Mateo estaba apoyado en la barandilla de la pista, ajustándose los cordones con una precisión milimétrica. El hielo recién pulido brillaba como un espejo bajo las luces blancas. Era su santuario, y hoy, ese santuario iba a ser profanado por cien kilos de músculo torpe.
Cuando Lucas apareció por el túnel de vestuarios, Mateo tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada. El capitán de los Wildcats caminaba como un pato mareado. Llevaba unos patines de iniciación —porque sus patines de hockey, con esas cuchillas planas y gruesas, estaban prohibidos para esta sesión— y se aferraba a la pared como si su vida dependiera de ello.
—¿Necesitas un andador, Torres? —se burló Mateo, deslizándose hacia el centro de la pista con un giro sin esfuerzo.
—Cállate, Varela. Estas cosas... —Lucas señaló sus pies con desprecio— tienen vida propia. ¿Dónde está el resto de la cuchilla? Siento que estoy haciendo equilibrio sobre un cuchillo de cocina.
—Se llama filo, Lucas. Y requiere algo que tú no tienes: equilibrio central. Ven aquí.
Lucas soltó la barandilla con la precaución de quien salta de un avión. Se deslizó un par de metros, sus largos brazos moviéndose como aspas de molino, hasta que sus pies se abrieron en un ángulo imposible.
—¡Me caigo! ¡Mateo, me voy al suelo!
Antes de que Lucas terminara de besar el hielo, Mateo patinó hacia él y lo agarró por los antebrazos. El impacto de Lucas contra su cuerpo casi lo tumba a él también, pero logró clavar los filos para sostenerlo. Por un momento, quedaron pegados: el pecho agitado de Lucas contra la frente de Mateo, y las manos de Mateo apretando con fuerza los bíceps sólidos del jugador.
—Te tengo —susurró Mateo, sorprendido por su propia falta de sarcasmo—. Respira. No mires al suelo, mírame a mí.
Lucas clavó sus ojos en los de Mateo. Estaba sudando, y no era por el calor. Había un rastro de pánico genuino en su mirada que hizo que algo se ablandara en el pecho de Mateo.
—Esto es una trampa mortal —gruñó Lucas, aunque no soltó el agarre. Sus manos se cerraron sobre los hombros de Mateo, buscando estabilidad—. ¿Cómo demonios haces esto todos los días?
—Se trata de confianza, no de fuerza bruta —Mateo empezó a patinar hacia atrás muy despacio, arrastrando a Lucas con él—. Suéltate de mis hombros y dame las manos. Confía en mí, no voy a dejar que te des de bruces.
Lucas obedeció lentamente. Sus manos, grandes y ásperas, envolvieron las de Mateo. Eran manos de alguien que golpeaba cosas, pero ahora temblaban levemente. Mateo lo guio en un ocho básico, sintiendo la tensión en los brazos de Lucas.
—Baja el centro de gravedad —instruyó Mateo, suavizando la voz—. Flexiona las rodillas. Así... Bien. Ves, no es tan difícil.
—Es humillante —masculló Lucas, aunque empezaba a seguir el ritmo—. Si los chicos del equipo me vieran ahora mismo, agarrado de las manos contigo como si estuviéramos en una cita de secundaria...
—Pues no los mires a ellos. Mírame a mí —repitió Mateo.
Lucas lo hizo. Y por un segundo, el sarcasmo desapareció de la pista. Solo estaba el sonido de las cuchillas cortando el hielo y la presión cálida de sus manos entrelazadas. Mateo se dio cuenta de que Lucas no lo estaba soltando, incluso cuando ya había recuperado el equilibrio.
—No está tan mal —admitió Lucas en un susurro, con una sonrisa que ya no era burlona, sino algo mucho más peligroso para la salud mental de Mateo.
—No te acostumbres, Torres —dijo Mateo, recuperando su tono frío mientras lo soltaba bruscamente—. Mañana me toca a mí ir a tu terreno. Y dudo que seas tan amable conmigo cuando tenga que ponerme ese casco que huele a perro muerto.
Lucas soltó una carcajada, esta vez genuina, y por primera vez, el hielo no se sintió tan frío.