Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 3 —El peso de los secretos

El aire en la biblioteca ya era irrespirable. El humo negro se arrastraba por el techo como un depredador hambriento. Julian se tambaleó, su herida en el hombro sangraba con más fuerza debido al esfuerzo, pero no soltó su espada.

​—¡Elara, muévase! —rugió, su voz áspera por el humo—. El techo no tardará en colapsar.

​—Un minuto —respondí, ignorando el calor que ya empezaba a chamuscar los bordes de mi vestido de seda.

​No me dirigí a las joyas. Las joyas eran pesadas, difíciles de vender y llamativas. En su lugar, corrí hacia el escritorio de mi padre y, con la ayuda de un abrecartas, forcé el compartimento secreto que solo yo —gracias a los capítulos finales de la novela— sabía que existía.

​Saqué un fajo de letras de cambio selladas por el Banco Imperial y el contrato original de la dote de mi madre. Poder y dinero. Sin eso, solo sería una prófuga; con eso, era una jugadora.

​—¡Ahora! —grité, corriendo hacia la estantería de los clásicos de historia.

​Tiré del tomo de La Caída de la Dinastía Solari y una parte de la pared chirrió, abriéndose apenas lo suficiente para que pasáramos. Julian me empujó dentro y cerró la pesada puerta de madera justo cuando una viga en llamas caía sobre el escritorio que yo acababa de abandonar.

​El pasadizo era estrecho, frío y olía a humedad y tierra. La única luz provenía de la pequeña vela que yo protegía con la palma de la mano.

​—¿Por qué me ayuda, Julian? —pregunté sin dejar de avanzar. El espacio era tan reducido que su pecho rozaba mi espalda en cada paso. Podía sentir su respiración errática y el calor que emanaba de su cuerpo herido—. Usted me odiaba. Hace apenas unas horas, habría disfrutado verme caer.

​Sentí que se tensaba detrás de mí. Su mano libre se apoyó en la pared, justo al lado de mi cabeza, obligándome a detenerme.

​—No la odiaba, Milady —su voz sonó baja, vibrando en la estrechez del túnel—. La despreciaba porque era previsible. Una niña rica haciendo berrinches por un hombre que no la quería. Pero la mujer que hoy se burló de la muerte... —hizo una pausa y sentí su mirada clavada en mi nuca—, a esa mujer no la conozco. Y prefiero descubrir quién es antes de dejar que la quemen viva.

​La tensión en el pasadizo cambió. Ya no era solo el miedo a los asesinos de Sebastian; era algo más eléctrico, una proximidad forzada que hacía que el aire se sintiera más pesado que el humo.

​—Entonces manténgase con vida, Capitán —respondí, dándome la vuelta para enfrentarlo. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban—. Porque el camino al Norte es largo, y no pienso cargar con su cadáver.

​Salimos a las caballerizas justo cuando el resplandor naranja del incendio iluminaba el cielo nocturno. Mi doncella, asustada pero ilesa, ya había preparado dos caballos por orden previa mía (otro beneficio de saber que la casa ardería esa noche).

​—¿Al Norte, entonces? —preguntó Julian, montando con dificultad.

​—Al Norte —confirmé, mirando por última vez la mansión de mi infancia devorada por las llamas—. Es hora de conocer al hombre que todos llaman monstruo. Si el Manual de Supervivencia dice que debo aliarme con el diablo para vencer a un ángel caído, que así sea.




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