Manual de supervivencia de la villana olvidada.

CAPÍTULO 30: El secreto bajo el altar

Las sombras de Kaelen se deslizaron por el suelo de piedra como serpientes de tinta, envolviendo las siluetas de los dos guardias antes de que pudieran articular una sola orden. Los báculos de luz parpadearon dos veces y se apagaron de golpe. Los hombres cayeron al suelo en un silencio absoluto, desmayados antes de entender qué los había atacado.

​Kaelen se giró hacia mí, apartándose los hilos de sombra de las manos. Su respiración era ligeramente más pesada y una fina línea de sudor brillaba en su frente; neutralizar la magia sagrada sin desatar una explosión requería un control brutal sobre su propio sello.

​—La puerta es tuya, Villana —dijo Kaelen, apoyando una mano contra el marco de piedra para estabilizar su pulso. Sus ojos violetas no se apartaron de mí ni un segundo—. Mis sombras mantienen amortiguado el sonido en todo el pasillo, pero no nos queda mucho tiempo antes de que concluya el tercer cántico en la nave principal.

​Avancé hacia la pesada puerta de roble. No intenté forzar la cerradura con hierro.

«En las páginas de «El ascenso de la paloma de oro», esta puerta no tenía una cerradura convencional. El Sumo Sacerdote utilizaba un mecanismo de presión escondido detrás de las molduras del relieve central, combinado con una cifra contable que solo la alta nobleza conocía para autenticar los libros de donaciones».

​Deslicé mis dedos por el relieve de madera pulida hasta encontrar la pequeña muesca de metal oculta tras la figura del ojo sagrado. Presioné con la fuerza exacta hacia la izquierda. Se escuchó un chasquido sordo de engranajes antiguos liberándose, y la gruesa hoja de roble se cedió unos centímetros hacia adentro.

​El interior de la biblioteca secreta olía a pergamino viejo, cera de sellar y el inconfundible rastro metálico del oro recién acuñado.

​Entramos con rapidez. Kaelen cerró la puerta a nuestras espaldas, manteniendo una pequeña esfera de sombra luminosa sobre su palma para iluminar el lugar sin delatar nuestra presencia.

​El recinto no era una simple biblioteca; era una tesorería privada. A los lados de las estanterías llenas de tomos encuadernados en cuero oscuro, descansaban varios cofres de madera de hierro. Me dirigí directamente hacia el escritorio del Sumo Sacerdote, revolviendo los documentos desplegados.

​—Aquí están —susurré, levantando un libro contable con el escudo del Templo impreso en pan de oro—. No son simples donaciones. Hay registros de transferencias periódicas enviadas a la frontera del Oeste bajo el concepto de "obras de caridad". Pero mira los montos... ningún templo gasta tanto oro en comida para los campesinos.

​Kaelen se acercó, mirando por encima de mi hombro. El calor de su cuerpo me rodeó al instante, y sentí la firmeza de su pecho apoyándose sutilmente contra mi espalda mientras leía los nombres asentados en la tinta negra.

​—Sara firmó como albacea de tres de esas cuentas —dijo Kaelen, su voz volviéndose un hilo peligroso y áspero contra mi oído—. Y aquí está la firma del capitán de la guardia de Sebastián autorizando el libre paso de las carretas por las aduanas del Sur. No solo financian a los rebeldes... le están cobrando un peaje personal por cada caja de Polvo de Obsidiana Gris que cruza la frontera.

​—Es la prueba de alta traición perfecta —dije, sintiendo un vuelco de triunfo en el pecho—. Si le entregamos este libro a la Emperatriz Regente, no habrá influencia ni reputación de "Santa" que salve a Sara de la horca.

​Tomé el libro contable y las matrices de los sellos de cera, guardándolos en la bolsa de cuero que llevaba oculta bajo los pliegues de mi manto.

​Sin embargo, cuando me giré para salir, el agarre de Kaelen en mi muñeca me detuvo. Su fuerza era firme, pero no dolorosa. Me atrajo hacia él hasta que quedé atrapada entre su cuerpo y el borde del pesado escritorio de caoba.

​—¿Kaelen? —pregunté, alzando la mirada.

​Sus ojos violetas ya no examinaban los documentos. Me miraban a mí con una intensidad febril, devorando la línea de mi cuello y la curva de mis labios bajo la tenue luz de su magia.

​—Lo hiciste, Elara —murmuró, y su mano libre subió para acunar mi rostro, apoyando su pulgar sobre mi labio inferior, que aún conservaba la calidez del beso de hace unos minutos—. Entraste al corazón del santuario de tus enemigos y les arrebataste el futuro en sus propias narices. Eres aterradora... y no puedo dejar de mirarte.

​—Aún tenemos que salir de aquí sin que la guardia nos descubra, Conde —respondí, aunque mi voz traicionó mi compostura al volverse apenas un hilo entrecortado ante la cercanía de sus labios.

​—Saldremos —prometió Kaelen, e inclinándose lentamente, pegó su frente a la mía, dejando que su respiración cálida se mezclara con la mía—. Pero primero dime que este triunfo es nuestro, Villana. Dime que cuando la paloma de oro caiga, no vas a desvanecerte de mi lado.

​Sostuve su mirada, sintiendo el latido desbocado de su corazón respondiendo al mío. La novela original de la que había escapado ya no tenía poder sobre este momento.

​—El Norte no se deshace de sus alianzas tan fácilmente, Kaelen —le respondí, apoyando mi mano en su nuca y tirando de él hacia mí para sellar el pacto en la penumbra de la tesorería.




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