Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 22— El contragolpe del León herido

Mientras el Palacio de Escarcha se hundía en un silencio estratégico, en el ala este del Palacio Imperial de la capital el ambiente era un auténtico infierno.

​Las puertas dobles de los aposentos del Gran Duque Heredero se abrieron de golpe, dejando salir un sonido ensordecedor de cristales rotos. Sebastián arrojó una jarra de plata maciza contra el espejo de la pared, destrozándolo en mil pedazos. Tenía el uniforme blanco desabrochado, el cabello revuelto y la respiración tan agitada que parecía un animal acorralado.

​—¡¿Cómo es posible?! —rugió Sebastián, golpeando la mesa de caoba—. ¡Esa mujer estaba en la miseria! ¡Su dote se redujo a cenizas! ¡Yo mismo vi el informe del incendio! ¡Se supone que vendría arrastrándose a mis pies para suplicar por una habitación en el harén bajo!

​En el fondo de la habitación, sentada en un diván de seda con una elegancia imperturbable, Lady Sara observaba el estallido de su prometido. Sus guantes de encaje rosa estaban rasgados en los nudillos debido al golpe que le había dado a la pared de mármol minutos antes en la galería, pero su rostro ya había recuperado la fría inexpresividad de una estratega.

​—Gritar no va a devolverte el control de la corte, Sebastián —dijo Sara, su voz destilando un desprecio gélido que el Gran Duque Heredero jamás le había escuchado—. Tu madre nos humilló frente a todo el Consejo de Nobles. Reconoció al monstruo del Norte solo para recordarte que sigues siendo un príncipe sin corona.

​Sebastián se giró hacia ella, con los ojos inyectados en sangre.

​—¡No me hables así, Sara! ¡Tú también te quedaste congelada cuando ese maldito ciego te cambió la copa! —siseó, acercándose a ella con hostilidad—. ¿Y qué demonios fue lo que Elara te dijo en el pasillo? Te pusiste tan pálida como un cadáver.

​Sara se tensó levemente, pero sostuvo la mirada de Sebastián con una firmeza implacable. No podía revelarle a Sebastián que Elara conocía el contrabando de armas en la frontera del Oeste; si el Gran Duque se enteraba de que ella financiaba a los rebeldes para debilitar su futura corona, la alianza se rompería y ella terminaría en la horca por alta traición.

​—Me amenazó con usar la influencia del Norte para bloquear nuestras rutas comerciales, eso es todo —mintió Sara con una naturalidad perfecta, poniéndose en pie—. Elara ya no es la tonta útil que te perseguía por los pasillos, Sebastián. Alguien le está dando información. Alguien la está instruyendo. Y si permitimos que permanezca al lado de Kaelen durante una luna completa, tu madre usará el oro del Norte para desplazarte de la línea de sucesión.

​Sebastián apretó los puños, la mandíbula rígida. Su orgullo herido y sus celos enfermizos se mezclaron con el miedo político. El fantasma de Elara, la mujer a la que había despreciado, ahora amenazaba con destruir su futuro imperio desde los brazos de su peor rival.

​—¿Qué sugieres que haga? —preguntó el Gran Duque, con la voz temblando de rabia—. Mi madre les dio protección temporal. No puedo enviar a la Guardia Imperial a arrestarlos sin una provocación directa.

​Sara caminó hacia la ventana, observando la silueta oscura de la ciudad en la madrugada. Una sonrisa cruel y diminuta se dibujó en sus labios perfectos. La máscara de la "protagonista santa" se había caído por completo en la intimidad de la conspiración.

​—No necesitamos a la Guardia Imperial, Sebastián —susurró Sara, acariciando el cristal de la ventana—. Elara cree que está a salvo porque tiene los contratos de su dote y el respaldo del Norte. Pero olvidó que en la capital, los accidentes ocurren todos los días. Si el Conde del Norte pierde a su preciosa prometida antes de que termine la semana, no tendrá ningún motivo legal para quedarse en el Sur.

​Sebastián la miró, una chispa de comprensión oscura brillando en sus ojos.

​—El bajo mundo de los muelles secos —murmuró el Gran Duque—. Hay mercenarios que harían el trabajo por un puñado de oro imperial.

​—Exactamente —asintió Sara, girándose hacia él con una mirada que habría congelado el mismísimo Norte—. Mañana mismo contactarás a tus hombres en los distritos bajos. Quiero a Elara Valeska fuera del tablero antes de que logre mover su primera pieza. Si ella quiere jugar a ser la villana de la corte... nos aseguraremos de que tenga el final que se merece.




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