Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 4 —Donde la magia muere

Cabalgar hacia el Norte no es solo alejarse de la capital; es sentir cómo la vida misma se va desvaneciendo.

​A medida que cruzábamos la frontera de las Tierras Sombrías, el paisaje cambiaba drásticamente. Los árboles ya no tenían hojas, sino ramas negras que parecían garras intentando atrapar el cielo gris. El silencio era absoluto. No había pájaros, ni grillos. Solo el sonido de los cascos de nuestros caballos sobre la tierra endurecida por una escarcha que nunca se derretía.

​Julian apenas se mantenía en la silla. Su rostro estaba más blanco que la nieve que empezaba a caer.

​—Elara... —su voz era un hilo—, deténgase. Siento... siento que algo me arranca el aliento.

​Me detuve y lo miré. Él, como caballero del Imperio, dependía de la "Bendición de la Luz" que el Emperador otorgaba a sus tropas. Pero aquí, en el dominio de Kaelen, esa magia no existía. El Norte era un vacío; una zona de anulación donde cualquier poder que no fuera puro se marchitaba.

Regla #5 del Manual: No todos los monstruos viven en la oscuridad. Algunos simplemente viven donde la luz no se atreve a entrar.

​—Es la barrera, Julian. Su magia imperial se está apagando. Solo los que no tienen nada que ocultar —o los que ya están rotos— pueden cruzar sin dolor.

​Lo ayudé a bajar del caballo. Estábamos frente a un castillo que parecía tallado en un solo bloque de obsidiana. No había estandartes, ni guardias en las murallas. Solo una puerta inmensa de hierro frío que se abrió antes de que pudiéramos llamar.

​—Bienvenidos a la tumba del Reino —dijo una voz que no venía de ninguna parte y de todas a la vez.

​Un grupo de figuras encapuchadas apareció entre la niebla. No tenían rostros, solo máscaras de plata lisa. Nos rodearon en silencio, apuntándonos no con espadas, sino con báculos de madera muerta.

​—Traigo un mensaje para el Conde de Kaelen —dije, dando un paso al frente y dejando a Julian apoyado en una roca—. Soy Elara Valeska.

​—Sabemos quién eres, Villana —dijo uno de los enmascarados—. El viento trae el olor a ceniza de tu casa. Pero aquí, tu linaje no vale nada. El Conde no recibe a parias de la capital.

​—Díganle —continué, bajando el tono para que solo ellos pudieran oírme— que traigo conmigo la Llave del Abismo. El objeto que Sebastian le robó hace diez años y que él cree perdido para siempre.

​Los enmascarados se tensaron. Hubo un murmullo entre ellos hasta que la puerta de hierro terminó de abrirse por completo, revelando un salón inmenso donde la luz de las velas era de un azul pálido y fantasmal.

El encuentro: El Conde de las Sombras

​Al final del salón, sentado en un trono que parecía hecho de raíces petrificadas, estaba él.

​Kaelen.

​En el libro, se decía que era un hombre deforme por la maldición. Pero la realidad era mucho más peligrosa. Era joven, de una belleza gélida y afilada. Su cabello era blanco como la escarcha y una venda de seda negra cubría sus ojos, pero eso no le impedía "mirar" directamente hacia donde yo estaba.

​—Lady Elara —su voz era como el cristal rompiéndose—. Ha viajado mucho para entregarme una mentira. La Llave del Abismo fue destruida.

​Se puso en pie y, a pesar de su supuesta ceguera, caminó hacia mí con una gracia depredadora. Se detuvo a escasos centímetros de mi rostro. Pude oler el aroma a ozono y a tormenta que desprendía su piel.

​—¿Por qué debería dejarla vivir un segundo más? —preguntó, inclinando la cabeza—. En mi mundo, las flores de invernadero como usted solo sirven para alimentar a los cuervos.

​Le sostuve la mirada a la venda negra. Sabía, por la novela, que él no era ciego en el sentido físico; él veía las almas, las intenciones y el rastro de la muerte.

​—Porque yo ya soy un cuervo, Conde —respondí, sonriendo—. Y he venido a ofrecerle el cuello de la persona que nos condenó a ambos. ¿Prefiere seguir pudriéndose en este castillo o quiere ver arder la capital conmigo?

​Kaelen extendió una mano y, con sus dedos fríos como el hielo, recorrió el contorno de mi cuello, justo donde el verdugo habría puesto el hacha.

​—Tiene un alma muy ruidosa, Milady. Grita venganza. Me gusta.




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