Manual de supervivencia de la villana olvidada.

Capítulo 14—El manual de una villana

Elara... —siseó Sebastián, con la voz rota por una furia que no lograba contener—. Exijo que me expliques qué significa esta farsa.

​Miré a Kaelen de reojo. Sus sombras se agitaron en el suelo de la terraza, listas para saltar sobre el Gran Duque Heredero si yo daba la orden, pero le puse una mano suave en el pecho para detenerlo. No necesitaba la magia del Conde para esto.

​—Déjanos un momento, Kaelen —le pedí en un susurro, sonriéndole con una calma fingida—. El Gran Duque Heredero parece necesitar aire.

​Kaelen frunció el ceño bajo su venda de seda negra, pero tras un segundo de tensión, asintió con una lentitud aristocrática. Se inclinó hacia mí, depositando un beso deliberado en mi mejilla para que Sebastián viera la cercanía, y se retiró hacia el interior del salón, dejándonos a solas bajo la fría luz de la luna.

​Sebastián dio dos pasos hacia mí, invadiendo mi espacio con esa familiar arrogancia posesiva que tanto odiaba.

​—¿El Conde del Norte? ¿De verdad, Elara? —soltó una risa amarga, cruzando los brazos—. Sé perfectamente lo que estás haciendo. Sé que toda esta farsa, el vestido esmeralda y aliarte con ese proscrito ciego es solo para llamar mi atención. Toda la vida has estado perdidamente enamorada de mí, mendigando una sola de mis miradas, y ahora pretendes darme celos con el monstruo del Imperio.

​Lo escuché en absoluto silencio. Mientras él hablaba con esa suficiencia asquerosa, en mi mente se agitaron los recuerdos de la novela que había leído en el mundo real. Pensé en la pobre Elara de la historia original. Una mujer que verdaderamente había vivido de las migajas que este hombre le arrojaba, que humilló su propia dignidad por un poco de su atención, solo para ser pisoteada una y otra vez. Sentí una profunda lástima por el fantasma de la dueña de este cuerpo, pero yo no era ella.

​Llevé una mano a mi boca y, con la mayor parsimonia del mundo, dejé escapar un bostezo largo y aburrido.

​Sebastián se quedó mudo. Su rostro pasó del triunfo a un rojo violento por la indignación.

​—¿Te parece aburrido? —rugió, dando un paso al frente—. ¡¿Te parece aburrido lo que te estoy diciendo?!

​—La verdad es que sí —suspiré, mirándome las uñas con desdén—. Es el mismo discurso egocéntrico de siempre, Sebastián. Deberías estar adentro con Lady Sara, celebrando tu compromiso, y no aquí afuera conmigo perdiendo el tiempo.

​Me di la vuelta con elegancia, dispuesta a regresar al salón de la fiesta, pero antes de que pudiera dar un paso, la mano de Sebastián se cerró con fuerza alrededor de mi brazo, deteniéndome de golpe.

​—Mi paciencia tiene un límite, Elara —siseó cerca de mi oído, y su voz se volvió extrañamente oscura—. Pensaste que te saldrías con la tuya tras el incendio. Ya he ordenado a mi guardia que arreglen una cómoda habitación para ti en el harén del palacio bajo. Las doncellas destinadas a servirte ya están esperándote allí abajo.

​Me congelé por un segundo. El harén de bajo rango. El Palacio Frío. El destino cruel que el libro le tenía preparado a la villana para que muriera sola y olvidada mientras él se coronaba.

​Me giré lentamente y, en lugar de horrorizarme o suplicar como él esperaba, dejé escapar una sonrisa llena de una burla tan afilada que Sebastián dio un imperceptible paso atrás, descolocado.

​—No seré ninguna concubina de bajo rango, Sebastián —le respondí, soltándome de su agarre con un movimiento brusco y limpio—. Se te olvida un pequeño detalle político: soy la prometida oficial del Conde Kaelen.

​Sebastián soltó una carcajada seca, llena de desprecio.

​—¿Ese ciego? No me hagas reír, Elara. ¿De verdad te vas a conformar con un desecho del Norte? Ese hombre no es más que un cadáver viviente. En cualquier momento morirá por la maldición del sello real. No te servirá de nada su protección cuando esté bajo tierra.

​Lo miré fijamente a los ojos, dejando que todo el desprecio de mi mente moderna se reflejara en mis facciones.

​—Ese ciego... es diez veces más hombre y mucho mejor rey de lo que tú jamás serás, Gran Duque —le solté con una frialdad que pareció golpearlo físicamente en el pecho.

​Sin darle tiempo a reaccionar, me di la vuelta furiosa y caminé hacia el interior del palacio. A mis espaldas, escuché el crujido de los puños de Sebastián apretándose con tal fuerza que sus nudillos debieron quedar blancos de la rabia. Lo había dejado sangrando en su orgullo.

Al cruzar las puertas de cristal de la terraza para reincorporarme a la fiesta, casi tropiezo con alguien.

​Era ella. Lady Sara.

​La protagonista de la novela original. En el libro, Sara siempre aparecía rodeada de un aura sagrada de inocencia y bondad; se suponía que todos los hombres de la corte morían por ella, conmovidos por su belleza angelical, su fragilidad y su dulzura. Pero la mujer que estaba parada frente a mí en el pasillo oscuro no tenía nada de santa.

​Sara me miró de arriba abajo, y por primera vez, la "heroína" de la historia mostró las uñas. Su rostro angelical se contrajo en una mueca de absoluta frialdad y desdén.

​—Deberías haberte quedado en el Norte, Elara —me susurró al pasar por mi lado, con una voz tan baja y afilada que parecía veneno puro—. Una paria arruinada no tiene espacio en esta corte, y menos al lado de un monstruo ciego. Disfruta de tu vestido esmeralda esta noche, porque te aseguro que será el último que uses antes de que te destruya.




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