Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 24 —El veneno en los muelles

Boriska mantuvo la pipa suspendida a medio camino de sus labios, analizando mi rostro con una fijeza que pretendía intimidarme. El humo espeso de la trastienda formaba capas flotantes entre nosotros, distorsionando la luz de la única vela que iluminaba el escritorio de roble. En mi mente, las líneas de la novela original que había leído en mi antigua vida se proyectaban con una nitidez asombrosa.

«En el texto original de «El ascenso de la paloma de oro», la Elara real nunca pisó los muelles secos. A estas alturas de la historia, ella estaba encerrada en su habitación del palacio bajo, llorando por las esquinas y enviando cartas desesperadas a Sebastián que él usaba para reírse con Sara mientras tomaban el té en los jardines imperiales. En el guión original, Boriska era un personaje secundario que entregaba las armas a los rebeldes sin contratiempos, permitiendo que Sara se alzara como la salvadora del Oeste tres tomos más adelante».

​Pero ese guion ya estaba roto. Al aliarte con Kaelen en aquel carruaje rumbo a la capital, había tomado las páginas de la historia y las había arrojado al fuego. Ahora, estar un paso por delante de mis enemigos no era una ventaja; era mi única garantía de no terminar muerta bajo el fango de este distrito.

​—Eres más lista de lo que dice la corte, Lady Elara —dijo finalmente Boriska, dejando la pipa sobre un cenicero de metal con un golpe seco—. El Gran Duque Heredero es un hombre predecible. Su lacayo estuvo aquí hace apenas dos horas, ofreciendo una bolsa de oro imperial que podría financiar a mi tripulación por un año entero a cambio de tu cabeza. Quería que pareciera un asalto común de los muelles. Una trágica muerte para la ex prometida arruinada.

​Julian dio un medio paso al frente, con los nudillos de la mano izquierda blanqueando sobre la empuñadura de su espada corta, pero le hice una sutil señal con el dedo para que permaneciera en su sitio.

​—Sebastián siempre ha tenido una alarmante falta de creatividad, Boriska —respondí, apoyando una de mis manos sobre el borde del escritorio, permitiendo que la luz de la vela hiciera brillar el anillo de plata con el blasón del Norte que Kaelen me había entregado—. Su error, y el de Lady Sara, es pensar que todos los nobles del Sur operan bajo la misma ceguera que ellos. El oro de la corona pesa mucho, es cierto, pero el acero del Norte corta más rápido. Si aceptas el trato de Sebastián, mañana por la mañana no habrá muelle en esta capital que pueda esconderte de las sombras del Conde Kaelen.

​Boriska desvió la mirada hacia el anillo del Norte y tragó saliva de forma casi imperceptible. La reputación de Kaelen como el "Monstruo de Obsidiana" no era un mito en el bajo mundo; los contrabandistas sabían que el frío del Norte congelaba las rutas comerciales de la noche a la mañana si el Conde lo decidía.

​—Los registros de la frontera del Oeste no están aquí —admitió el contrabandista, bajando la voz hasta convertirla en un hilo áspero—. Están en el almacén de la aduana privada de la familia de Sara, en el muelle norte. Yo solo firmo los recibos de entrega cuando las cajas de "herramientas" tocan el agua. Si quieres los libros contables reales, los que demuestran que el dinero sale directamente de las cuentas personales de la futura Gran Duquesa, tendrás que entrar allí.

​—Dame los recibos de entrega que tienes en este despacho —le exigí, extendiendo la mano—. Con eso será suficiente para que la Emperatriz Regente elija dudar del aura inmacuada de su futura nuera, aunque no sea la prueba definitiva.

​Boriska vaciló, pero tras un segundo de tensión, abrió uno de los cajones ocultos bajo el doble fondo de su escritorio y extrajo un fajo de papeles amarillentos, sellados con un lacre azul oscuro que llevaba la firma falsificada de un mercader de granos. Lo tomé de inmediato, guardándolo en el interior de mi capa de lana junto a la dote.

​—Cumpliste tu parte, Boriska —dije, colocándome la capucha de nuevo—. Ahora, si valoras tu vida, dile a los hombres de Sebastián que la presa no apareció. Recoge tus pertenencias y sal de la capital antes de que el sol toque el centro del cielo.

​Salimos de la trastienda de la taberna con la misma discreción con la que habíamos entrado. La niebla de los muelles secos se sentía aún más fría ahora que el cargamento de secretos pesaba en mi pecho. Había esquivado la primera trampa mortal que Sebastián y Sara habían tendido para mí, usando mi conocimiento del libro para voltear el tablero a mi favor.

​Sin embargo, el guión original de una novela de fantasía de este tipo tiene una inercia peligrosa. Cuando el protagonista masculino ve su orgullo herido y su posesividad cuestionada, no se rinde fácilmente. Sebastián estaba desesperado por verme, por arrastrarme de vuelta al lugar de sumisión que él creía que me correspondía, y no tardaría en buscar la forma de acorralarme lejos de la protección de las sombras de Kaelen.




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