El Castillo de Obsidiana no solo era una fortaleza; era un organismo vivo que parecía alimentarse del frío. Mi habitación, aunque lujosa, se sentía como una jaula de plata. Me miré al espejo, tratando de reconocer a la mujer que me devolvía la mirada. Mi vestido de seda, una vez de un azul vibrante, ahora estaba manchado de hollín y desgarrado en el dobladillo, pero mis ojos... mis ojos tenían una chispa de malicia que la verdadera Elara jamás habría poseído. Ella era una marioneta; yo era quien sostenía las cuerdas ahora.
Regla #7 del Manual: Si te invitan a la mesa del diablo, no te sientes a esperar que te sirvan. Asegúrate de ser el comensal que sabe exactamente qué veneno hay en cada copa.
Un criado enmascarado, cuya máscara de plata no tenía ranuras para los ojos, me escoltó por pasillos donde las sombras parecían apartarse a mi paso. El comedor privado de Kaelen era una estancia circular, despojada de la opulencia vulgar de la capital. Aquí no había tapices de oro ni candelabros de cristal; solo una mesa de piedra negra pulida y el rugido sordo de una chimenea que emitía llamas de un azul espectral.
Kaelen ya estaba allí. No vestía su armadura de viaje, sino una camisa de seda negra desabrochada, revelando runas que subían por su cuello como venas de tinta quemada. No levantó la cabeza cuando entré. Estaba cortando un trozo de carne con una precisión que resultaba perturbadora para alguien que llevaba los ojos vendados.
—Llegas tres minutos tarde, Lady Elara —dijo él, y su voz resonó en la piedra como el filo de una espada—. En el Norte, el tiempo es lo único que nos pertenece antes de que el frío se lo lleve todo. Siéntate.
Me senté frente a él, manteniendo la espalda recta. Ante mí había una copa de vino tan oscuro que parecía tinta y frutas de piel pálida que jamás había visto en el sur.
—Espero que el Capitán Julian esté recibiendo un trato similar —dije, dejando que mi voz sonara clara y sin rastro de temor—. No me gustaría pensar que mi aliado está pasando hambre mientras nosotros jugamos a las visitas sociales.
Kaelen dejó el cuchillo sobre la mesa con un clic metálico que me hizo tensar los hombros.
—Tu caballero está siendo atendido por mis sanadores —respondió, y por primera vez se inclinó hacia la luz de las llamas azules—. Me resulta fascinante tu preocupación por él. Según los informes que llegaban del Imperio, Lady Elara Valeska trataba a su guardia personal como muebles desechables. Se dice que una vez hiciste azotar a un mozo de cuadras solo porque tu caballo tenía una mota de polvo en la crin.
Le sostuve la "mirada" a su venda negra, manteniendo la copa de vino entre mis dedos.
—En la capital se dicen muchas cosas, Conde. También dicen que usted devora el alma de las mujeres que se pierden en la nieve, y aquí estoy, entera. O quizás —añadí con un tono mordaz— es que mi alma no es de su agrado.
Kaelen soltó una carcajada ronca, un sonido que no tenía nada de calidez. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, rompiendo esa barrera de seguridad que nos separaba.
—Tu alma... —susurró, y el aire a mi alrededor pareció volverse más denso—. Esa es la cuestión, ¿verdad? No puedo dejar de olerla. Las almas de la gente de la capital suelen oler a miedo, a envidia o a una ambición barata. Pero la tuya...
Extendió una mano sobre la mesa. No me tocó, pero sentí una presión invisible, un calor gélido que emanaba de sus dedos.
—La tuya tiene el aroma de algo que ya ha sido consumido por el fuego y ha decidido volver de entre las cenizas. Es fría, analítica y extrañamente... antigua. Es como si la mujer que todos conocían hubiera muerto en aquel salón de baile y algo más hubiera tomado su lugar. Algo que no pertenece a este libro, ni a este mundo.
El corazón me dio un vuelco. Por un segundo, el pánico me cerró la garganta. ¿Podía verlo? ¿Podía sentir que yo era una usurpadora de otro universo?
—Todos morimos un poco cuando nos traicionan, Kaelen —respondí, recuperando mi máscara de frialdad y dando un sorbo al vino, que sabía a moras y especias prohibidas—. Lo que usted percibe es simplemente el resultado de una educación acelerada por el dolor. Me cortaron el cuello en mis sueños, Conde. No esperará que regrese siendo la misma niña tonta que lloraba por un vestido.
Kaelen se quedó inmóvil, evaluando mi respuesta. Sus labios se curvaron en una sonrisa depredadora.
—Una mentira magníficamente ejecutada. Casi me convences —dijo él—. Tienes dos días más para demostrarme que eres la Llave que necesito. Mañana, al amanecer, quiero el primer fragmento de la canción. Si no... dejaré de ser un anfitrión paciente. Y créeme, Elara, lo que hay detrás de esta venda no es algo que quieras ver cuando pierdo los estribos.
Se puso en pie con una gracia letal y desapareció entre las sombras del comedor antes de que pudiera responder, dejándome sola con el fuego azul y el eco de su amenaza.