El ritmo del Palacio de Escarcha cambió drásticamente a lo largo de las dos semanas siguientes. Las horas de luz se dedicaban a mantener las apariencias diplomáticas ante los mensajeros que la Emperatriz Regente enviaba con frecuencia, mientras que la penumbra de la noche se transformaba en el escenario de una cacería silenciosa.
Me encontraba sentada frente al tocador de mis aposentos, desatando las cintas de encaje del cuello de mi vestido de paseo. A través de los altos ventanales, la nieve de la capital caía con una densidad suave, cubriendo los balcones de piedra con un manto blanco. Sobre la mesa descansaba un borrador de los planos del Templo de la Luz que Julian había logrado obtener gracias a sus contactos en los distritos bajos.
«Según el guion original de «El ascenso de la paloma de oro», los registros reales de las donaciones del Templo —las mismas que ocultaban el lavado de oro para las armas del Oeste— no se guardaban en la biblioteca pública de los clérigos. Estaban bajo el altar privado del Sumo Sacerdote, custodiados por sellos mágicos que solo reaccionaban a la sangre de la familia ducal o a una magia de rango superior».
Escuché el sutil chasquido de la cerradura. No hubo pasos audibles, solo la alteración instantánea en la temperatura del aire.
A través del espejo del tocador, vi a Kaelen emerger de la penumbra del pasillo. Había dejado de lado la vestimenta formal de la corte y llevaba una túnica negra de tela resistente, ajustada al torso por cinturones de cuero con hebillas de plata, el atuendo de infiltración del Norte. Sus ojos violetas, completamente limpios, brillaban en el reflejo con una intensidad salvaje.
—Julian confirmó que el Sumo Sacerdote ofrecerá una misa nocturna para las damas de la corte dentro de tres días —dijo Kaelen, acercándose por detrás hasta detenerse a pocos centímetros de mi silla—. Es la oportunidad perfecta para entrar a las catacumbas del Templo mientras el resto de la nobleza reza por la salud de la Regente.
—La seguridad del Templo no se parece a la de los muelles secos, Kaelen —respondí, girándome ligeramente en la silla para mirarlo directamente—. Los clérigos usan barreras de luz sagrada. Si una sombra no autorizada cruza los arcos, los paños de la guardia se activarán en segundos.
Kaelen sonrió de lado, una línea afilada y llena de una confianza arrogante que le devolvía el aire de general inexpugnable. Se inclinó, apoyando ambas manos en los apoyabrazos de mi silla, encerrándome en su espacio personal. El olor a pino congelado y el calor directo de su cuerpo me envolvieron de inmediato.
—Olvidas con quién estás hablando, Villana —su voz bajó a un susurro rasposo que me erizó la piel—. La luz del Templo es fuerte, pero mis sombras nacen de la sangre de las montañas. No voy a enviar a mis hombres a ese altar; iré yo mismo. Y tú vendrás conmigo.
—¿Y si Sara nos descubre dentro del santuario? —pregunté, sosteniéndole la mirada violeta a pesar del ritmo acelerado de mis latidos—. Ella pasa la mitad de sus noches en la capilla privada. Si nos ve cerca de las catacumbas, usará al Sumo Sacerdote para acusarnos de profanación antes de que podamos tocar los libros contables.
Kaelen bajó la mirada hacia mis labios, deteniéndose allí con una lentitud calculada antes de volver a clavar sus ojos en los míos. Su mano derecha se elevó y sus dedos largos se enredaron en los mechones sueltos de mi cabello azul noche, obligándome a inclinar el rostro hacia arriba.
—Sara no nos descubrirá porque no sabrá hacia dónde mirar —murmuró Kaelen, y la presión de sus dedos en mi nuca se volvió posesiva, firme—. Mientras ella esté ocupada manteniendo su imagen de santa ante los clérigos, nosotros estaremos desmantelando su imperio bajo sus pies. Además... si intenta ponerse en nuestro camino, le recordaré por qué el Norte nunca se arrodilló ante la corona.
—Eres demasiado confiado, Conde —dije, esbozando una sonrisa helada mientras apoyaba mi mano en su pecho, sintiendo el latido constante del Sello bajo la tela de su túnica.
—No es confianza, Elara. Es la certeza de que ya no tengo nada que perder, excepto a la mujer que me devolvió la vista —respondió, y en su voz ya no había rastro de la distancia política que mantenía en el salón principal.
Se inclinó aún más, acortando la mínima distancia que nos separaba hasta que sus labios presionaron los míos en un beso lento, profundo y dominador. No hubo vacilación en su movimiento; sus brazos me rodearon con una fuerza que me levantó ligeramente de la silla, pegando mi cuerpo al suyo mientras el calor de su respiración y el roce de sus manos borraban cualquier pensamiento analítico sobre la trama del libro.
Cuando se separó a penas unos milímetros, sus ojos violetas despedían un fuego febril que prometía un peligro mucho mayor que el de las barreras del Templo.
—Prepárate, Elara —dijo Kaelen contra mis labios, con la voz rota por la pasión—. En tres noches, la santa del Imperio perderá su primer santuario.