Manual de supervivencia de la villana olvidada.

Prólogo —La última vez que perdí la cabeza

El filo del hacha estaba frío. Mucho más frío de lo que las novelas de romance histórico suelen describir.

​A mi alrededor, el pueblo de Oakhaven no guardaba silencio. Gritaban. Vitoreaban mi nombre, pero no con amor, sino con el hambre de quienes ven caer a un monstruo. En el estrado real, el Duque Sebastian mantenía su brazo alrededor de la cintura de la "heroína", esa joven de ojos dulces que me miraba con una lástima que me quemaba más que el sol de mediodía.

​—Lady Elara Valeska —anunció el verdugo con una voz que retumbaba en mis huesos—, por los crímenes de alta traición, intento de asesinato y hechicería oscura, se le condena a muerte.

​Intenté hablar. Intenté gritar que todo había sido una trampa, que yo solo amaba al hombre que ahora me miraba con asco. Pero mi voz se había roto semanas atrás en las mazmorras.

​Cerré los ojos cuando el metal comenzó su descenso.

«Si tan solo hubiera leído el último capítulo...», pensé.

​Y entonces, el dolor no llegó.

​En su lugar, llegó el aroma a perfume de rosas, el roce de la seda contra mi piel y el sonido de una orquesta tocando un vals perfectamente afinado.

​Abrí los ojos de golpe. No había sangre, ni hachas, ni verdugos. Estaba de pie en el centro del Salón de los Espejos del Palacio Imperial. En mi mano derecha, una copa de cristal con champán burbujeante. Frente a mí, un rostro que recordaría incluso en el infierno: Sebastian.

​Estaba más joven. No tenía la cicatriz en la mejilla que yo le causé en un arranque de celos. Se veía impecable, arrogante... y estaba a punto de hablar.

​—Se acabó, Elara —dijo él, y su voz resonó con la autoridad de quien se sabe dueño del destino—. El compromiso queda anulado. No permitiré que tu oscuridad empañe la luz de este reino.

​Un escalofrío me recorrió la columna. Esta era la escena. El capítulo tres. El momento exacto en el que la "villana" perdía la cordura y sellaba su destino de muerte.

​Sentí el impulso de llorar, de suplicar como lo hizo la Elara original. Pero algo dentro de mí había cambiado. Yo recordaba el frío del hacha. Recordaba el peso de la traición. Y, sobre todo, recordaba cada palabra de la novela que había leído antes de morir en mi otra vida.

​Miré la copa en mi mano y luego a Sebastian. El silencio en el salón era absoluto. Todos esperaban mi colapso.

​—¿La luz del reino? —pregunté, y mi propia voz, ahora clara y firme, me sorprendió—. Tienes razón, Sebastian. A veces la luz es tan intensa que termina cegando a los idiotas.

​Di un sorbo lento al champán, saboreando el desconcierto en sus ojos.

​El guion decía que yo debía morir. Pero yo acababa de decidir que, si iba a ser la villana, al menos sería la única que sobreviviera para contar la historia.




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