El silencio que se apoderó del gran salón de la ópera era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Los nobles se miraban entre sí, conteniendo el aliento; el Gran Duque Heredero acababa de ser desautorizado públicamente por su propia madre, la Emperatriz Regente, y frente a la mujer que había intentado desechar como si fuera basura.
Sebastián tenía la mandíbula tan apretada que un leve temblor le recorría la mejilla. Dio un paso hacia atrás, buscando el apoyo de Lady Sara, pero la "heroína" estaba demasiado ocupada intentando recomponer su máscara de perfección. Sin embargo, sus ojos, fijos en las telas esmeralda de mi vestido y en la firmeza con la que Kaelen me sujetaba, destilaban un veneno que el libro original jamás se atrevió a describir.
La Emperatriz Regente Leonor alzó su copa de cristal, dando por terminado el asunto con una frialdad corporativa.
—Que continúe la música —ordenó la soberana, haciendo un leve gesto con la mano—. Disfruten de la velada. Al fin y al cabo, el Imperio tiene dos compromisos que celebrar esta noche.
La orquesta reanudó la melodía, un vals majestuoso que llenó el espacio, pero el ambiente ya estaba irremediablemente contaminado por la intriga. Kaelen hizo una elegante reverencia con la cabeza hacia el trono y, con un movimiento fluido, me guio escaleras abajo, ignorando olímpicamente la figura rígida de Sebastián, quien nos vio pasar con los puños sangrando por la fuerza de sus uñas.
A medida que nos alejábamos del estrado y nos mezclábamos con la multitud que se abría a nuestro paso como el mar Rojo, sentí la mano de Kaelen en mi cintura ajustarse con una presión diferente. Ya no era el agarre frío y estratégico de un socio de negocios; era el pulso acelerado de un hombre que empezaba a experimentar el mundo de una forma completamente nueva.
—¿Estás bien? —le pregunté en un susurro, manteniendo mi sonrisa de sociedad mientras saludaba con la cabeza a unos condes que antes me daban la espalda.
—Nunca he estado mejor, Elara —murmuró cerca de mi oído, y su aliento cálido me erizó la piel—. Aunque admito que el palacio de la capital es mucho más ruidoso de lo que recordaba. Pero tu luz... tu luz apaga todo lo demás.
Parpadeé, un poco descolocada por la intensidad de su tono.
—Kaelen, la venda...
—Sigue en su lugar —interrumpió con una sonrisa ladina, ocultando el fuego violeta que seguía ganando terreno detrás de la seda negra—. Pero gracias a la nota que tarareaste en la escalera, el velo gris de mis ojos se está desmoronando rápido. No solo veo la silueta de tu vestido, Villana. Puedo ver el brillo de los diamantes en tu cuello, el carmín de tus labios y esa mirada tuya que desafía a los emperadores. Eres... un peligro para mi cordura.
Antes de que pudiera responder a la cruda fascinación de sus palabras, una figura conocida se interpuso en nuestro camino, cortándonos el paso hacia los jardines privados.
Era mi padre, el Marqués Valeska.
El viejo cobrada había dejado su escondite detrás del pilar y ahora intentaba acercarse con una sonrisa servil y las manos temblorosas, relamiéndose los labios como un buitre que ve una nueva oportunidad de ganancias.
—¡Elara, mi querida hija! —exclamó con una voz falsamente melodiosa, lo suficientemente alta para que los nobles cercanos lo escucharan—. Sabía que la fortaleza de la casa Valeska no se apagaría tan fácilmente. Conde Kaelen, es un honor absoluto ver que mi hija ha encontrado un protector tan... digno de su linaje. Debemos hablar sobre los términos del acuerdo de la dote que, por supuesto, yo...
Regla #12 del Manual: Un parásito que te vende cuando estás en el suelo no merece una parte de tu banquete cuando estás en el trono. A los traidores de tu propia sangre se les corta el suministro de golpe.
Me detuve en seco, apartando mi brazo del de Kaelen por un segundo solo para dar un paso hacia el Marqués. Lo miré con una indiferencia tan aplastante que su sonrisa hipócrita se congeló en su rostro.
—Marqués Valeska —dije, usando su título formal, despojándolo de cualquier derecho de paternidad—. Se equivoca. Usted no tiene ninguna hija en este salón. Su hija se quedó en las cenizas de la mansión que usted se negó a defender. El oro del Norte que ve en esos cofres no tiene nada que ver con su apellido, y si intenta acercarse a mí o a mi prometido para reclamar un solo cobre, me encargaré personalmente de que las auditorías de la Emperatriz Regente revisen sus libros contables. Que pase una buena noche.
El hombre se quedó lívido, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua, mientras Kaelen soltaba una risa baja y oscura a mi lado, profundamente complacido por mi falta de piedad. Volví a entrelazar mi brazo con el suyo, dejándolo atrás.
Sin embargo, la paz duró poco. Al girar el pasillo que conducía a la galería de cristal, una fragancia dulce y empalagosa a flores de invierno nos inundó.
Allí, bajo el arco de mármol, nos esperaba Lady Sara. Ya no estaba Sebastián con ella. Estaba sola, iluminada por los candelabros de luz sagrada, y su aura de protagonista parecía brillar con una intensidad casi agresiva, como si el propio sistema del libro estuviera intentando forzar a Kaelen a mirarla.
Sara dio un paso al frente, ignorándome por completo, y clavó sus ojos perfectos y cargados de una falsa vulnerabilidad en la venda del Conde.