Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 27: La anatomía del sabotaje

La mañana siguiente despuntó sobre el Palacio de Escarcha con una luz gélida y pulcra, tiñendo las vidrieras de la biblioteca con destellos de azul pálido y plata. El calor de la noche anterior aún parecía impregnado en las paredes de roble, pero la realidad de la corte imperial no otorgaba tregua a los desvíos de la pasión.

​Me encontraba de pie ante la mesa de caoba, repasando los recibos amarillentos que Boriska me había entregado en los muelles secos. El carmín que Kaelen había borrado de mis labios había sido reemplazado por la sobria máscara de la estratega. Sin embargo, cada vez que el cuello de mi vestido de terciopelo rozaba mi piel, la memoria táctil de la noche anterior me recorría la columna como una corriente eléctrica.

​La puerta de la biblioteca se abrió sin anunciar.

​Julian entró con paso firme, trayendo consigo el aroma al barro helado del muelle norte. Su capa venía empapada por la llovizna matutina, pero sus ojos grises brillaban con la frialdad de quien acaba de confirmar una sospecha. Detrás de él, Kaelen apareció desde sus aposentos privados.

​Si el Conde había dormido algo, no había rastro de cansancio en su rostro. Llevaba una túnica militar del Norte, bordada con hilos de plata que dibujaban las fauces de los lobos de las montañas, y la venda de seda negra había desaparecido definitivamente. Sus ojos violetas, completamente limpios y enfocados, buscaron los míos en el instante en que cruzó el umbral. Por un segundo imperceptible, la severidad de sus facciones se suavizó con un destello de complicidad posesiva antes de volver a la frialdad que exigía la situación.

​—¿Qué encontraste en el muelle norte, Julian? —pregunté, rompiendo la tensión del aire mientras acomodaba los papeles sobre la mesa.

​Julian se quitó los guantes de cuero y se acercó, desplegando un mapa detallado del distrito aduanero sobre el plano de la capital.

​—Tenías razón, Lady Elara. El almacén número cuatro no está a nombre de la familia ducal, sino registrado bajo una sociedad mercantil fantasma llamada «Las Mariposas del Oeste». Es la tapadera perfecta. Oficialmente, transportan seda fina y aceites aromáticos para los altares del templo principal. Inofensivo. Sagrado.

​—La marca de Sara —murmuró Kaelen, apoyando ambas manos sobre el borde de la mesa y reclinándose hacia adelante. Su sola presencia parecía acaparar el espacio de la habitación—. La "Santa" usa la fe del pueblo como su mejor escudo de armas. Nadie se atreve a inspeccionar un cargamento destinado a la bendición de la Emperatriz.

​—Exacto —asintió Julian, señalando con el índice un punto rojo en el mapa—. Pero dentro de esa bodega no hay aceite. Anoche mis hombres vieron descargar seis cajones de madera reforzada con hierro de un barco mercante sin bandera. Los recipientes contenían Polvo de Obsidiana Gris. El combustible necesario para forjar las armas pesadas que la resistencia rebelde del Oeste está acumulando. Sara no solo financia la rebelión... les está enviando el mineral estatal que Sebastián extrae ilegalmente de las minas del Sur.

«En el texto original de «El ascenso de la paloma de oro», este contrabando pasaba completamente desapercibido hasta la mitad del segundo tomo. Sara organizaba una emboscada "sorpresa" para la caravana imperial durante la gran Recepción del Eclipse, rescataba milagrosamente a la Regente usando este mismo polvo como distracción y quedaba inmortalizada como la heroína de la dinastía. Sebastián obtenía la victoria militar y Elara era ejecutada bajo el cargo de no haber prevenido el ataque desde su posición en el consejo».

​Un juego impecable. Una narrativa calculada para convertir a dos traidores en los salvadores del Imperio.

​—La Recepción del Eclipse es el escenario que han elegido para coronar su trampa —dije, mirando a Kaelen mientras cruzaba los brazos—. Falta un mes entero para la gala imperial. Sebastián cree que tiene tiempo de sobra para mover las armas, y Sara planea hacer su entrada triunfal ante la Emperatriz con el favor del Templo.

​—Un mes es una eternidad en la corte —intervino Kaelen, su voz bajando a un tono peligroso mientras su mirada recorría mi rostro—. ¿Cuál es el plan para esa noche?

​—No nos limitaremos a denunciar el contrabando antes de tiempo —respondí, clavando la vista en el mapa—. Si los exponemos ahora, Sebastián sacrificará a un par de empleados menores y Sara mantendrá su aureola inmaculada. Necesitamos que den el paso en falso frente a toda la nobleza. Usaremos este mes para infiltrarnos en sus propiedades, conseguir los libros contables reales y, cuando llegue la noche del baile, alteraremos la carga que Sara presentará ante la Regente.

​—Sustituiremos el cargamento "sagrado" con las pruebas directas de la alta traición selladas con los monogramas de Sebastián y los rebeldes —completó Kaelen, y una sonrisa oscura se dibujó en sus labios.

​Julian inclinó la cabeza con asentimiento.

​—Investigar las fincas privadas de Sara y el Templo sin levantar sospechas en las próximas cuatro semanas requerirá precisión, mi señor. La Inquisición del Templo custodiara los accesos más delicados.

​—Déjalos custodiar lo que quieran —sentenció Kaelen. Se movió alrededor de la mesa con la fluidez de un depredador hasta quedar a mi lado. Rozó mi hombro con el suyo, haciéndome sentir el calor de su cuerpo—. Tenemos cuatro semanas para desmantelar la red de la "Santa", asegurar las pruebas en sus propias narices y preparar a mi prometida para abrir la Recepción del Eclipse.




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