Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 21 —El Castillo de Invierno en la Capital

El carruaje se detuvo finalmente ante las pesadas rejas de hierro forjado de la residencia del Norte en la capital, una imponente estructura de piedra gris conocida entre la aristocracia como el Palacio de Escarcha. A diferencia de las mansiones luminosas y cargadas de oro del Sur, este lugar mantenía la sobriedad, la elegancia y la atmósfera blindada del Castillo de Obsidiana.

​Kaelen se colocó la venda de seda negra de nuevo antes de que el lacayo abriera la puerta; en la capital, su ceguera seguía siendo su mejor distracción y su escudo político. Descendimos bajo el aire frío de la madrugada.

​Al cruzar el umbral del vestíbulo, la silueta rígida y alerta de Julian se materializó desde la penumbra de la biblioteca. Llevaba aún su ropa de viaje y su rostro reflejaba la tensión de haber estado vigilando la retaguardia de nuestra opulenta caravana.

​—Regresaron —dijo Julian, evaluando de inmediato nuestras expresiones y deteniéndose en la seda esmeralda de mi vestido—. Por los murmullos que ya corren entre los mensajeros de la ciudad, el Gran Duque Heredero rompió más de una copa de cristal esta noche.

​—Sebastián es el menor de nuestros problemas ahora, Julian —respondí, caminando hacia la mesa central de la biblioteca, donde un mapa del Imperio yacía desplegado bajo la luz de un candelabro—. La Emperatriz Regente validó nuestro compromiso, pero nos ha dado una luna de plazo para demostrar que el Norte es un beneficio, o nos confinará. Y Lady Sara... bueno, la santa de la corte resultó tener las manos manchadas de pólvora.

​Julian enarcó una ceja, cruzándose de brazos, mientras Kaelen avanzaba hacia el gran ventanal que daba a los jardines traseros, quitándose la venda por segunda vez en la noche con un gesto de fastidio hacia la restricción.

​—¿Lady Sara? —preguntó Julian, incrédulo—. Toda la capital jura que esa mujer no es capaz de pisar una hormiga.

​—Toda la capital está ciega, Julian —la voz profunda de Kaelen cortó el aire desde el ventanal. Sus ojos violetas, fijos en la oscuridad exterior, brillaban con una nitidez que hizo que Julian diera un imperceptible paso atrás al notar el avance de su recuperación—. Elara descubrió que la casa de Sara está financiando secretamente a los rebeldes del Oeste. Están buscando desestabilizar la frontera para hacer que Sebastián parezca un incompetente ante el Consejo de Nobles y obligar a la Regente a entregar la corona antes de tiempo.

​Julian guardó silencio por un largo minuto, procesando la magnitud de la información. El tablero ya no era una simple disputa de amantes despechados; era una conspiración por el trono absoluto.

​—Si eso es cierto, interceptar sus rutas comerciales no será fácil —analizó Julian, señalando el mapa con el dedo—. El paso del Oeste está fuertemente custodiado por las tropas leales al Duque de la frontera, quienes responden directamente a la familia de Sara. Cualquier movimiento en falso del Norte en esa zona será tomado como un acto de guerra por el Consejo de Nobles.

​—Por eso no enviaremos un ejército, Julian —dije, apoyando mis manos sobre el mapa, justo encima de la ruta del Oeste—. Enviaremos sombras. Kaelen mandará a sus jinetes discretos, pero yo necesito que tú utilices los contactos que te quedan en el bajo mundo de la capital. Si Sara está moviendo armas, necesita intermediarios, contrabandistas que limpien el rastro del dinero antes de que llegue a los rebeldes. Encuentra el eslabón débil de esa cadena.

​Julian me miró, y por primera vez, vi un destello de genuino respeto en sus ojos oscuros. La Elara caprichosa del libro original jamás habría sabido trazar una línea de suministro logístico.

​—Considera lo hecho, Elara —asintió Julian con una inclinación de cabeza—. Mañana al amanecer tendré los primeros nombres de los mercaderes que operan en los muelles secos del Oeste.

​Cuando Julian se retiró para iniciar las órdenes, la biblioteca quedó sumida en un silencio denso. Kaelen se alejó del ventanal y caminó lentamente hacia mí. Sus pasos ya no tenían la vacilación de la ceguera; se movía con la precisión de un depredador que ha recuperado su territorio.

​Se detuvo al otro lado de la mesa de roble, mirándome fijamente a través de la luz parpadeante de las velas.

​—Julian te respeta ahora —dijo Kaelen, con una sonrisa ladina—. Y él no le teme a las sutilezas de la corte. Has demostrado tener una mente más fría que los generales del Norte, Elara.

​—Tengo un incentivo muy grande para ser fría, Conde —respondí, sosteniéndole la mirada violeta—. Mi vida y mi libertad dependen de que esa farsa de compromiso se mantenga firme ante la Emperatriz. No pienso terminar mis días en el harén del palacio bajo por culpa del ego de Sebastián.

​Kaelen rodeó la mesa con lentitud, deteniéndose a escasos centímetros de mí. Su mano se elevó y, de manera deliberada, rozó un mechón de mi cabello que había caído fuera de su sitio, acomodándolo detrás de mi oreja con una posesividad que me erizó la piel.

​—No habrá ningún harén para ti, Elara. Te lo prometí en el carruaje y lo sostengo ante mi propia sangre —su voz bajó a un susurro magnético—. Esta noche el Imperio vio a la mujer que me devolvió la vista. Si Sebastián o Sara intentan ponerte una sola mano encima... quemaré sus contratos, sus palacios y su santa reputación con las mismas sombras que hoy me permiten verte. Eres mi prometida, y en mi historia, nadie toca lo que me pertenece.




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