El silencio en el pasillo se volvió asfixiante. Las sombras de Kaelen empezaron a trepar por las paredes, formando garras afiladas que rodeaban a Sara, pero el Conde ni siquiera se tomó la molestia de levantar la voz.
—Tu compasión es tan falsa como el aire que respiras, Lady Sara —dijo Kaelen con una frialdad que hizo que Sara retrocediera un paso, perdiendo finalmente su seguridad—. Dices que Elara me utiliza, pero lo único que veo es a una mujer que no teme caminar a mi lado. Tú, en cambio, solo ves a un "peón" porque no puedes tolerar que alguien aquí no baile al ritmo de tu supuesta virtud.
Sara abrió la boca, intentando articular una defensa, pero la mirada del Conde —que ya empezaba a notar los contornos de la arrogancia en el rostro de la chica— era tan intimidante que la dejó sin aliento.
—No vuelvas a hablar de sacrificio —sentenció Kaelen, dando un paso hacia ella, obligándola a encogerse—. Tú no conoces el sacrificio. Tú solo conoces el privilegio de ser la niña mimada del Imperio. Si Elara es una villana, entonces yo soy su monstruo. Y prefiero mil veces la oscuridad que ella me ofrece, que la luz podrida que tú intentas vender.
Sara estaba blanca, temblando de pura rabia y miedo. El plan de conmover al Conde se le había vuelto en contra. Pero entonces, antes de que pudiera huir, di un paso al frente, interponiéndome entre ellos.
—Es fascinante, Sara —dije, esbozando una sonrisa gélida mientras me acercaba a ella hasta que nuestras narices casi se touched—. Te esfuerzas tanto en parecer una santa ante el Consejo de Nobles, pero en el fondo de tus ojos veo exactamente lo que eres. ¿Quieres que hablemos de tus verdaderos sacrificios?
Bajé la voz a un susurro que solo ella pudo escuchar, usando los oscuros secretos de su pasado que yo conocía a la perfección, pero presentándolos como si mis propios espías los hubieran descubierto.
—Sé perfectamente todo sobre el contrabando de armas que tu familia patrocina en la frontera del Oeste para desestabilizar a los ducados vecinos, Sara. Y sé que planeas usar esa crisis para que Sebastián quede como un incompetente ante el Consejo y tú puedas manejar los hilos de la corona. Las mujeres como tú no buscan la paz, buscan el control absoluto.
La cara de Sara se transformó por completo. Su máscara de fragilidad se agrietó y, por un segundo, vi su verdadero rostro: una mujer calculadora, feroz y capaz de todo por el poder. Sus ojos se oscurecieron y su labio inferior tembló de un odio homicida al darse cuenta de que yo poseía la información que podría destruir su reputación y llevar a su familia a la horca por alta traición.
—Tú... —siseó ella, bajando el volumen de su voz a un hilo—. ¿Cómo conseguiste esa información? Ningún espía de los Valeska podría haber...
—Soy una mujer muy meticulosa, Sara —la interrumpí, dándole una palmadita condescendiente en el hombro mientras me giraba hacia Kaelen—. Y las personas inteligentes siempre leemos la letra pequeña de los secretos de la corte, especialmente de aquellos que pretenden dar sermones de moral. Vámonos, mi Conde. Aquí el aire ya está muy viciado.
Sin mirar atrás, tomé el brazo de Kaelen y lo guié hacia el salón principal. A nuestras espaldas, escuché un grito ahogado de frustración de Sara, quien golpeó la pared de mármol con fuerza, perdiendo los estribos por primera vez en su vida perfecta.
Kaelen caminaba a mi lado, conteniendo una carcajada baja y sumamente oscura.
—Acabas de declararle una guerra abierta a la futura Gran Duquesa —dijo Kaelen, y su tono de voz se volvió mucho más suave, peligrosamente íntimo—. Me fascina cómo destrozas la cordura de tus enemigos con un par de frases, Elara. Pero dime... ¿cuántos secretos más guardas debajo de esa seda esmeralda?
—Los suficientes para asegurarme de que nadie nos vuelva a pisar, Conde —respondí, sintiendo que el control de la corte estaba regresando a mis manos—. Ahora disfrutemos del baile. Al fin y al cabo, somos la pareja de la noche.