El eco de mis tacones contra el mármol del pasillo era el único sonido en aquella ala del palacio. Sabía que, a mis espaldas, el salón de baile seguía sumido en un silencio sepulcral. Había roto el protocolo, había insultado al heredero y, lo más importante, me había marchado por voluntad propia.
—¡Elara! —el grito de mi padre me alcanzó justo antes de llegar a la escalinata principal.
El Marqués de Valeska no caminaba; marchaba. Su rostro, normalmente pálido y aristocrático, estaba congestionado por una furia que rara vez mostraba en público. Me tomó del brazo con una fuerza que, en mi vida anterior, me habría hecho temblar.
—¿Qué demonios ha sido eso? —siseó, arrastrándome hacia el carruaje que esperaba en la entrada—. Has destruido años de negociaciones. ¿Tienes idea de lo que el Emperador nos hará cuando se entere de que su hijo fue humillado por una mujer de nuestra casa?
No respondí hasta que la puerta del carruaje se cerró y las ruedas empezaron a girar sobre el empedrado. Me acomodé el vestido con una parsimonia que solo aumentó su irritación.
—El Duque me iba a humillar de todas formas, padre —dije, mirándolo directamente a los ojos. Él se quedó helado; la antigua Elara nunca sostenía la mirada—. Él ama a Lady Sarah. Iba a romper el compromiso frente a toda la corte y me enviaría al exilio o algo peor. Yo solo tomé la iniciativa.
—¡Tú no tomas iniciativas! Tú obedeces —rugió él, levantando la mano.
Me quedé inmóvil. No parpadeé.
—Si me golpea, Marqués, tendré que explicarle al notario real por qué hay marcas en mi rostro cuando vaya a reclamar la dote de mi madre mañana por la mañana.
La mano de mi padre se detuvo en el aire. El silencio que siguió fue denso, casi sólido.
—¿La dote? —preguntó con voz trémula—. Esa dote está bajo mi administración hasta que te cases.
—Error —sonreí, recordando el anexo legal que la autora de la novela añadió en el capítulo 45 para justificar la ruina de la villana—. Según el testamento original de mi madre, si el compromiso con la familia real se rompe por causas ajenas a la voluntad de la novia, los fondos pasan a mi control inmediato para "asegurar mi futuro". Sebastian acaba de liberarme... y de dejarlo a usted sin un centavo para pagar sus deudas de juego.
El Marqués se hundió en el asiento. No era el padre protector; era un depredador que acababa de darse cuenta de que su presa tenía colmillos.
Regla #2 del Manual: En una habitación llena de lobos, asegúrate de ser la que sabe dónde está guardada la carne.
—No te saldrás con la suya —murmuró—. Nadie te recibirá. Eres una paria.
—Oh, no se preocupe por eso. Ya tengo un aliado en mente. Mañana contactaré con el Conde de Kaelen.
Mi padre soltó una carcajada seca y nerviosa.
—¿Kaelen? ¿El monstruo de las fronteras? Dicen que su magia está tan corrompida que las plantas mueren a su paso. Está ciego y desterrado.
—Exactamente. Un hombre que no tiene nada que perder es el único que no temerá enfrentarse al Duque por mí.
El carruaje se detuvo frente a la mansión Valeska. Al bajar, noté algo extraño. No había guardias en la puerta principal. Las luces del vestíbulo estaban apagadas, salvo por una única vela que parpadeaba sobre la mesa de la entrada.
Entré sola, dejando a mi padre maldiciendo en el carruaje.
En la penumbra del recibidor, sentado en uno de los sillones de terciopelo, había un hombre. No era el Conde de Kaelen. Tampoco era ninguno de mis sirvientes. Llevaba el uniforme de la Guardia de Élite del Duque, pero la capa estaba manchada de barro y su espada, desenvainada, descansaba sobre sus rodillas.
Era el Capitán Julian, el hombre que, en mi ejecución, fue el encargado de dar la orden al verdugo.
—Lady Elara —su voz era profunda y arrastraba un cansancio mortal—. He venido antes de lo previsto. Parece que usted y yo tenemos un problema en común: el Duque ha ordenado que ninguno de los dos vea el amanecer.