La línea de fuego blanco en el horizonte seguía avanzando, recortándose contra las cenizas del Norte. Julian mantenía la mano en el pomo de su espada, con el rostro tenso, esperando el impacto de la Cruzada de Purificación que Sebastián había anunciado.
Sin embargo, miré a Kaelen y noté que su expresión bajo la venda de seda negra no era de temor, sino de un profundo aburrimiento aristocrático.
—Sebastián es tan ruidoso —murmuró el Conde, cruzando los brazos—. Piensa que enviar a sus hombres con armaduras bendecidas me hará temblar. No vienen a pelear, Elara. Si quisieran una guerra, habrían enviado dragones, no jinetes de protocolo.
—Tiene razón —dijo Julian, agudizando la vista desde el ventanal—. No despliegan armas de asedio. Es una comitiva de confiscación y arresto. Sebastián ha emitido un edicto imperial: te ha declarado paria, ha confiscado los bienes remanentes de la casa Valeska y viene a reclamar tu dote bajo la excusa de que "escapaste con magia negra".
Una sonrisa lenta, afilada y cargada de veneno se dibujó en mis labios. Sebastián pensaba que me había dejado desamparada, acorralada en el frío. No tenía idea de que me había entregado la excusa perfecta en bandeja de plata.
Regla #9 del Manual: Si el enemigo te envía lobos para quitarte el pan, asegúrate de usar sus pieles como abrigos para el invierno. No huyas de la comitiva; conviértela en tu carruaje de regreso.
—Él quiere mi dote —dije, sacando el fajo de letras de cambio y contratos que había rescatado del incendio—. Pero todo el oro ya está conmigo. Es hora de usar la Llave, Kaelen. Esos hombres no vienen a destruir el castillo, vienen a sellar la frontera para que yo no pueda volver a la capital. Pero se les ha olvidado que tú vienes conmigo.
Kaelen se giró hacia mí, intrigado.
—¿Cómo pretendes burlar a toda una comitiva imperial en la frontera, Elara? El sello real consumirá mi corazón si doy un solo paso fuera de las Tierras Sombrías.
—Porque el sello se alimenta de tu aislamiento, pero mi mente tiene la respuesta —me acerqué a él, acortando la distancia hasta que su aroma a ozono me llenó los sentidos. Puse una mano en su pecho, justo donde la maldición presionaba—. La canción de cuna de mi madre... la que Sebastián intentó arrancarme en los calabozos de mi otra vida, contiene la frecuencia exacta para adormecer ese sello. No lo romperá del todo, pero lo agrietará lo suficiente para que puedas respirar fuera de aquí.
Acerqué mis labios a su oído y, bajo la mirada atónita de Julian, le susurré la primera estrofa de la melodía.
El efecto fue inmediato. Una pulsación de energía dorada y violeta vibró entre nuestros cuerpos. Kaelen soltó un suspiro ahogado y sus hombros se relajaron; por primera vez en diez años, el frío asfixiante que oprimía su pecho disminuyó. Su magia de sombras ya no estaba encadenada.
—Usaremos mi dote para sobornar al comandante de esa comitiva —continué, mirando de reojo a Julian—. Los hombres de Sebastián son codiciosos. Les daremos el oro suficiente para que miren a otro lado mientras cruzamos, y usaremos sus propios carruajes de lujo oficiales para bajar al Sur.
Kaelen tomó mi barbilla con una lentitud que me aceleró el pulso, y su sonrisa letal y perversamente atractiva volvió a aparecer.
—¿Me estás diciendo que entraremos a la capital usando la propia escolta que Sebastián envió para capturarte? —preguntó, fascinado.
—Exactamente. En dos semanas es el Baile de la Luna Llena, su gran fiesta de compromiso con Lady Sarah. Él espera que yo esté muerta de hambre en el Norte. Quiero que nos vea entrar de gala, impecables, y que se dé cuenta de que la mujer que pisoteó ahora camina al lado del hombre más temido del reino. Quiero ver cómo se le cae la copa de la mano de los puros celos, Kaelen.
Kaelen soltó una carcajada baja y oscura que reverberó en las paredes de obsidiana.
—Un juego de celos, orgullo y poder... Me gusta tu mente, Villana. Prepárate, Julian. Vamos a confiscar la comitiva del futuro Emperador y a darle la peor noche de su vida.