo, rodeando con su mano la cintura de Lucas de manera tentativa. Su mano apenas abarcaba una fracción de la espalda del jugador.

—¡Eso es! Ahora, mírense —ordenó el fotógrafo—. Olviden que estoy aquí. Mateo, levanta la barbilla. Lucas, inclínate un poco hacia él. Quiero una mirada de respeto mutuo.

Mateo giró la cabeza y se encontró directamente con los ojos de Lucas. De cerca, no eran solo “ojos de bruto”. Eran de un marrón profundo, con pestañas ridículamente largas que Lucas no merecía tener. Por un momento, el ruido de los focos y las instrucciones de Santi se desvanecieron. Solo estaba el olor a jabón de Lucas y la presión de su brazo rodeándole el cuello.

Lucas dejó de sonreír con suficiencia. Su expresión se suavizó por una fracción de segundo, una chispa de algo que Mateo no supo identificar, pero que hizo que se le acelerara el pulso de una forma que ninguna de sus prácticas sobre hielo le había provocado.

—¿Ves? —murmuró Lucas, con la voz un poco más ronca—. No es tan difícil fingir que no me odias.

—Sigo odiándote —mintió Mateo, aunque no apartó la mirada—. Pero soy un excelente actor.

—¡Perfecto! ¡Esa es la toma! —exclamó Santi, haciendo clic frenéticamente—. ¡Esa tensión es oro puro para las redes sociales!

Se separaron de golpe, como si se hubieran quemado. Mateo se ajustó la chaqueta, sintiendo el lugar donde el brazo de Lucas había estado como si todavía estuviera allí.

—Bueno —dijo Lucas, recuperando su máscara de indiferencia y rascándose la nuca—. Supongo que eso es todo. Mañana es mi primer día en tu “mundo de cristal”, Mateo. Espero que tengas listas tus mallas.

Mateo no respondió. Solo asintió, recogiendo Su mochila y saliendo del gimnasio lo más rápido que pudo. Necesitaba aire frío. Necesitaba hielo. Y, sobre todo, necesitaba entender por qué, por un instante, no había querido soltarse.



#5437 en Novela romántica

En el texto hay: boyslove, deportes, rommates

Editado: 20.03.2026

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