El traqueteo del carruaje negro y ébano al alejarse de las puertas del palacio imperial fue el primer sonido real que rompió la tensión asfixiante de la noche. Las luces de la Ópera Imperial comenzaron a desvanecerse en la distancia a través de las ventanillas, dejando el interior del vehículo sumido en una penumbra cálida, iluminada solo por los faroles de la calle.
Me eché hacia atrás contra el terciopelo oscuro del asiento, soltando por fin un suspiro largo que no me había permitido dar en todo el baile. Mis hombros se relajaron debajo de la seda esmeralda. Habíamos sobrevivido a la Emperatriz, a los celos enfermizos de Sebastián y a las garras ocultas de Sara.
Frente a mí, Kaelen permanecía inmóvil, pero su respiración era pesada. De repente, levantó sus manos enjoyadas con diamantes negros y, con un movimiento lento y deliberado, se desató el nudo de la venda de seda negra que cubría su rostro.
Cuando la tela cayó sobre sus piernas, contuve el aliento.
Los ojos violetas de Kaelen estaban abiertos de par en par. La neblina gris que antes los cubría por completo se había disipado sustancialmente, dejando ver unas pupilas nítidas que brillaban con un fuego místico en la oscuridad del carruaje. Me miró directamente. Ya no era la mirada perdida de un hombre ciego; era la fijeza depredadora de alguien que, por primera vez en diez años, estaba contemplando la realidad con absoluta claridad.
—Te lo dije en las escaleras, Elara —su voz fue un susurro ronco, profundo, que vibró en el reducido espacio—. Pero ahora, sin el ruido de la corte... eres aún más letal.
Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre los dos asientos hasta que sus rodillas rozaron las telas de mi vestido. Estiró una mano y, con una suavidad que contrastaba con la furia que había mostrado ante Sebastián, delineó con el dorso de sus dedos la curva de mi mandíbula.
—Tu canción... —murmuró, sus ojos violetas viajando por mis facciones, deteniéndose en mis labios, en mis ojos, memorizando cada milímetro de mi rostro—. No solo duerme el sello. Está rompiendo la maldición de mi sangre. Puedo ver el color exacto de tu piel. Puedo ver cómo tiemblan tus pestañas. La Elara de la que me hablaron en el Norte era un espectro caprichoso... pero tú eres un incendio, Villana.
Sostuve su mirada, sintiendo que el corazón me daba un vuelco salvaje contra las varillas del corsé. No podía revelarle que mi mente pertenecía a otra realidad, pero la complicidad que se había forjado entre nosotros en esa corte de lobos era la cosa más real que había sentido desde que transmigré a este cuerpo.
—Entonces es una suerte que los incendios no se dejen enjaular, Conde —respondí, esbozando una sonrisa ladina a pesar del ritmo acelerado de mis latidos—. La Emperatriz nos dio una luna de plazo. Si no encontramos las pruebas del contrabando de armas de Sara en la frontera del Oeste, nos encerrará a ambos. Tu vista está regresando, pero el tiempo corre.
Kaelen retiró los dedos de mi rostro, pero no se alejó. Una sonrisa afilada y oscura, la misma que usaba para aterrorizar a los generales imperiales, apareció en sus labios.
—Sara cometió un error fatal esta noche al mostrarte las uñas —sentenció el Conde, recostándose finalmente en su asiento, sin apartar sus resplandecientes ojos violetas de mí—. Pensó que apelando a mi lástima podría apartarme de tu lado. Mañana mismo enviaré a mis jinetes de la sombra hacia el Oeste. Interceptaremos cada ruta comercial de su familia. Si esa mujer tiene un pacto con los rebeldes, yo mismo le arrancaré la confesión.
Miré por la ventana, viendo cómo el carruaje se adentraba en los distritos aristocráticos de la capital, rumbo a la residencia secreta del Norte. Julian debía estar esperándonos allí con el resto de los cofres y los informes de la frontera.
El tablero estaba dispuesto. Sebastián estaba humillado y paranoico; Sara, asustada y expuesta ante nuestra mirada; y la Emperatriz Regente, observando desde las sombras, esperando el más mínimo error para dejarnos caer la guillotina política.
—La capital va a arder, Kaelen —murmuró para mí misma, acomodando los diamantes negros de mi cuello.
—Entonces asegúrate de bailar conmigo sobre las cenizas, Elara —respondió el Conde desde la penumbra, extendiendo su mano abierta hacia mí.
Coloqué mis dedos sobre los suyos, sellando en la intimidad del carruaje el inicio de la verdadera caída del Imperio.