Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 23 —Los muelles de la discordia

El amanecer en la capital no trajo luz, sino una niebla espesa y grisácea que se arrastraba desde los muelles secos del distrito bajo. El olor a brea, salitre y agua estancada inundaba las calles adoquinadas, lejos del perfume a rosas y opulencia del Palacio Imperial.

​Para este terreno, el vestido esmeralda habría sido una sentencia de muerte. Vestía unos pantalones oscuros de montar, una camisa de lino grueso y una capa de lana gris con capucha que ocultaba por completo mis facciones. En mi bolsillo interior descansaban las letras de cambio de mi dote, mi único seguro real, y una pequeña daga de empuñadura de obsidiana que Kaelen me había entregado antes de salir.

​A mi lado, Julian caminaba con la familiaridad de un fantasma. Su ropa oscura se mimetizaba con las fachadas de los almacenes abandonados.

​—Los muelles secos son el desagüe de la capital, Elara —murmuró Julian, sin detener el paso, con la mano siempre cerca del pomo de su espada—. Aquí el apellido Valeska no vale nada, y el del Gran Duque solo sirve para que te corten el cuello más rápido si creen que eres un espía de la corona. ¿Segura de que no querías que el Conde viniera?

​—Kaelen es demasiado llamativo, Julian. Su cabello blanco y su porte imperial levantarían sospechas a tres calles de distancia —respondí, ajustándome la capucha—. Además, él tiene que mantener la fachada de ceguera ante los espías que Sebastián plantó fuera del Palacio de Escarcha. Nosotros nos movemos más rápido solos.

​Nos detuvimos ante una taberna de aspecto ruinoso llamada El Ancla de Hierro. El ruido de jarras de madera, risas roncas y el olor a tabaco barato se filtraba por las rendijas de la puerta de madera carcomida. Según los informes que Julian había conseguido al alba, este era el centro de operaciones de Boriska, el principal intermediario de contrabando del Oeste.

​Julian empujó la puerta. El interior estaba sumido en una penumbra densa. Un grupo de marineros y hombres de aspecto rudo se giraron a mirarnos, evaluando si éramos guardias o presas fáciles. Julian avanzó con una seguridad intimidante hacia la barra, donde un hombre corpulento y con una cicatriz que le dividía la ceja limpiaba un vaso sucio.

​—Buscamos a Boriska —dijo Julian, dejando caer una pesada moneda de plata del Norte sobre la madera.

​El tabernero miró la moneda, luego a Julian, y finalmente sus ojos se clavaron en mí, intentando descifrar quién se ocultaba bajo la capa gris.

​—Boriska no habla con extraños de la alta ciudad —escupió el hombre, guardando la moneda en su delantal—. Menos con damitas que huelen a jabón caro.

​Di un paso al frente, apoyando mis manos en la barra con una calma que pareció descolocarlo.

​—Dile a Boriska que vengo a hablar de los cargamentos de madera que viajan al Oeste con un peso sospechosamente alto —dije en un susurro frío, lo suficientemente nítido para él—. Y dile que si no me recibe en los próximos dos minutos, la Guardia Imperial hará una inspección de rutina en su almacén número cuatro antes del mediodía.

​El tabernero se congeló. La mención de la ruta del Oeste y el número exacto del almacén —un detalle que recordaba perfectamente de los capítulos intermedios de la novela— fue suficiente para borrarle la suficiencia. Dejó el vaso y asintió con la cabeza hacia una puerta trasera custodiada por dos hombres armados con hachas de abordaje.

​—Pasen. Pero si intentan algo, no saldrán vivos de aquí —gruñó.

​Julian y yo cruzamos el umbral, entrando a una trastienda abarrotada de cajas de contrabando. Sentado tras un escritorio de roble, un hombre maduro, enjoyado con oro de baja calidad y fumando una pipa, nos observaba con ojos astutos. Boriska.

​—Vaya, vaya... una pequeña víbora de la alta ciudad ha bajado al fango —dijo Boriska, su voz áspera arrastrando las palabras—. ¿Quién te dio ese mapa de mis rutas, muchacha?

​—Eso no importa, Boriska —respondí, quitándome la capucha y dejando ver mi rostro, lo que provocó que el contrabandista entrecerrara los ojos al reconocerme—. Soy Elara Valeska. Y sé perfectamente que la casa de la futura Gran Duquesa, Lady Sara, te está usando para enviar cajas marcadas como "suministros agrícolas" que en realidad contienen ballestas y acero templado para los rebeldes de la frontera.

​Boriska soltó una bocanada de humo, intentando mantener la compostura, pero el temblor imperceptible en sus dedos lo delató.

​—Aunque fuera cierto, Lady Elara... ¿qué te hace pensar que traicionaría a mis mejores clientes? El oro de la casa de la santa brilla tanto como el tuyo.

​—El oro de Sara te mantendrá rico por un mes, Boriska. Pero la información que yo tengo sobre ti te mantendrá con la cabeza pegada al cuello —di un paso hacia el escritorio, clavándole la mirada—. Sé que Sebastián mandó a buscar mercenarios a este mismo distrito esta mañana. Sé que les ordenó que me eliminaran para limpiar el tablero de su madre. Y sospecho... que tú eres quien va a facilitar esos hombres.

​Boriska guardó un silencio sepulcral. La ironía de la situación flotaba en el aire: el Gran Duque Heredero y la "santa" del Imperio estaban usando los mismos canales de contrabando para destruirme, sin saber que yo ya conocía cada uno de sus movimientos antes de que los ejecutaran.

​—Tengo una propuesta mejor para ti, Boriska —sonreí, una sonrisa ladina, llena de veneno aristocrático—. Tú me vas a entregar los registros firmados de los cargamentos del Oeste que Sara te envió. Y a cambio... yo te dejaré vivir lo suficiente para que recojas tu oro y huyas del Imperio antes de que la Emperatriz Regente queme este muelle entero. ¿Tenemos un trato, o prefieres ver cómo amanece la horca mañana?




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