El beso en la penumbra de la tesorería supo a victoria anticipada, a la adrenalina de los ladrones que saben que han despojado a un rey de su corona sin que este lo note. Cuando Kaelen se separó a regañadientes, sus pupilas violetas guardaban un destello de posesión absoluta que me hizo guardar el aliento.
—Salgamos antes de que el último cántico termine —murmuró Kaelen, ajustándome la capucha de terciopelo con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad con la que acababa de sujetarme.
Apreté el libro contable contra mi costado, oculto bajo los pliegues de la capa. Salimos de la biblioteca secreta con la misma discreción con la que habíamos entrado. Los dos guardias de la Inquisición seguían tendidos en el suelo, sumidos en un sueño mágico del que no despertarían hasta pasadas unas horas.
Nos escurrimos por los pasillos inferiores y ascendimos por las escaleras de caracol hasta quedar nuevamente tras el tapiz del Rey Fénix. El sonido del órgano del Templo retumbaba en las paredes de mármol, indicando que la misa estaba a punto de concluir. Las damas de la corte comenzaban a ponerse en pie, ajustándose los mantos de pieles y cuchicheando entre ellas.
Me reincorporé al grupo de la nobleza con la compostura intacta, mientras Kaelen desaparecía entre la penumbra de una columna para reaparecer unos metros más adelante, actuando con la fría distancia de siempre.
De pronto, una silueta blanca se interpuso en mi camino hacia la salida.
Lady Sara me cortó el paso. Lucía su eterna sonrisa angelical, pero sus ojos azules, habitualmente mansos, tenían una rigidez felina que delataba que algo no andaba bien en su cálculo personal. A su lado, Sebastián mantenía la mano sobre la empuñadura de su espada de gala, mirándome con esa mezcla de desprecio y obsesión no resuelta que tanto me repugnaba.
—Lady Elara... —dijo Sara en un tono suave que buscaba atraer la atención de las marquesas que pasaban a nuestro lado—. Qué sorpresa verla en la misa de la tarde. No sabía que la futura casa del Norte tuviera tanto fervor por las bendiciones del Templo de la Luz. Pensé que preferían los ritos oscuros de las montañas.
El ataque velado era directo. Quería hacerme quedar como una herética ante los oídos de las damas piadosas de la capital.
«En el texto de «El ascenso de la paloma de oro», esta era la táctica favorita de Sara: provocar a Elara en lugares sagrados para que la "Villana" perdiera los estribos, gritara o cometiera una falta de respeto ante los clérigos, ganándose el rechazo público del Consejo de Nobles».
Sonreí con una lentitud calculada, acomodando las muescas de mi capa donde el libro traidor de su familia descansaba a salvo.
—El Norte respeta las tradiciones del Imperio, Lady Sara —respondí, mi voz clara y melodiosa resonando entre los arcos de mármol—. Sin embargo, encuentro fascinante cómo algunas personas vienen a rezar por la salud de la Regente mientras sus ojos vagan hacia los cofres de las donaciones. Una verdadera muestra de devoción... o de desesperación.
El rostro de Sara perdió un grado de su tono rosado. Dio un paso imperceptible hacia mí, bajando la voz para que solo Sebastián y yo la escucháramos.
—Te estás volviendo demasiado confiada, Elara —siseó la "Santa", la máscara cayendo por una fracción de segundo—. Crees que porque el Conde ciego te pasea como un trofeo estás a salvo. Pero la capital sigue respondiendo a la corona real.
—La corona real aún no descansa en tu cabeza, Sara —intervine, dando un paso al frente para acorralarla verbalmente—. Y por lo que he escuchado en los pasillos de la aduana... tal vez nunca llegue a tocar tus sienes.
Sebastián dio un paso furioso hacia mí.
—¡Mide tus palabras, Elara! —gruñó el Gran Duque, la mandíbula rígida—. No te toleraré más insolencias hacia mi prometida. Estás con un pie fuera del Imperio y solo la clemencia de mi madre te mantiene en la capital.
Antes de que pudiera responder, una sombra pesada se proyectó sobre nosotros. Kaelen apareció al lado de mi hombro, alto, imponente y con los ojos violetas fijos en el Gran Duque Heredero. Su presencia heló el ambiente de la galería en un segundo.
—¿Algún problema con mi prometida, Primo? —preguntó Kaelen. Su voz, baja y grave, resonó como un trueno distante—. Porque si tienes algo que exigirle a Lady Elara Valeska, sugiero que lo hagas a través de las espadas de mis caballeros en el patio de armas.
Sebastián apretó los puños hasta que sus nudillos blanquearon, pero la mirada del Conde del Norte, completamente libre de la ceguera y llena de una amenaza explícita, lo hizo dudar. Sara tomó el brazo de Sebastián rápidamente, tirando de él hacia atrás.
—Vámonos, Sebastián —murmuró Sara, tratando de recuperar el aliento—. No vale la pena crear un escándalo en la casa de los dioses.
Nos vieron alejarnos con el odio ardiendo en sus miradas. Cruzamos la gran puerta de roble del Templo y descendimos por las escalinatas de mármol bajo la niebla helada de la capital. Cuando la puerta del carruaje del Norte se cerró tras nosotros, aislando el ruido del exterior, solté el aire que tenía retenido.
Kaelen se sentó a mi lado, quitándose los guantes de cuero. Tomó el libro contable de mis manos y lo dejó a un lado para, de inmediato, entrelazar sus dedos con los míos.