Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 10 —El precio del humo

La supuesta "Cruzada de Purificación" que veíamos en el horizonte resultó ser lo que Kaelen ya predecía: un movimiento burocrático y arrogante de la capital. No venían a derribar el castillo; venían a saquearme.

​Sir Roderick, el comandante de la comitiva imperial que Sebastián había enviado, se plantó en el límite de la frontera con un edicto real en la mano y la codicia brillando en los ojos. Exigía mi arresto y la incautación inmediata de la dote de mi madre, declarando que yo era una prófuga en quiebra.

​Pero una villana inteligente no pelea con espadas cuando puede pelear con mentiras.

​—Es una verdadera lástima, Comandante —le dije, dándole el encuentro en la línea de la frontera, arropada en una capa oscura que ocultaba mi silueta—. La mansión Valeska se redujo a cenizas antes de mi partida. Todo se perdió. Las joyas, los pagarés... y la dote de mi madre. Todo se convirtió en humo. Regresará a la capital con las manos vacías.

​Roderick palideció, pero cuando intentó ordenar a sus guardias que me encadenaran, Kaelen dio un paso al frente.

​La venda de seda negra cubría sus ojos, pero la presión de sus sombras fue tan brutal que los báculos de luz de los soldados parpadearon hasta apagarse. Gracias al primer fragmento de la canción de cuna que le había susurrado al oído en el estudio, la maldición de su pecho estaba dormida; su magia fluía libre, gélida y letal.

​—Lady Elara está bajo mi protección —sentenció Kaelen, y su voz hizo temblar la escarcha del suelo—. Si intentas tocarla, te aseguro que tus cenizas harán compañía a las de su dote. Regresa con tu Duque y dile lo que has visto: que el dinero ya no existe y que ella ha huido al Norte con las manos vacías, como una paria.

​Aterrado ante el "monstruo del Norte" y sabiendo que no había dinero que rascar, Roderick no tuvo más remedio que dar la vuelta con sus hombres para llevarle las pésimas noticias a Sebastián. Pensarían que yo estaba derrotada, viviendo de la caridad en un castillo congelado.

Sir Roderick y su comitiva no tardaron en marcharse hacia el Sur, ansiosos por alejarse del frío del Norte y deseando entregar el informe a Sebastián cuanto antes: La dote de la casa Valeska se quemó en el incendio. Lady Elara ha quedado desamparada, en la quiebra absoluta.

​Los vi partir desde la ventana. Sebastián mordería el anzuelo. En su mente, yo ya estaba derrotada.

​Sin embargo, nuestra salida del Norte fue todo lo contrario a una derrota. No viajábamos en un transporte confiscado; viajábamos en una caravana que irradiaba opulencia y misterio. El carruaje principal de Kaelen era una obra maestra de madera de ébano, detalles en plata y terciopelo oscuro, tirado por majestuosos corceles negros del Norte. Detrás de nosotros, custodiados por jinetes leales al Conde, avanzaban tres carruajes más, cargados con cofres pesados llenos de oro negro, metales raros y gemas de sangre extraídas de las minas del Castillo de Obsidiana. Mi dote, rescatada en secreto, era solo una fracción comparada con la inmensa fortuna de Kaelen.

​Julian, aún recuperándose y manteniendo una distancia prudente de la magia del Conde, viajaba en un carruaje aparte, vigilando la retaguardia.

​A medida que avanzábamos hacia la capital, el carruaje principal se convirtió en nuestro centro de estrategia y diseño. Modistas y joyeros secretos, contratados por Kaelen en las paradas de la frontera, subían y bajaban del vehículo, trayendo rollos de seda esmeralda, encajes traídos del extranjero y diamantes negros que brillaban como estrellas atrapadas.

​—Este color resaltará la frialdad de tus ojos, Elara —dijo Kaelen una tarde, deslizando sus dedos enjoyados sobre una tela esmeralda que descansaba en mis piernas—. Te ayudaré a confeccionar la armadura más hermosa que la capital haya visto jamás. Ningún noble podrá quitarte los ojos de encima.

​Sonreí, mirándolo fijamente a su rostro cubierto por la fina seda negra.

​—Agradezco tu ayuda, Conde. Pero para que esta armadura esté completa, necesito que hagas algo más por mí —me incliné hacia él, bajando la voz—. Quiero que te hagas pasar por mi prometido.

​Kaelen frunció el ceño de inmediato. Las sombras a su alrededor se agitaron con sutil desconfianza.

​—¿Tu prometido? —su voz bajó un tono, volviéndose peligrosamente gélida—. Pensé que nuestro trato era para debilitar mi sello y destruir el orgullo de Sebastián. No me gustan las ataduras, Villana. Y menos las que huelen a matrimonio.

​—No es una atadura, Kaelen, es una estrategia de supervivencia —respondí, y por primera vez, una sombra de verdadera seriedad cruzó mi rostro al recordar los detalles del libro original—. Conozco a Sebastián. Sé cómo piensa. Él jamás me amó, pero su ego es tan destructivo que no se conformará con verme en la quiebra.

​Me acomodé en el asiento de terciopelo, sintiendo el frío del recuerdo de la novela original quemándome la mente, suspire y baje la mirada a mis manos, no le diría al Conde que estábamos en una novela y conocia el guión, iba a adornar la verdad

​—La noche que rompió el compromiso, me habló de sus planes, estoy destinada a la peor de las humillaciones. Sebastián planea usar mis artimañas pasadas como excusa para castigarme. Su plan no es dejarme ir; es nombrarme su concubina de bajo nivel. Quiere encerrarme en el Palacio Frío de la capital, despojada de mis títulos, obligada a ver cómo se casa con Lady Sarah mientras yo me muero de hambre y frío en el olvido. Quiere usarme como el ejemplo de lo que le pasa a cualquiera que ose interponerse en su camino.




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