Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 7 — Los ojos del abismo

El silencio del Castillo de Obsidiana era tan denso que podía oír el roce de mi propia respiración. Kaelen se había marchado, pero su presencia seguía impregnando el aire, como el ozono antes de una tormenta.

​Me negaba a dormir. En mi habitación, el fuego azul seguía bailando sin emitir calor. Me acerqué a la pequeña estantería que decoraba el rincón y encontré un libro de lomos gastados: "Crónicas del Linaje Proscrito". Según la novela original, este libro era una pieza de lore que la protagonista ignoraba, pero para una villana que busca sobrevivir, era el mapa del tesoro.

​Mientras pasaba las páginas, las piezas del rompecabezas de Kaelen empezaron a encajar.

¿Quién lo confino y por qué?

​No fue el Duque Sebastian quien lo envió aquí, sino el Emperador anterior, el padre de Sebastian. Kaelen no era un simple noble; era el hijo de la rama secundaria de la familia imperial. Poseía una magia "primordial", una fuerza capaz de controlar las sombras y ver el tejido del destino.

​El Emperador, temiendo que Kaelen reclamara el trono con su poder, lo acusó de hechicería prohibida. Lo confinó en el Norte, bajo una maldición de "Anulación de Luz". El castillo de obsidiana no es su hogar; es su jaula. Si cruza la frontera del Sur, la maldición consumirá su corazón.

¿Por qué está "ciego"?

​Aquí está el giro que ni siquiera el libro explicaba con claridad: Kaelen no nació ciego. Sus ojos eran de un color violeta tan intenso que decían que podías ver las estrellas en ellos.

​Cuando fue desterrado, el Emperador le ofreció una opción: morir o ser sellado. Kaelen eligió vivir, pero el precio fue su vista física. La venda negra no es para protegerlo a él, sino para proteger al mundo. Sus ojos ahora son portales al "Abismo". Si alguien mira directamente a sus ojos sin protección, su alma es arrastrada a una oscuridad eterna. Él "ve", pero solo ve la esencia de las cosas, las intenciones y la magia. Para Kaelen, el mundo físico de colores y formas dejó de existir hace diez años.

¿Alguna vez amó a alguien?

​Mientras leía, encontré una nota doblada, amarillenta por el tiempo, escondida entre las páginas del libro. Era un boceto a lápiz de una mujer joven, de rasgos suaves, muy diferente a mi apariencia afilada de villana.

​Su nombre era Isolda. Fue su prometida antes del destierro. Pero cuando Kaelen fue acusado, ella no luchó por él. De hecho, fue el testimonio de Isolda el que selló su destino. Ella declaró que él la había "encantado" con magia oscura para obligarla a amarlo.

​Kaelen no solo fue traicionado por su familia, sino por la única persona en la que confiaba. Por eso me mira con tanto escepticismo; para él, una mujer hermosa es sinónimo de una traición inminente.

Dejé el libro sobre la cama y me levanté. La curiosidad me quemaba más que el frío. Salí al pasillo y caminé hacia el ala oeste, donde se encontraba el estudio privado del Conde.

​Al llegar, la puerta estaba entornada. Kaelen estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí. No llevaba la venda.

​Me quedé petrificada. Desde mi posición, solo veía su perfil. Su rostro, sin la seda negra, se veía vulnerable, casi humano. Sus párpados estaban cerrados, pero sus pestañas blancas temblaban como si estuviera teniendo una pesadilla despierto.

​—Es de mala educación entrar en la jaula de un león sin avisar, Elara —dijo él, sin darse la vuelta. Su voz era un susurro ronco que me heló la sangre.

​—¿Cómo sabe que soy yo? —pregunté, dando un paso hacia el interior.

​—Tu alma huele a humo de rosas y a secretos mal guardados —se dio la vuelta lentamente, pero mantuvo los ojos cerrados—. ¿Has venido a preguntarme si realmente soy el monstruo de las historias o si hay algo de hombre que todavía queda en mí?

​—He venido a saber por qué un hombre con tanto poder permite que un trozo de seda le dicte su vida —respondí, desafiante.

​Kaelen soltó una risa amarga y dio un paso hacia mí, con las manos detrás de la espalda.

​—¿Quieres verlo, Villana? ¿Quieres ver lo que Sebastian y su padre me hicieron? —Se llevó la mano a los párpados, amenazando con abrirlos—. Pero ten cuidado. Una vez que miras al abismo, el abismo nunca deja de mirarte a ti.

El silencio en el estudio se volvió tan pesado que sentí que mis pulmones luchaban por expandirse. Kaelen estaba allí, con la mano cerca de su rostro, desafiándome con una intensidad que vibraba en el aire gélido.

​—¿Realmente quieres saber qué hay detrás de la seda, Elara? —su voz era una advertencia envuelta en terciopelo—. La curiosidad mató a la gata, pero en este castillo, la curiosidad te condena a una eternidad de nada.

​—He muerto una vez, Kaelen —respondí, dando un paso firme hacia él, acortando la distancia hasta que solo un par de palmos nos separaban—. El miedo a la oscuridad murió conmigo en aquel salón de baile. Ábrelos. Muéstrame qué es lo que tanto teme el Emperador.

​Kaelen tensó la mandíbula. En un movimiento brusco, dio un paso hacia atrás.

​El efecto fue instantáneo.

​Las llamas azules de la chimenea se apagaron de golpe, succionadas por una fuerza invisible. El aire se volvió tan frío que mi aliento se congeló en cristales antes de salir de mis labios. Sentí un tirón violento en mi pecho, como si una mano invisible intentara arrancarme el corazón.




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