El murmullo del salón se cortó de golpe cuando el Gran Heraldo de la corona golpeó su báculo de oro tres veces contra el suelo de mármol.
—Por orden de Su Majestad Imperial, la Emperatriz Regente Leonor... se solicita la presencia inmediata del Conde Kaelen del Norte y de Lady Elara Valeska en el estrado del trono.
Las miradas de toda la alta sociedad se clavaron en nosotros como dagas. A pocos metros, vi salir a Sebastián de la terraza con el rostro descompuesto, seguido por una Lady Sara que ya había recuperado su máscara de santa compasiva, aunque sus ojos inyectados en envidia la delataban. Sebastián sonrió con malicia; pensaba que su madre nos iba a colgar de la soga más alta por desafiar las leyes del Imperio.
Kaelen ni se inmutó. Extendió su brazo cubierto por el traje de gala negro y yo apoyé mis dedos sobre su anteojo con firmeza.
Mientras subíamos las escalinatas hacia el trono de oro y obsidiana, sentí que la temperatura a nuestro alrededor bajaba. El Sello Imperial en el pecho de Kaelen vibró, intentando castigarlo por estar tan cerca del centro del poder del Sur. Por instinto, acerqué mi cuerpo un poco más al suyo y tarareé, casi de forma imperceptible, una nota más alta de la canción de cuna de mi madre. La Llave en mi mente volvió a girar.
Kaelen soltó un suspiro ahogado y su agarre en mi mano se volvió dolorosamente posesivo.
—Elara... —su voz ronca me llegó al oído, cargada de una urgencia que me aceleró el pulso—. La melodía... Tus ojos. Puedo ver tus ojos ahora. Son del color de la tormenta antes de romper. Maldita sea, eres demasiado hermosa para este nido de víboras.
No tuve tiempo de procesar el impacto de sus palabras, ni el hecho de que su vista estaba regresando mucho más rápido de lo que el libro original dictaba. Ya estábamos frente a la Emperatriz Regente Leonor.
La mujer que gobernaba el Imperio nos miró desde las alturas con una frialdad que paralizaba la sangre. Sus ojos de halcón viajaron de los cofres de oro negro que Kaelen le había entregado, hacia nuestras manos entrelazadas.
—Conde Kaelen —la voz de la Emperatriz resonó en el silencio sepulcral del salón—. El edicto de mi difunto esposo estipulaba que tu presencia en el Sur sería considerada una declaración de alta traición, a menos que tuvieras una razón de estado imperiosa. Y veo que has regresado no solo con oro, sino con la ex prometida de mi hijo.
Sebastián dio un paso al frente, ansioso, colocándose al pie del estrado.
—Madre, esto es una ofensa intolerable —intervino el Gran Duque Heredero, intentando sonar majestuoso, aunque sus celos lo hacían ver desesperado—. Elara está arruinada. Su dote se quemó y está usando al Conde para evitar el harén del palacio bajo que yo mismo dictaminé para ella. Este compromiso es una farsa para burlar la ley.
Lady Sara se unió a él, juntando las manos con timidez franciscana, clavando sus ojos de cordero degollado en la Emperatriz.
—Su Majestad... solo me preocupa la seguridad del Imperio —dijo Sara, con esa voz dulce que en el libro derretía a todos, pero que a mí me sabía a veneno puro—. Lady Elara parece haber usado artes oscuras para confundir al pobre Conde ciego y obligarlo a salir del Norte. Todos sabemos que el Conde no puede amar... está maldito.
La Emperatriz Regente alzó una mano, callando a su hijo y a Sara de inmediato. Su mirada se concentró en mí.
—¿Qué tienes que decir a esto, Elara? —preguntó la Regente—. ¿Es este compromiso una artimaña de villana para escapar de tu destino?
El salón entero contuvo el aliento. Sebastián me miraba con una sonrisa triunfal, esperando ver la Elara suplicante de siempre. Pero yo ya no jugaba bajo sus reglas.
Miré a la Emperatriz con una postura impecable, sosteniéndole la mirada a la mujer más poderosa del reino.
—Su Majestad, el Gran Duque Heredero parece confundir el despecho de haber sido rechazado con una farsa política —dije, provocando un jadeo colectivo entre los nobles—. Mi dote física pudo haberse quemado, pero mi valor como mujer y como aliada jamás estuvo en ese dinero. El Conde Kaelen no necesita el oro de la capital, y yo no necesito las migajas del harén de su hijo. Nos unió algo mucho más fuerte que un contrato firmado por conveniencia.
De repente, Kaelen dio un paso al frente, colocándose medio cuerpo por delante del mío, protegiéndome. Su aura de sombras estalló sutilmente en la base del trono, apagando a la mitad las luces de los candelabros mágicos. La venda de seda negra seguía en su lugar, pero la fijeza con la que "miró" a la Emperatriz hizo que la mismísima Regente se tensara.
—Mi madre me crió en el Norte para ser un rey, no un títere, tía Leonor —sentenció Kaelen, y su voz de acero cortó el aire—. Si mi primo Sebastián piensa que puede enjaular a la mujer que yo he elegido, que lo intente. La Llave de mi destierro ya no le pertenece a la corona. Lady Elara es mi prometida por derecho de sangre y de sombras. Y si el Imperio intenta arrebatarme lo que es mío... les aseguro que el oro negro que acabo de entregarles será lo último que reciban del Norte antes de que apague la luz de esta capital para siempre.
Sebastián se quedó lívido. Sara retrocedió un paso, perdiendo el color de las mejillas al ver que su "aura de protagonista" no provocaba ni el más mínimo efecto en el Conde.