Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 19 —Un brindis por el enemigo

El bullicio del salón de baile nos recibió de golpe como una marea de música, perfumes caros y murmullos venenosos. Nada había cambiado en nuestra ausencia, y sin embargo, todo era distinto. Las miradas de los nobles se desviaban de inmediato cuando Kaelen y yo pasábamos, pero el peso de sus sospechas flotaba en el aire.

​En un rincón de la pista, la "pareja real" intentaba reasumir su papel. Sebastián sostenía a Lady Sara de la cintura mientras se movían al ritmo de un vals, pero los movimientos del Gran Duque Heredero eran rígidos, mecánicos. Sus ojos, inyectados en una furia sorda, saltaron directo hacia mí en cuanto crucé el umbral del salón. A su lado, Sara mantenía la cabeza alta, sonriendo a los marqueses que la felicitaban, pero sus nudillos blanqueaban sobre el hombro de Sebastián.

​—Están listos para matarnos con la mirada, Villana —susurró Kaelen, inclinándose tanto que las hebras de su cabello blanco rozaron mi mejilla. Su agarre en mi cintura, mientras me guiaba sutilmente hacia el centro del salón, era firme, casi protector—. Puedo sentir la hostilidad de mi primo desde aquí. La rabia altera su pulso.

​—Que miren lo que quieran, Conde —respondí, acomodando mi mano sobre su hombro revestido de gala negra—. Sara sabe que tenemos el hilo de su secreto, y Sebastián sabe que ya no puede encerrarme. Lo que la Emperatriz Regente nos dijo solo confirma una cosa: estamos solos en este juego. Nadie nos va a dar las pruebas en bandeja de plata.

​—Entonces habrá que robárselas —la sonrisa de Kaelen fue un destello afilado bajo la luz de los candelabros.

​De repente, la música cambió de ritmo, anunciando el final del vals principal. Los nobles se abrieron en un semicírculo y, por pura inercia de la etiqueta cortesana, Sebastián y Sara terminaron su recorrido a escasos metros de donde nos encontrábamos.

​La tensión fue instantánea. La corte entera guardó silencio, esperando ver si el Gran Duque Heredero desataría otro escándalo. Pero fue Sara quien dio el paso al frente.

​La protagonista del libro avanzó con una gracia impecable, su vestido rosa pastel flotando a su alrededor como una nube de inocencia. Se detuvo frente a nosotros y, con una dulzura ensayada que habría conmovido a cualquiera que no conociera su verdadera naturaleza, tomó dos copas de vino de la bandeja de un sirviente que pasaba.

​—Lady Elara, Conde Kaelen... —dijo Sara, extendiéndonos las copas con una reverencia perfecta—. Dado que Su Majestad la Emperatriz ha bendecido su... inesperado compromiso, creo que lo correcto es que los futuros gobernantes y los señores del Norte brindemos por la paz del Imperio. Al fin y al cabo, todos buscamos el bienestar de nuestra tierra, ¿verdad?

​Sebastián se colocó detrás de ella, con los brazos cruzados, observándome con una mirada posesiva y cargada de una oscura promesa de sumisión. Pensaba que la cortesía de Sara nos acorralaría.

​Miré la copa de vino que Sara me ofrecía.

Regla #24 del Manual: Nunca aceptes un trago de una "santa" a la que acabas de amenazar en un pasillo oscuro. El veneno aristocrático rara vez viene en frascos; viene en copas de cristal de cortesía.

​—Es un gesto muy noble de su parte, Lady Sara —esbocé una sonrisa sofisticada, extendiendo mi mano para tomar la copa. Pero antes de que mis dedos rozaran el cristal, Kaelen se adelantó.

​Con una rapidez y elegancia que descolocó a Sara, la mano del Conde interceptó la bandeja del sirviente, tomando dos copas completamente distintas y dejando la que Sara había elegido en el aire.

​—Mi prometida prefiere el vino del Norte, Lady Sara —intervino Kaelen, con una voz gélida que cortó la dulzura de la protagonista—. Es más fuerte, menos propenso a las impurezas de la capital. Estoy seguro de que lo entenderá.

​El rostro de Sara se tensó por una fracción de segundo antes de recuperar su sonrisa angelical. Kaelen me entregó la nueva copa, y al hacerlo, sus dedos rozaron los míos. El calor de su tacto me dio un vuelco en el pecho, pero lo que realmente me congeló fue lo que vino después.

​Bajo la venda de seda negra, las pupilas de Kaelen se fijaron directamente en las mías. El destello violeta ya no era una chispa tenue; era un fuego nítido.

​—Por el veneno que purifica la corte, Elara —murmuró Kaelen en voz baja, alzando su copa hacia mí, ignorando por completo a la pareja real.

​—Por los villanos que reescriben las reglas —respondí, chocando mi copa con la suya.

​Bebimos bajo la mirada estupefacta de Sebastián y el odio contenido de Sara. Sabíamos que a partir de esta noche, cada paso en la capital sería una declaración de guerra. El primer asalto en el baile de compromiso había terminado, pero la verdadera batalla por la supervivencia y el control del Imperio apenas estaba comenzando.




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