Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 11— La peor noche de su vida

El Salón de la Ópera Imperial brillaba con una opulencia que me revolvía el estómago. Candelabros de cristal, hilos de oro colgando del techo y la crema y nata de la aristocracia vistiendo sus mejores galas. En el extremo más alto del salón, sentada en el trono de oro y obsidiana, se encontraba la Emperatriz Regente Leonor, mi ex suegra. Vestía de terciopelo granate y diamantes, observando la fiesta con ojos de halcón. Ella seguía gobernando el Imperio hasta que su hijo "sentara cabeza" y se casara, el requisito legal indispensable para que la corona pasara formalmente a sus manos.

​En el centro de todas las miradas estaba él: el Gran Duque Heredero Sebastián, el príncipe sin corona. Lucía impecable en su uniforme blanco y plata, con una sonrisa de absoluta suficiencia. A su lado, Lady Sarah parpadeaba con timidez, vistiendo un delicado vestido rosa pastel. Sebastián había acelerado este compromiso con la protagonista precisamente para cumplir la exigencia de su madre, ascender al trono de una vez por todas y arrebatarle la regencia.

​Según los informes falsos de la frontera que le había entregado Sir Roderick, yo venía rezagada, desamparada y en la quiebra absoluta tras el incendio de mi dote. Sebastián creía que me había ganado la partida. En su retorcida mente, esta noche no era solo para celebrar su camino al trono junto a Sarah; era el escenario perfecto para rebajarme a concubina de bajo nivel y enviarme al Palacio Frío como castigo ante toda la corte, demostrando su autoridad ante su madre y los nobles.

​Lo vi avanzar hacia mí a través de la multitud en cuanto crucé la entrada. Yo llevaba puesto un abrigo sencillo sobre los hombros que ocultaba mi verdadero atuendo. Cuando el Gran Duque Heredero me reconoció, una chispa de triunfo cruel brilló en sus ojos. No venía a echarme; venía a regodearse y a ejecutar su trampa.

​Se detuvo a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio personal con una arrogancia asfixiante. Inclinó la cabeza, obligándome a escuchar su voz baja y cargada de falsa lástima.

​—Vaya, Elara... —murmuró Sebastián, mirándome por encima del hombro—. No sabía que las mendigas tenían permitido el acceso a la gala de la corona. Escuché lo de tu mansión. Una verdadera pena lo de tu dote. Si hubieras suplicado perdón aquella noche en el salón de baile, ahora tendrías un lugar digno donde dormir y no tendrías que mendigarle favores a la corona.

​Mantuve mi rostro completamente inexpresivo, lo que pareció desconcertarlo un poco. Sebastián, buscando provocarme a toda costa para que armara el típico escándalo celoso que la "antigua Elara" haría frente a los nobles, tomó a Lady Sarah de la cintura y la atrajo hacia nosotros, pavoneándose.

​—Mira a Sarah —me dijo al oído, con saña—. Ella es pura luz. Es delicada, elegante, todo lo que tú nunca pudiste ser. Esperaba que al menos tuvieras la decencia de llorar por lo que perdiste, pero veo que ni la dote ni el orgullo te quedan.

​Sarah me miró con una mezcla de superioridad y fingida compasión. En la novela original, aquí es donde yo le habría arrojado una copa de vino encima, dándole a Sebastián la excusa perfecta para tacharme de desequilibrada ante la Emperatriz Regente y encerrarme en el Palacio Frío.

​En lugar de eso, di un sorbo pausado a mi copa de champán. Lo miré de arriba abajo, como quien mira un insecto molesto, y esbocé una sonrisa fría, sofisticada y letal.

​—El blanco te hace ver un poco pálido, Sebastián. Deberías revisar tus colores antes de tu coronación —dije en un tono perfectamente audible para los nobles de alrededor—. Con su permiso.

​Me di la vuelta, ignorándolo olímpicamente. Dejé al Gran Duque Heredero con la palabra en la boca, sintiendo cómo su rostro se tornando de un rojo violento por la humillación de ser tratado como si fuera invisible frente a sus propios cortesanos y bajo la mirada atenta de su madre desde el trono.

​Pero el verdadero golpe apenas comenzaba.

​Me desabroché el abrigo sencillo y lo dejé caer con indolencia en manos de un sirviente, revelando el espectacular vestido de gala de seda color esmeralda oscuro confeccionado en el carruaje, con un corsé de encaje negro y diamantes oscuros del Norte adornando mi cuello. En ese mismo instante, las inmensas puertas del salón se abrieron de par en par por segunda vez.

​Las conversaciones se detuvieron en seco. Las orquestas dejaron de tocar. Hasta la Emperatriz Regente Leonor se inclinó hacia adelante en su trono, entrecerrando los ojos.

​Caminando con una gracia depredadora e imperial, entró él. Kaelen.

​Vestía un traje de gala negro que hacía juego con la noche, bordado con hilos de plata que brillaban con una riqueza que dejaba en ridículo el uniforme de Sebastián. Su cabello blanco caía impecable sobre sus hombros, y la fina venda de seda negra sobre sus ojos solo acentuaba el misterio prohibido de su inigualable belleza. Detrás de él, varios sirvientes reales cargaban con sutiles, pero pesados cofres con el blasón del Norte, un recordatorio silencioso de la fortuna que el Imperio creía confiscada.

​Los murmullos de las mujeres estallaron como un polvorín por todo el salón:

¿Es el Conde Kaelen? Por los dioses, es bellísimo...

Jamás había visto a un hombre tan imponente y elegante... eclipsa por completo al Gran Duque Heredero.




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