La luz de la vela oscilaba, proyectando la sombra de Julian contra las paredes del vestíbulo como si fuera un gigante dispuesto a devorarme. En mi vida pasada, esa misma sombra fue lo último que vi antes de que la oscuridad lo cubriera todo.
Di un paso hacia adelante, no por valentía, sino porque mis piernas se movían por puro instinto de supervivencia.
—Capitán Julian —dije, y mi voz no tembló, lo cual fue un pequeño milagro—. Es un poco tarde para una visita oficial, ¿no cree? Y un poco temprano para que su espada esté fuera de la vaina.
Julian levantó la vista. Tenía el cabello oscuro revuelto y una mancha de sangre, que esperaba que no fuera suya, le cruzaba el pómulo. No me miraba con el odio frío de Sebastian, sino con una confusión que rayaba en la desesperación.
—Lady Sarah no es lo que parece, Elara —soltó él, sin preámbulos—. El Duque... él ha perdido el juicio. Esta noche, tras su partida, dio la orden de eliminar cualquier rastro de su compromiso. No solo a usted. También a quienes sabíamos demasiado sobre los términos del acuerdo secreto entre su padre y la corona.
Me detuve a dos metros de él. En la novela original, Julian era un perro fiel. ¿Qué había cambiado? ¿Acaso mis palabras en el salón de baile habían alterado el comportamiento de Sebastian de forma tan drástica?
—¿Y por qué venir a mí? —pregunté, cruzando los brazos—. Usted es quien debería estar afilando el hacha para mi cuello, no advirtiéndome.
Julian soltó una risa amarga y se puso en pie con un quejido sordo. Su hombro izquierdo estaba herido.
—Porque usted sonrió —dijo, dando un paso hacia la luz—. En el salón, cuando él la humilló, usted no lloró. Sus ojos... se veían como los de alguien que ya ha visto el final del camino y ha decidido volver. Pensé que, si alguien tenía un plan para salir de este reino con vida, sería la mujer que se atrevió a llamar idiota al futuro Emperador.
Regla #3 del Manual: Si el hombre encargado de matarte te ofrece su espada, tómala. Pero asegúrate de que él no sea el único que sepa cómo usarla.
—Tengo un plan, Capitán —respondí, bajando la voz—. Pero no incluye quedarme en esta mansión a esperar a que los asesinos de Sebastian terminen el trabajo que usted no quiso hacer.
—Vienen hacia aquí —advirtió él, envainando su arma con esfuerzo—. Un escuadrón de la sombra. No buscan un arresto, buscan un incendio. Quieren que la "villana" muera en un trágico accidente doméstico antes del amanecer.
Un estruendo en la parte trasera de la casa confirmó sus palabras. El olor a aceite quemado empezó a filtrarse por debajo de las puertas de madera. Mi padre, el Marqués, seguía fuera, probablemente lamentando su suerte en algún callejón, pero mis sirvientes... ellos no tenían la culpa de mi papel en esta historia.
—Hay un pasadizo en la biblioteca que conecta con las caballerizas —dije, tomando la vela—. Si me ayuda a sacar a mi doncella y al personal de cocina, le daré un lugar donde esconderse que ni siquiera el Duque se atrevería a registrar.
Julian me miró con escepticismo.
—¿Y qué lugar es ese?
—La frontera del norte. El territorio del Conde de Kaelen.
El Capitán palideció.
—Eso es un suicidio, Milady. Kaelen es un cementerio de magia.
—Prefiero un cementerio de magia a una pira funeraria en mi propio hogar. Ahora, muévase. Tenemos exactamente diez minutos antes de que este "manual" se convierta en cenizas.