Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 12 —El peso del oro y las sombras.

Sebastián seguía de pie frente a mí, con los puños temblando y la mirada fija en la mano de Kaelen, que permanecía firmemente asentada en mi cintura.

​—Elara... —siseó el Gran Duque Heredero, ignorando los murmullos de la corte—. Necesito hablar contigo. A solas. Ahora mismo.

​Antes de que yo pudiera responder, Kaelen dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre Sebastián y yo. Su imponente figura eclipsó la luz de los candelabros, proyectando una sombra alargada sobre el uniforme blanco del príncipe sin corona.

​—El Gran Duque Heredero parece haber olvidado sus modales en ausencia de su padre —la voz de Kaelen era un susurro gélido que silenció a los nobles más cercanos—. Mi prometida no tiene nada que hablar a solas con un hombre que acaba de sellar su propio compromiso.

​Kaelen ni siquiera esperó la respuesta de Sebastián. Hizo una sutil señal con la mano de sus anillos de plata, y los sirvientes del Norte avanzaron, pasando de largo junto al estupefacto Sebastián, directo hacia las escalinatas del trono imperial.

​La Emperatriz Regente Leonor enderezó la espalda, sus ojos de halcón fijos en los pesados baúles de obsidiana que los sirvientes colocaron a sus pies.

​—Tía Leonor —la voz de Kaelen resonó con una elocuencia perfecta, usando el título familiar que recordó a todos su derecho de sangre—. He venido desde el frío no solo a presentar a mi futura esposa, sino a entregar personalmente los tributos del Norte que el Imperio tanto reclama. Oro negro y gemas de las minas de obsidiana, limpios de la corrupción de la capital.

​Los sirvientes abrieron los cofres de golpe. El resplandor del metal precioso y las gemas oscuras iluminó el rostro de la Emperatriz, quien no pudo evitar una sonrisa de fría satisfacción. Kaelen acababa de abofetear el orgullo de Sebastián frente a su madre: el Norte no estaba de rodillas; el Norte estaba pagando sus deudas con desdén, demostrando que la maldición ya no los contenía.

​A lo lejos, entre la multitud, divisé a mi padre. El Marqués Valeska estaba pálido como un cadáver, ocultándose detrás de un pilar, con una copa temblando en su mano. Me miraba como si hubiera visto a un fantasma. Le dediqué una sonrisa ladina y un sutil brindis con mi copa de champán. El viejo cobarde casi se ahoga con su propia saliva.

​—Eres un demonio, Elara —susurró Kaelen cerca de mi oído mientras nos alejábamos del estrado, permitiendo que la música de la orquesta reanudara su ritmo, aunque el ambiente seguía tenso.

​—Soy una villana, Conde. Hay una diferencia —respondí, guiándolo hacia los ventanales de la terraza—. ¿Cómo te sientes? El sello...

​Kaelen se tensó levemente, deteniéndose bajo la luz de la luna. Se llevó una mano al pecho, donde el Sello Imperial intentaba cerrarse en torno a su corazón, pero la magia del primer verso de mi canción lo mantenía flotando en un letargo.

​—Está controlado —murmuró, y de repente, sus pestañas blancas temblaron bajo la venda de seda negra—. Pero hay algo más... Tu canción, Elara. No solo duerme el sello.

​Kaelen se inclinó hacia mí. Por un segundo, la seda negra de su venda pareció volverse translúcida debido a una chispa de fuego violeta que brilló en sus cuencas. Su respiración se aceleró.

​—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un vuelco en el corazón.

​—Puedo... puedo ver el contorno de tu rostro —susurró, con una fascinación genuina y ronca en su voz, mientras sus dedos enjoyados rozaban la línea de mi pómulo—. Ya no eres solo una silueta de humo de rosas y luz dorada en mi mente. Puedo ver la curva de tus labios, la nitidez de tu piel... Eres... eres destructivamente hermosa, Elara. El libro no le hacía justicia a la letalidad de tus facciones.

​Mis mejillas se calentaron bajo su tacto, pero antes de que pudiera responder a la cruda honestidad de sus palabras, unos pasos ligeros y el crujido de un vestido de seda cara interrumpieron nuestro espacio.

​—¿Kaelen...? —una voz suave, temblorosa y cargada de un dramatismo ensayado resonó a nuestras espaldas.

​Me giré lentamente. Allí estaba ella. Isolda.

​La mujer que lo había traicionado hacía diez años, declarando ante el tribunal que Kaelen la había hechizado con magia oscura para forzarla a amarlo. Vestía un elegante traje azul celeste y sus ojos estaban llenos de lágrimas de cocodrilo mientras miraba al hombre al que había condenado al destierro, ignorándome por completo.

​—Kaelen... de verdad eres tú —dijo Isolda, dando un paso al frente con las manos en el pecho, buscando activar la culpa en él—. Pensé que habías muerto en el Norte... Todos estos años he cargado con la culpa de lo que el Emperador te hizo por mi culpa, yo... yo solo quería protegerte...

​Kaelen se tensó por completo, sus sombras agitándose violentamente a nuestro alrededor, amenazando con descontrolarse ante la presencia de su antigua verdugo. Su dolor era real, una herida abierta que Isolda pretendía tocar con sus dedos sucios.

​Pero Isolda había cometido un error de cálculo fatal. Kaelen ya no estaba solo, y esta vez, no se estaba enfrentando a una heroína compasiva. Se enfrentaba a mí.

​Di un paso al frente, colocándome justo delante de Kaelen, bloqueando su camino y cortando su actuación dramática con una mirada que habría congelado el mismísimo Norte.




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