Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 25 —El manual de las apariencias

Dos días después de la incursión en los muelles secos, la alta sociedad de la capital parecía haber olvidado momentáneamente el escándalo del baile de compromiso, concentrándose en los preparativos de la boda real. La residencia del Norte, el Palacio de Escarcha, se mantenía como una fortaleza inexpugnable, pero la etiqueta imperial exigía que la prometida del Conde Kaelen no se escondiera como una prisionera si quería mantener el reconocimiento de la Emperatriz Regente.

​—Lady Elara, el carruaje está listo para ir al Distrito de los Orfebres —anunció Mina, mi nueva dama de compañía, una joven de modales reservados que Julian había seleccionado meticulosamente—. El Conde Kaelen ha insistido en que lleve a dos de sus guardias de la sombra con nosotras, aunque permanezcan a una distancia prudente.

​—Está bien, Mina. No podemos permitir que la corte piense que la futura condesa del Norte tiene miedo de salir a la luz del día —respondí, mirándome en el espejo de cuerpo entero de mis aposentos.

​Para esta ocasión, vestía un traje de paseo de terciopelo azul noche, con un cuello alto de encaje blanco que ocultaba la daga de obsidiana que ahora se había convertido en mi accesorio permanente. Elara Valeska tenía que presentarse ante el mundo como una mujer sofisticada y segura, la antítesis de la joven andrajosa y desesperada que Sebastián esperaba ver tras el incendio.

​El Distrito de los Orfebres era el centro del lujo de la capital, un bulevar flanqueado por tiendas de frentes de cristal donde las duquesas y las hijas de los marqueses gastaban fortunas en diamantes y tiaras. Mientras caminaba por los pasajes cubiertos, seguida por Mina que cargaba con algunas cajas de encajes finos, noté las miradas discretas de las damas detrás de sus abanicos.

​En las páginas de «El ascenso de la paloma de oro», la trágica novela de fantasía de la que yo conocía el guion, este paseo por el distrito comercial era una escena de humillación absoluta para Elara. En la historia original, ella venía aquí a intentar vender sus pocas joyas familiares para pagar las deudas de su padre, y se topaba con Sara y Sebastián, quienes la ponían en ridículo frente a todas las aristóratas al comprar sus pertenencias por una miseria para "ayudarla por caridad".

​Pero al haber alterado el destino aliándome con Kaelen, el orden de la historia se había desmoronado. Yo ya no estaba desamparada, y haber leído la obra me ponía un paso por delante de mis enemigos.

​Giré a la derecha, entrando a la boutique de sedas más exclusiva del distrito, buscando apartarme del bullicio de la calle principal. El olor a lavanda y telas caras inundaba el lugar, que a esa hora se encontraba inusualmente vacío. Mina se adelantó hacia el mostrador para hablar con el sastre sobre unos encargos, dejándome sola junto a los rollos de seda damasquinada del fondo del local.

​Un escalofrío me recorrió la nuca. El aire del establecimiento pareció cambiar de densidad en un segundo, perdiendo la calidez del día.

​—Te ves muy cambiada, Elara —una voz familiar, cargada de una mezcla de rabia contenida y una obsesión enfermiza, resonó desde la sombra de las cortinas de terciopelo que dividían los probadores privados.

​Me giré lentamente, manteniendo una postura impecable. De entre las sombras emergió Sebastián. No llevaba su uniforme de gala blanco, sino una capa civil oscura de alta calidad que pretendía camuflar su identidad, pero su porte arrogante y la fijeza desorbitada de sus ojos lo delataban de inmediato. El Gran Duque Heredero se había encargado de despachar a los dependientes del local o de pagar el silencio del dueño para lograr lo que sus celos le exigían: verme a solas, lejos del Conde del Norte.

​—Gran Duque —dije, usando el título con una distancia que pretendía ser una bofetada a su ego—. No sabía que el futuro esposo de Lady Sara pasaba sus tardes escondido en los probadores de una tienda de sedas para damas. Si busca a su prometida, se equivocó de dirección.

​Sebastián dio tres pasos rápidos hacia mí, acortando la distancia de forma amenazante. Su rostro, habitualmente perfecto, reflejaba las noches de insomnio y la paranoia que mis palabras en el baile le habían provocado.

​—¡Déjate de juegos, Elara! —siseó, intentando tomar mi mano, pero di un paso atrás con una agilidad que lo dejó con los dedos en el aire—. Sé perfectamente lo que estás haciendo. Boriska desapareció de los muelles hace dos días, y mis hombres me informaron que una mujer con tu porte estuvo merodeando por el distrito bajo. ¿Qué es lo que estás buscando? ¿De verdad estás tan desesperada por llamar mi atención que estás dispuesta a aliarte con criminales y con ese desecho ciego del Norte?

​Lo miré fijamente, enarcando una ceja con un desdén que lo descolocó por completo. Gracias a los secretos de la novela que recordaba en mi mente, yo sabía exactamente que él le había ordenado a Boriska mi asesinato. Estaba un paso adelante de sus intenciones.

​—Tu arrogancia sigue siendo tu mayor debilidad, Sebastián —le respondí en un tono de voz bajo pero letal—. ¿De verdad crees que todo lo que hago gira en torno a ti? Boriska huyó de la capital porque sabe lo que le pasa a los contrabandistas cuando se descubren ciertos movimientos. Y en cuanto a tus hombres en los muelles... deberías advertirles que el Conde Kaelen no se limitará a usar palabras si vuelven a acercarse a mí.

​Sebastián apretó los puños, dando un paso más, acorralándome contra el estante de las sedas oscuras. Sus ojos viajaron por mi rostro con una fijeza posesiva que me revolvió el estómago.




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