Manual de la Comisura

Caso 03

El hotel
Maria no tenía mucho dinero, así que cuando vio que podía trabajar en un hotel por una buena cantidad de dinero, no dudó ni por un segundo. Maria entró al hotel donde el recepcionista le dio una nota y le advirtió:

– Si quieres sobrevivir esta noche y las demás que te quedan trabajando aquí, sigue al pie de la letra las normas–

La nota contenía las siguientes reglas:

Regla número 1: Mantén siempre encendidas las luces del recibidor, si en algún momento se apagan, cierra los ojos y tápate los oídos. No hagas caso a las cosas que escuches o sientas alrededor. Tan sólo puedes abrir los ojos tras pasar tres minutos exactos. Cuenta cada segundo. No creas que puedas guiarte con el sonido del reloj, ya que se habrá parado durante esos tortuosos minutos.

Regla número 2: A la 1:59 una mujer con dos niños entrará y pedirá ayuda ya que su coche está “averiado”. Dile que no puedes ayudar y que hay una gasolinera cerca, no ofrezcas ayuda aunque entre gritando, ya que si sales del hotel por la noche te vas a perder, y ellos te llevarán consigo.

Regla número 3: Si la mujer en vez de irse sonríe, con las comisuras de los labios casi llegando a los ojos y enseñando demasiado los dientes, baja la cabeza y pide disculpas tres veces, cuando levantes la cabeza no debería seguir ahí.

Regla número 4: A las 3:15 el teléfono de recepción sonará, si suena la habitación 315 no contestes, en este hotel tan solo hay 314 habitaciones.

Regla número 5: Si por error has cogido el teléfono cuando era la habitación 315, corre a la habitación más cercana ya que se han dado cuenta de donde estás. Escucharás pasos. No salgas de la habitación hasta que los pasos pasen de largo de donde estás, y reza para que las luces de la recepción no se hayan apagado en tu ausencia.
Regla número 6: Si escuchas risas detrás de ti, no te des la vuelta. Mira por el espejo que tienes delante de ti, si está empañado cierra los ojos y reza para que no estén hambrientos. Si no está empañado, hoy has tenido suerte.

Maria al principio cree que todo esto es una broma. Pasan las horas y a la 1:59 entra una mujer con dos niños, como la lista de reglas dictaba. La mujer estaba histérica, y sus hijos lloraban. Maria sentía un nudo en la garganta tras presenciarlos, pero logró formular las 13 milagrosas palabras que decía la lista: “No puedo ayudar, pero hay una gasolinera muy cerca yendo por la izquierda”. La mujer en vez de dar la vuelta e irse, sonrió. Una sonrisa macabra e inhumana. Maria sentía como el corazón le iba a romper las costillas por lo rápido que latía. Así que bajó la cabeza, mirando al suelo fijamente como si su vida dependiera de ello, y pidió disculpas tres veces, rezando para que la regla tres funcionara. Cuando levantó la mirada y abrió los ojos la mujer ya no estaba.
Maria suspira aliviada y vuelve a leer las normas, para no cometer ni un solo error. Pasan los minutos, Maria está cansada, pero tampoco puede dormir por la tensión del ambiente tras confirmar que las reglas eran de verdad. El teléfono suena, ya son las 3:15, está a punto de cogerlo pero recuerda justo a tiempo la regla 4 y mira qué habitación es. Es la habitación 315. Maria evita coger el teléfono como si quemara y se recuesta en la silla de la recepción. Necesita ir al baño, pero sabe que las luces podrían apagarse en cualquier momento. En ese mismo instante las luces parpadean y se apagan. Maria cierra los ojos, se encoge y se tapa los oídos, contando cada segundo. Mientras transcurre el tiempo puede sentir alientos gélidos en su nuca, arañazos por sus brazos, puede escuchar rasguños por todas partes, las voces de sus familiares, amigos, suplicando ayuda. Tras haber contado 180 segundos exactos abre los ojos. Por fin se han encendido las luces, se mira los brazos donde sintió los arañazos y tan solo tiene una fina línea roja en su brazo, confirmando que todo fue real. Que “ellos” le vigilaban, y que las reglas, cada una, estaba escrita para sobrevivir a aquellas criaturas.
Pasan las horas, ahora está paranoica, ya que queda la última regla para cumplirse, y esa es la peor, ya que no dicta cómo escaparte de aquellas criaturas, solo te advierte de que debes tener suerte para sobrevivir. Son las 4:59, tan solo falta una hora y un minuto para escapar de aquella tortura, y cuando el reloj marca las 5, puede escuchar risas a sus espaldas. Son risas infantiles, pero macabras, como si supieran algo que Maria no sabe. Maria se mira al espejo, y está empañado. Maria cierra los ojos y reza con toda su fuerza para que no tengan hambre, aunque nunca hubiera creído en ningún dios. Las risas no cesan, los segundos se hacen interminables. De repente, el sonido se detiene. El silencio es ensordecedor tras aquellas risas inquietantes. Abre los ojos lentamente y mira el espejo: ya no está empañado. Está limpio. Da un suspiro de alivio al ver que la suerte estaba de su lado y que la luz del amanecer se filtraba por las ventanas del vestíbulo. Ha sobrevivido. Se levanta de la silla con las piernas temblando, queriendo salir ya de ese maldito hotel, sin esperar a que la releven. Sin embargo, al mirar el reloj de la pared para comprobar la hora, el corazón se le detiene. Las manecillas se mueven hacia atrás a toda velocidad. El sol del amanecer desaparece y la noche vuelve a caer de golpe. El teléfono de recepción suena con fuerza. Maria mira la pantalla táctil: habitación 315. Se da cuenta de su error fatal, mira su mano derecha, con la que sin querer, rozó el teléfono. Y ya entiende aquellas risas, esos niños sabían que ella había roto una regla, y querían volver a “jugar” con ella a ver si en su próximo turno la podían atrapar.




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