Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 13—Veneno en copa de cristal

Isolda se quedó petrificada. Sus ojos, antes llenos de lágrimas ensayadas, se abrieron con sorpresa y rabia contenida al escuchar mi réplica. Las pocas duquesas que abanicaban el aire en la terraza contuvieron el aliento, girándose disimuladamente para no perderse el espectáculo.

​—Lady Elara... —la voz de Isolda tembló, esta vez de genuina indignación—. No sé qué clase de mentiras le haya contado el Conde en el Norte, pero este es un asunto doloroso entre Kaelen y yo. Usted no tiene derecho a...

​—¿Derecho? —solté una risa suave, musical y cargada de un desdén absoluto—. Querida, soy su prometida oficial ante la Emperatriz Regente y la corte entera. Tengo todo el derecho del mundo a limpiar el paisaje de personas molestas.

​Di un paso más hacia ella, acortando la distancia. Kaelen permanecía detrás de mí, inmóvil, pero sentí cómo la tensión de sus sombras disminuía; estaba escuchando, fascinado por la forma en que su aliada se interponía como un escudo.

​—Hace diez años tuviste la osadía de señalarlo ante un tribunal para salvar tu propio apellido —le dije en un susurro perfectamente audible, clavando mis ojos en los suyos—. Dijiste que te había hechizado porque tu orgullo no soportaba que el Norte jamás fuera a rendirse ante la capital. Anduviste por ahí destruyendo vidas. Y ahora que lo ves regresar, más imponente, rico y poderoso de lo que Sebastián jamás será, vienes a ensayar tu papel de víctima. Es patético, Isolda.

​El rostro de Isolda pasó del blanco al rojo en un parpadeo. Las duquesas de la terraza comenzaron a murmurar detrás de sus abanicos, devorando el chisme. Había humillado a la mujer más astuta de la corte en su propio terreno, ganándome una enemiga que a partir de ahora buscaría mi cabeza, pero verla morderse los labios de rabia valía cada segundo.

​—Eres una víbora, Elara —siseó Isolda, perdiendo por completo su fachada de santa, con los ojos inyectados en un odio puro—. Sebastián tiene razón sobre ti. Eres una villana maldita. No vas a durar mucho en esta corte.

​—Soy la villana que tiene al Conde del Norte a su lado y el oro de las minas de obsidiana a sus pies —sonreí, dándole un último vistazo de arriba abajo—. Tú, en cambio, solo eres el eco de una traición vieja. Ahora, retírate. Me estás tapando la luz de la luna.

​Isolda dio media vuelta, con los puños tan apretados que las nails se le clavaban en las palmas, y se alejó a pasos rápidos, dejando tras de sí una promesa silenciosa de guerra.

​Mientas la veía irse, una ráfaga de viento helado me obligó a parpadear. En mi mente, por un segundo, se mezclaron dos realidades: el recuerdo del brutal accidente automovilístico que sufrí en el mundo real, el sonido de los cristales rotos, el dolor... y luego, el despertar abrupto en este cuerpo semanas atrás, justo a tiempo para ver cómo mi propia mansión era devorada por el fuego. Si yo no hubiera tenido la mente fría de una lectora moderna que sabía lo que Sebastián le deparaba a la Elara original, jamás habría arriesgado mi vida para sacar esos contratos de la dote de entre las llamas. La Elara original habría muerto en ese incendio. Yo, en cambio, usé el fuego para renacer.

​Kaelen soltó un suspiro bajo y se inclinó hacia mí en la penumbra de la terraza, sacándome de mis pensamientos. Sus dedos volvieron a buscar mi barbilla, obligándome a levantar el rostro. Esta vez, el destello violeta detrás de su venda de seda era más nítido, perfilando mi silueta con una precisión que me hizo contener el aliento. El primer verso de mi canción seguía haciendo efecto.

​—Definitivamente eres destructiva, Elara Valeska —murmuró su voz ronca, con una mezcla de diversión y una posesividad creciente al ver cómo mis facciones se aclaraban ante sus ojos—. No me equivoqué al elegirte. Tienes el veneno más dulce de este Imperio. Puedo ver el brillo de tus ojos bajo la luna... Eres peligrosa.

​—Te lo advertí, Conde —respondí, sintiendo los latidos de mi corazón acelerarse—. Conmigo, el juego se juega a matar.

​Antes de que Kaelen pudiera decir algo más, la silueta imponente y rígida del Gran Duque Heredero Sebastián recortó la entrada de la terraza. Venía solo, habiendo dejado a Lady Sarah en el salón. Sus ojos obsesivos nos encontraron en la oscuridad, y su mandíbula se tensó al ver la cercanía entre nosotros. El príncipe sin corona venía dispuesto a exigir las respuestas que sus celos no le permitían callar.

​—Elara... —siseó Sebastián, con la voz rota por una furia que no lograba contener—. Exijo que me expliques qué significa esta farsa.




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