Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 26 — El reflejo de la obsidiana

El carruaje del Norte se detuvo en el patio de armas del Palacio de Escarcha con un eco seco y amortiguado por la hiedra invernal que trepaba por los muros de piedra gris. La niebla de la capital se había colado incluso tras los altos muros de la propiedad, envolviendo las fuentes apagadas en una mortaja blanquecina.

​Mina descendió primero, sosteniendo la caja de madera con los encajes finos como si transportara un tesoro de cristal, pero sus ojos delataban que seguía procesando el frío acero que había visto brillar en la boutique del Distrito de los Orfebres. Cuando me ofreció la mano para bajar, se la acepté con una calma fingida. Mis dedos aún conservaban la vibración del pomo de la daga de obsidiana.

​Caminé por el vestíbulo principal, desabrochando los botones de plata de mi capa de lana azul noche. El silencio del palacio era denso, interrumpido únicamente por el crujido sutil de mis botas sobre el mármol pulido.

«En el manuscrito original de «El ascenso de la paloma de oro», las pocas veces que Elara regresaba de la ciudad tras ser humillada por Sebastián, se encerraba en un ala abandonada a romper los espejos con sus propias manos. Nadie la esperaba. Nadie controlaba sus pasos porque, para el resto del mundo, ella ya era un cadáver social. Kaelen, en el texto original, permanecía recluido en sus habitaciones, consumido por la ceguera y el odio dinástico, ignorando la existencia de la mujer que la corona le había impuesto como un castigo indirecto».

​Pero el guion de la novela ya no dictaba mis movimientos. Mis pasos me guiaron directamente hacia la biblioteca imperial del ala oeste, el único lugar donde la luz de los candelabros mágicos lograba mantener a raya la penumbra del Sur.

​Al empujar las pesadas puertas de roble, lo vi.

​Kaelen no llevaba la venda de seda negra. Estaba de pie junto a la gran chimenea de piedra, donde los leños de madera del Norte ardían con un fuego azulado y constante. Vestía una camisa de seda negra de cuello abierto, sin los adornos militares ni las joyas pesadas de la corte, revelando la silueta imponente de sus hombros y las líneas duras de su cuello. Al escuchar el sutil roce de mi vestido, se giró con una lentitud calculada.

​Sus ojos violetas se clavaron directamente en los míos.

​Ya no había rastro de la opacidad grisácea que arrastraba el primer día en el carruaje. Sus pupilas se contrajeron con una fijeza felina, brillante, devorando la distancia que nos separaba. La Llave de la canción de cuna estaba abriendo los candados de su maldición mucho más rápido de lo que el autor del libro había planeado para su arco de redención tardía.

​—Te demoraste, Elara —su voz fue un susurro sibilante, una nota baja y profunda que pareció vibrar en la madera del suelo.

​Dio un paso al frente. Con ese único movimiento, las sombras que habitualmente dormían en las esquinas de la biblioteca se agitaron, estirándose por las paredes como hilos de tinta negra que reaccionaban a su pulso.

​—El Distrito de los Orfebres estaba inusualmente concurrido, Conde —respondí, manteniendo la barbilla alta mientras dejaba mi capa sobre uno de los sillones de cuero—. Aunque el retraso no se debió a las joyas.

​Kaelen acortó la distancia entre los dos con pasos felinos, despojados de la vacilación que la ceguera le imponía ante los extraños. Se detuvo a menos de un paso de mí. El olor a pino fresco, nieve y la sutil ceniza de su magia me envolvió de golpe. Era un aire limpio, ajeno al perfume empalagoso a rosas de los palacios de la capital.

​—No me mientas —murmuró, inclinando la cabeza. Sus ojos violetas descendieron por mi cuello alto de encaje, deteniéndose justo donde la tela ocultaba la daga—. Las sombras que dejé adheridas a tu carruaje no mienten, Villana. Regresaron con el eco de un latido ajeno. Un ritmo errático, cargado de un miedo y una rabia que huelen a la sangre de la corona. Sebastián estuvo cerca de ti.

​Sostuve su mirada, obligándome a no retroceder ante la abrumadora presión de su presencia física.

​—Compró el silencio de la boutique de sedas —admití, sintiendo un extraño calor subir por mi cuello ante la fijeza con la que memorizaba mis facciones—. Despachó a los dependientes para acorralarme en la trastienda. Quería arrastrarme al harén bajo antes del fin de semana. Su orgullo no puede tolerar que la mujer que solía rogar por sus migajas ahora camine al lado del Norte.

​Las pupilas de Kaelen se encendieron con un destello violeta casi cegador. El aire de la biblioteca bajó de temperatura de golpe, haciendo que mi propia respiración formara un leve hilo de vapor en el aire. Las sombras de las paredes se curvaron, transformándose en garras afiladas que apuntaron hacia la puerta, como si el propio palacio deseara salir a cazar al Gran Duque.

​—¿Te tocó? —la pregunta no fue una orden, sino un siseo helado, una vibración posesiva que me erizó la piel. Su mano derecha se elevó, con los dedos abiertos, deteniéndose a milímetros de mi mejilla, conteniéndose por pura fuerza de voluntad—. Dime la verdad, Elara. Si ese maldito infeliz puso una sola de sus manos sobre ti, romperé el tratado de la Regente esta misma noche. No me importa el oro de los cofres, ni el Consejo de Nobles. Le arrancaré los dedos uno a uno.

​Sintiendo el magnetismo de su furia, di un pequeño paso hacia adelante, reduciendo la mínima distancia que nos separaba hasta que el encaje de mi pecho rozó la seda de su camisa. Levanté la mano y la apoyé directamente sobre el Sello Imperial de su pecho, justo donde los latidos de su corazón golpeaban con una fuerza salvaje. El Sello vibró bajo mis palmas, pero la melodía silenciosa que yo guardaba en mi mente moderna pareció calmar el flujo de su magia.




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