La noche de la misa dedicada a la salud de la Regente, la capital amaneció sumida bajo una densa niebla helada. El Templo de la Luz, una mole impresionante de mármol blanco y torres áureas que se alzaba sobre la colina central, resplandecía como un faro de santidad. Sin embargo, en sus entrañas, la arquitectura no estaba diseñada para adorar a los dioses, sino para ocultar la podredumbre del Imperio.
Conseguimos integrarnos en el séquito de la nobleza sin despertar sospechas. Yo vestía un manto de terciopelo azul oscuro, sobrio pero impasible, adornado con los broches de plata de la casa Valeska. A mi lado, Kaelen vestía las ropas de gala del Norte, aunque la verdadera armadura la llevaba bajo la tela: una daga de acero estigio oculta en su bota y la penumbra misma dispuesta a responder a su menor parpadeo.
La gran nave del Templo estaba repleta. Cientos de velas de cera de abeja iluminaban los arcos ojivales mientras el coro de los clérigos entonaba cánticos monótonos. En la primera fila, cerca del altar principal, vi a Sara. Lucía un vestido blanco inmaculado, con el cabello recogido en una corona de trenzas que la hacía parecer, a ojos de cualquier incauto, una auténtica encarnación divina. A su lado, Sebastián la observaba con una mirada abotagada de orgullo posesivo.
«En la obra original, esta misa era la coartada perfecta de Sara. Mientras ella rezaba con devoción simulada, los monjes de su facción autorizaban el traslado de las cajas de oro desde las catacumbas hasta las fronteras rebeldes. Nadie osaba cuestionar lo que salía de la nave sagrada».
—Es hora —susurré, sin mover los labios ni desviar la mirada del altar.
Kaelen rozó mi mano con disimulo. Su pulgar acarició los nudillos de mi guante de seda en una promesa silenciosa y abrasadora.
—Mantén tus ojos en Sebastián —murmuró a mi oído, su aliento tibio erizándome la piel en medio del ambiente helado del Templo—. Si esa rata se mueve del primer banco, Julian se encargará de cortarle el paso. Nos vemos en los pasadizos inferiores.
Se deslizó entre las sombras de las columnas de mármol con una agilidad inhumana. En cuestión de segundos, la penumbra parecía habérselo tragado sin dejar rastro de su presencia.
Aprovechando el momento en que el Sumo Sacerdote elevaba el cáliz sagrado y toda la multitud se inclinaba en reverencia reverencial, retrocedí lentamente hacia la nave lateral. Me escurrí tras el tapiz del Rey Fénix y empujé la pesada puerta de hierro que conducía a las catacumbas.
El contraste fue inmediato. El murmullo de los cánticos se apagó por completo, reemplazado por el goteo constante de agua sobre la piedra fría y el olor rancio a incienso quemado mezclado con humedad.
Avancé por el pasillo en penumbra, con la mano apoyada en la empuñadura del estilete que llevaba oculto entre los pliegues de mi falda. Las antorchas de la pared emitían una luz amarillenta y temblorosa. Al llegar a la bifurcación que conducía a la biblioteca de los registros prohibidos, una sombra densa cobró forma frente a mí.
Antes de que pudiera reaccionar, un brazo firme me envolvió la cintura por detrás, tirando de mí hacia el nicho de una estatua de piedra. Mi espalda colisionó contra el pecho de Kaelen.
—Tranquila, Villana —susurró él sobre mi cuello, sintiendo el ritmo frenético de mi respiración—. Soy yo.
—Podrías haberme avisado antes de atacarme por la espalda, Conde —siseé, aunque mi cuerpo se relajó involuntariamente al sentir su calor.
—Me gusta cómo respondes cuando estás acorralada —respondió con una sonrisa baja y peligrosa que rasgó la oscuridad. Su mano subió desde mi cintura hasta mi mejilla, acomodando el velo de mi manto—. Las barreras de luz de la puerta principal ya fueron neutralizadas. Mis sombras devoraron los circuitos mágicos.
—¿Y el archivo?
—Está al final de este pasillo. Pero no estamos solos.
Kaelen señaló hacia la puerta de roble reforzado al fondo de la galería. Ante ella, dos guardias portando el tabardo sagrado de la Inquisición del Templo custodiaban la entrada. En sus cinturones no llevaban espadas comunes, sino báculos de luz diseñados para abrasar la carne de cualquiera que no tuviera la bendición del clérigo.
—Sara fue precavida —comenté en voz baja, estudiando a los guardias—. Si los atacamos de frente, la alarma resonará en toda la catedral.
Kaelen se inclinó sobre mi hombro, con la mirada violeta fija en los hombres. La magia de las sombras comenzó a fluir de sus dedos como hilos de humo negro y denso.
—No habrá gritos, Elara —dijo Kaelen, rozando la línea de mi mandíbula con sus labios en una caricia rápida y posesiva que me aceleró el pulso—. Tú ocúpate de encontrar las matrices de los sellos y la contabilidad real. Yo me encargaré de que estos hombres olviden que estuvieron despiertos esta noche.
—No te arriesgues a usar demasiada magia —le advertí, atrapando la solapa de su túnica antes de que avanzara—. Tu sello aún es inestable y si el Sumo Sacerdote siente una fluctuación en las sombras...
Kaelen se detuvo y me miró. Una chispa de calidez genuina atenuó la frialdad implacable de sus ojos violetas. Atrapó mi mano sobre su pecho y la presionó contra su corazón, donde el latido resonaba fuerte y constante.