El regreso al salón principal fue como caminar entre lobos que acababan de presenciar cómo la presa le arrancaba los colmillos al líder de la manada. Las orquestas de la corte seguían tocando un vals pausado, pero los ojos de los aristócratas ya no buscaban el brillo de la corona en la cabeza de Sebastián; nos buscaban a nosotros. El murmullo que se levantaba a nuestro paso era un eco sordo de asombro y desconfianza.
Kaelen caminaba con la espalda recta, su presencia imponente infundiendo un respeto casi reverencial. Sentí que sus dedos, aún entrelazados con los míos, ejercieron una presión suave pero constante.
—Tus latidos están acelerados, Elara —murmuró, inclinando la cabeza lo suficiente para que su aliento rozara mi oreja—. Cualquiera pensaría que tienes miedo, pero sé que es la adrenalina de haber dejado a la paloma del Imperio con las plumas ensangrentadas.
—Sara no es una paloma, Kaelen. Es un halcón con piel de cordero —respondí en voz baja, manteniendo mi sonrisa de sociedad impecable—. Y los halcones no se quedan quietos cuando les descubren el nido. Va a atacar.
—Que lo intente —la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa letal—. El Norte no solo trajo cofres de oro, Elara. Trajo espadas. Y ahora que mis ojos finalmente recuerdan cómo es la luz, tengo muchas ganas de ver el color de la sangre de mis enemigos.
Antes de que pudiera indagar más sobre el avance de su vista —que avanzaba a pasos agigantados gracias a los versos de mi canción—, el sonido de unas pisadas pesadas y firmes interrumpió nuestro avance. Dos guardias de la Guardia Imperial, vestidos con armaduras pesadas de oro y portando los báculos de luz sagrada que identificaban a la escolta personal de la Regente, se plantaron frente a nosotros.
—Conde Kaelen. Lady Elara —anunció el capitán, haciendo una reverencia rígida—. Su Majestad Imperial, la Emperatriz Regente Leonor, solicita su presencia en el Salón de los Espejos de forma inmediata. A solas.
Miré a Kaelen de reojo. Él no se inmutó, pero las sombras en la base de su traje se agitaron con sutil advertencia. La Emperatriz Regente no era como su hijo Sebastián; ella no actuaba por despecho o celos posesivos. Ella se movía únicamente por el control absoluto del Imperio. Si nos citaba a solas en medio de la fiesta de compromiso de su hijo, era porque el tablero político acababa de cambiar de forma radical.
—Dile a Su Majestad que iremos de inmediato —respondió Kaelen, con una elocuencia que no dejaba espacio a réplicas.
Los guardias se hicieron a un lado, abriendo paso hacia los pasillos restringidos del palacio. Mientras caminábamos bajo los arcos de piedra blanca, lejos del ruido de la fiesta, el ambiente se volvió frío y sepulcral.
El Salón de los Espejos estaba iluminado únicamente por la luz de la luna que se filtraba a través de los inmensos ventanales, reflejándose en las paredes de cristal que multiplicaban nuestra silueta hasta el infinito. Al fondo, de espaldas a nosotros, la Emperatriz Regente Leonor observaba los jardines imperiales, con una copa de vino tinto en la mano. Su silueta granate parecía fundirse con la penumbra del palacio.
—Dejaron a mi hijo rabiando como un perro acorralado en la terraza —dijo la Emperatriz, sin girarse, su voz resonando con una nitidez escalofriante—. Y a su futura esposa con el orgullo tan destrozado que ni siquiera ha podido regresar al salón principal. Debo admitir, Elara, que jamás pensé que la hija del Marqués Valeska tuviera tanto veneno bajo la lengua.
—Solo el necesario para sobrevivir en su corte, Su Majestad —respondí, dando un paso al frente sin mostrar un ápice de sumisión.
Leonor se giró lentamente, sus ojos de halcón clavándose en mí con una mezcla de curiosidad y un respeto frío que me hizo ponerme en guardia. Luego, su mirada se desvió hacia Kaelen, deteniéndose específicamente en la venda de seda negra que cubría sus ojos.
—El edicto de tu destierro sigue vigente en los registros, Kaelen —sentenció la Regente, dando un sorbo a su copa—. Validé tu compromiso allá afuera solo porque disfruto ver a Sebastián recordar que no es intocable. Su arrogancia lo convertirá en un pésimo Emperador si no aprende a medir a sus rivales. Pero no te equivoques... la corona no permitirá que el Norte se alce de nuevo. Tu presencia aquí es un peligro dinástico.
Kaelen soltó una risa seca, un sonido gélido que pareció hacer vibrar los espejos del salón.
—El peligro dinástico no soy yo, tía Leonor —la voz de Kaelen bajó un tono, volviéndose peligrosamente profunda—. El peligro es que permitas que tu hijo se case con una mujer de la que no conoces sus verdaderas alianzas. Deberías revisar los movimientos en la frontera del Oeste, donde los rebeldes parecen estar recibiendo un generoso financiamiento que apunta directo a la casa de la futura Gran Duquesa.
Esperaba ver una sombra de duda o temor en el rostro de la gobernante, pero la Emperatriz Regente Leonor simplemente se quedó estupefacta por un segundo, antes de dejar escapar una carcajada fría, aristocrática y llena de incredulidad.
—¿Lady Sara? ¿Financiando rebeldes? —Leonor negó con la cabeza, mirando a Kaelen con una soberbia implacable—. Es el intento de difamación más absurdo que he escuchado en este palacio, Conde. Sara es la viva imagen de la devoción; su familia ha servido a la corona por generaciones y el propio Consejo de Nobles la venera como a una santa. ¿Y pretenden que dude de ella por los rumores que una ex prometida resentida y un proscrito ciego traen desde el Norte?