El silencio que siguió al estallido de magia era ensordecedor. Kaelen seguía apoyado en mí, con su frente presionando mi hombro y su respiración agitada quemándome el cuello. Podía sentir el temblor de sus manos, que aún no se atrevían a tocarme, como si temiera que yo fuera un espejismo que se desvanecería al menor contacto.
—Deberías haber huido —susurró él, y su voz era una caricia áspera contra mi piel—. Deberías estar muerta, o loca, o a kilómetros de este castillo.
—Ya te lo dije, Kaelen —respondí, mi propia voz cargada de una audacia que no sabía que poseía—. Soy una villana. Y las villanas nunca hacen lo que se espera de ellas.
Me separé apenas unos centímetros, lo suficiente para obligarlo a levantar la cabeza. Él mantenía los ojos cerrados, pero no se había vuelto a poner la venda. Sin la seda negra, su rostro era una obra maestra de tragedia y poder: las pestañas blancas proyectaban sombras sobre sus pómulos afilados y sus labios estaban entreabiertos, buscando aire.
No lo pensé. No había tiempo para el "Manual" ni para estrategias. En este mundo de sombras y traiciones, lo único real era el calor que emanaba de él en medio de este desierto de hielo.
Puse mis manos a ambos lados de su rostro, hundiendo mis dedos en su cabello frío como la nieve, y lo atraje hacia mí.
Cuando nuestros labios se encontraron, no fue un beso suave de cuento de hadas. Fue una colisión.
El sabor de Kaelen era como el de una tormenta de invierno: frío, eléctrico y con un trasfondo de metal y oscuridad. Pero bajo ese hielo, había un fuego desesperado, un hambre acumulada durante diez años de soledad absoluta. Su respuesta fue inmediata; sus manos finalmente se cerraron sobre mi cintura con una fuerza que me dejó sin aliento, pegándome a su cuerpo como si quisiera fundirse conmigo.
Solté un gemido contenido cuando su lengua reclamó la mía, y por un instante, sentí un eco de su poder. No era el vacío que destruía, sino una conexión cruda que me mostraba destellos de su dolor: la frialdad de la celda, el sabor de la traición de Isolda, y la oscuridad infinita de sus ojos.
Kaelen me besaba como si yo fuera el único punto de luz en su universo, como si a través de mis labios pudiera volver a ver el color del mundo.
Nos separamos apenas un milímetro, jadeando, con nuestras frentes unidas. El aire entre nosotros chispeaba.
—Si esto es una trampa, Elara —gruñó él contra mis labios, con una intensidad que me hizo temblar las rodillas—, juro que dejaré que el abismo me consuma solo para asegurarme de que tú te vayas conmigo.
—Entonces no dejes de besarme —respondí, rodeando su cuello con mis brazos y volviendo a buscar su boca—. Porque si vamos a caer, prefiero que sea así.
Todavía sentía el sabor de Kaelen en mis labios cuando un golpe seco en la puerta del estudio rompió la burbuja de oscuridad y deseo que nos rodeaba.
Kaelen se separó de mí con una lentitud tortuosa, recuperando su máscara de frialdad en un parpadeo. Se puso la venda de seda negra con manos firmes, ocultando de nuevo ese abismo violeta que casi me consume.
—Adelante —ordenó, su voz volviendo a ser el acero que corta el hielo.
Era Julian. Se veía mejor, gracias a la magia de sanación de Kaelen, pero sus ojos estaban llenos de una urgencia que me puso los vellos de punta. Miró a Kaelen con desconfianza y luego se fijó en mí.
—Milady... el horizonte —dijo Julian, señalando hacia el sur a través del gran ventanal.
Me acerqué al vidrio frío. A lo lejos, donde las Tierras Sombrías se encontraban con las praderas del Imperio, no había oscuridad. Había una línea de fuego blanco. Cientos de jinetes portando estandartes bendecidos con magia de luz, avanzando como una marea de estrellas caídas.
—Inquisidores —susurró Kaelen, aunque no podía verlos. Podía sentirlos—. La magia de Sebastián es ruidosa y arrogante. Cree que puede iluminar mi reino con sus antorchas de santidad.
—Vienen por usted, Elara —dijo Julian, dando un paso hacia mí—. El Duque ha declarado que usted ha secuestrado al Capitán de su guardia y que ha usado magia negra para seducir al Conde de Kaelen. Ha pedido una "Cruzada de Purificación".
Me eché a reír, una risa amarga que resonó en el estudio de obsidiana.
—¿Seducirte, Kaelen? —miré al Conde, quien permanecía inmóvil frente a la ventana—. Parece que Sebastián te tiene más miedo del que admite si necesita enviar a todo un ejército para "rescatarme" de tus garras.
Regla #8 del Manual: Si te acusan de ser un monstruo, asegúrate de ser el monstruo más grande de la habitación. No te defiendas; dales una razón para tener pesadillas.
Kaelen se giró hacia nosotros. El aire a su alrededor empezó a vibrar.
—Sebastián no viene a rescatarte, Elara. Viene a terminar el trabajo que empezó en tu mansión. Sabe que si logras despertar mi poder, el Imperio de Luz se convertirá en un desierto de sombras en una sola noche.
Kaelen caminó hacia mí y, frente a la mirada atónita de Julian, tomó mi mano.
—Dime, Villana... ¿Estás lista para que el mundo vea por qué nos llaman los proscritos? Porque a partir de hoy, ya no estamos huyendo. A partir de hoy, estamos cazando.